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LA CAIDA

Barcelona amaneció convulsa. Los teléfonos de los despachos, redacciones y ministerios no dejaban de sonar. La noticia había caído como una bomba.

Mientras tanto, en la cabaña perdida entre los pinos de Andorra, Lía esperaba sentada en el sofá, abrazada a una manta, con el corazón acelerado.

Adrián llevaba horas fuera. Había bajado a Barcelona para ejecutar el plan que llevaba días preparando.

Un plan que, hasta ese momento, parecía insuficiente.

Pero ahora tenían las pruebas.

Las pruebas que Julián Rivas había escondido. Las pruebas que la Cámara había buscado durante años. Las pruebas que podían hundir a Montalbán y a medio gobierno.

Adrián entró en el despacho de abogados en compañía de Llorens con una determinación que nunca antes había sentido. Ya no era el periodista corrupto que obedecía órdenes. Ya no era el hijo que vivía a la sombra de un padre muerto. Ya no era el hombre que se escondía detrás de excusas.

Era alguien nuevo. Alguien que quería redimirse. Alguien que quería ser digno de Lía. Alguien que quería vengar a Julián.

El despacho recibió la documentación con discreción absoluta. Informes, grabaciones, fotografías, transacciones, nombres, fechas. Todo lo que Julián había recopilado antes de morir.

—Esto es dinamita —dijo Llorens, revisando los documentos—. Si lo movemos bien, no podrán frenarlo.

—Muévelo —respondió Adrián—. Hoy mismo.

Y así fue.

El despacho presentó la denuncia formal ante el mismo juez que la vez anterior, y que tenían la seguridad de que no estaba comprado. Simultáneamente, Adrián filtró la información al medio afín a su amigo Llorens, uno de los pocos que no temía enfrentarse a la Cámara.

Y luego, a internet. Sin filtros. Sin censura. Sin miedo.

En cuestión de minutos, los titulares inundaron las pantallas:

“Documentos filtrados implican al ministro Montalbán en una red de corrupción y chantaje.”

“El falso accidente de Héctor Valcárcel: nuevas pruebas apuntan a la Cámara.”

“La trama de extorsión que sacude al Gobierno.”

Las redes ardían. Los periodistas se peleaban por la exclusiva. Los partidos políticos entraron en pánico. La Cámara se tambaleó.

Y Cifuentes… Cifuentes estaba fuera de sí.

Golpeó su escritorio. Gritó a sus subordinados. Exigió localizar a Adrián.

—¡Ha sido él! —bramó—. ¡Él ha filtrado todo! ¡Encuéntrenlo!

Pero Adrián ya estaba lejos. Camino de la frontera. Camino de la cabaña. Camino de Lía.

Cuando Adrián regresó a la cabaña, Lía corrió hacia él. Tenía los ojos brillantes, las manos temblorosas.

—¿Lo has hecho? —preguntó.

Adrián asintió.

—Todo está fuera. Todo el país lo sabe. No podrán ocultarlo.

Lía se llevó las manos a la boca. Las lágrimas le brotaron sin control.

—Adrián… —susurró—. Estoy orgullosa de ti.

Él la abrazó. Ella se aferró a él como si fuera su única verdad. Y en esa mezcla de alivio, miedo y esperanza, se dejaron caer sobre la cama.

No hubo tensión. No hubo prisa. No hubo oscuridad.

Solo dos personas rotas celebrando que, por primera vez, habían golpeado al monstruo que los perseguía.

Lía apoyó la frente en la de él.

—Lo has hecho por mí… y por tu padre.

Adrián cerró los ojos.

—Lo he hecho por nosotros.

La cabaña quedó en silencio. Un silencio cálido, íntimo, frágil.

La redención había comenzado. Pero la caída de la Cámara aún no había terminado.