Solo para ti 29
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LA HUIDA

El coche de alquiler avanzaba por la autopista francesa con una suavidad casi hipnótica. Lía miraba por la ventana, viendo pasar campos, pueblos y señales que no significaban nada para ella. Todo era ajeno. Todo era nuevo. Todo era parte de una huida que ya no tenía marcha atrás.

Adrián conducía con las manos firmes sobre el volante. Ambos llevaban identidades falsas. Documentación impecable. Pasaportes nuevos. Nombres que no les pertenecían.

Llorens lo había arreglado todo. Había subido a la cabaña la noche anterior, con un maletín lleno de papeles y una expresión grave.

—Con esto podréis salir del país —les dijo—. Pero no volváis. Nunca.

Ahora, camino a Toulouse, Lía sentía una mezcla de miedo y alivio. México estaba lejos. Muy lejos. Y quizá allí podrían empezar de cero.

Aunque la denuncia contra la Cámara había estallado en los medios, la acusación de asesinato contra Lía seguía vigente. Su rostro aparecía en las noticias. Su nombre circulaba en redes. Su vida estaba destrozada.

Pero Cifuentes tenía otros problemas.

La policía había empezado a investigar el hotel. Varios empleados declararon haberlo visto allí esa noche. Habían visto al comisario entrar. Habían visto su coche. Habían visto su rostro.

Cifuentes gritaba, amenazaba, negaba. Pero la Cámara no perdonaba errores. Y él había cometido uno enorme: dejar cabos sueltos.

La respuesta fue inmediata. Cruel. Implacable.

Por orden directa de la Cámara, Nemo filtró todas las imágenes que tenía de Lía en OnlyforYou:

con futbolistas,

con actores,

con empresarios,

con políticos,

con hombres que jamás admitirían haber estado allí.

Imágenes privadas. Grabaciones robadas. Momentos íntimos convertidos en espectáculo público.

Las redes ardieron. Los medios se lanzaron sobre ella como buitres. Su reputación quedó pulverizada.

Pero Lía, sentada en el asiento del copiloto, mirando la carretera hacia Toulouse, ya no sintió nada.

Ni vergüenza. Ni rabia. Ni dolor.

Solo vacío.

—Ya no importa —murmuró.

Adrián la miró de reojo.

—No. Ya no importa.

Llegaron al aeropuerto de Toulouse con tiempo suficiente. Pasaron los controles sin problemas. Las identidades falsas funcionaron. Nadie los reconoció. Nadie los detuvo.

Cuando subieron al avión, Lía se aferró al brazo de Adrián. Él la cubrió con su mano.

El avión despegó. La ciudad quedó atrás. Europa quedó atrás. La Cámara quedó atrás.

Lía cerró los ojos.

Su vida anterior había muerto. Su reputación había sido destruida. Su nombre ya no significaba nada.

Pero estaba viva. Y estaba con Adrián.

Y mientras el avión atravesaba las nubes rumbo a México, Lía sintió por primera vez que quizá, solo quizá, podían empezar de cero.