Solo para ti 27
90%

27

LA REDENCIÓN

La mañana avanzaba lentamente sobre las montañas de Andorra.

El silencio era tan profundo que parecía escucharse a sí mismo.

Lía llevaba horas sin dormir. Desde que Adrián había salido hacia Barcelona para ejecutar su plan, la cabaña se había convertido en un espacio demasiado grande, demasiado vacío, demasiado vulnerable.

Cada crujido de la madera la hacía sobresaltarse. Cada golpe del viento contra las ventanas le aceleraba el corazón. Tenía miedo de que alguien irrumpiera en la cabaña. De que la Cámara la encontrara. De que Cifuentes apareciera con una orden falsa y un arma real.

Se abrazó las piernas en el sofá, envuelta en una manta, mirando la chimenea apagada. La noche había sido interminable.

Mientras la luz del amanecer entraba por la ventana, Lía empezó a pensar en el rumbo que había tomado su vida. En cómo había llegado hasta allí. En cómo todo se había derrumbado tan rápido.

Había descargado su frustración sobre Adrián. Lo había insultado. Lo había golpeado. Lo había culpado.

Pero ahora, sola, entendía que la culpa no era de él.

Era suya.

Su ambición desmedida. Su obsesión por ganar dinero en las redes. Su necesidad de reconocimiento. Su doble vida. Su ingenuidad al creer que podía controlar un mundo que estaba diseñado para devorarla.

—Yo me metí en esto… —susurró, con la voz rota.

Adrián la quería. La había salvado. Había arriesgado su vida por ella. Y ahora estaba en Barcelona, enfrentándose a la Cámara, intentando redimirse ante ella y ante sí mismo.

Quizá lo mejor que podían hacer era olvidarse de todo. De la Cámara. De los chantajes. De las grabaciones. De la muerte de Valcárcel.

Huir. Empezar de cero en otro lugar. Donde nadie los conociera. Donde nadie pudiera encontrarlos.

Además, sin las pruebas que Julián Rivas había escondido, poco podían hacer para destruir a la Cámara.

Pero era bueno que Adrián quisiera defenderla. Era bueno que quisiera ser digno de ella. Era bueno que quisiera dejar de ser un cobarde.

Lía tomó un sorbo de café. El sabor era amargo, pero la mantenía despierta.

Miró a su alrededor. La cabaña necesitaba una restauración urgente: madera vieja, polvo acumulado, muebles desgastados.

Miró el suelo. Frente al sillón donde estaba sentada, dos tablas de madera parecían sueltas.

Algo en su interior se activó. Una intuición. Un presentimiento.

Lía se levantó despacio. Se acercó a las tablas. Se arrodilló. Tomó la cucharilla que había usado para el café y la introdujo en la rendija.

Hizo palanca.

La tabla cedió.

El corazón le dio un vuelco.

Debajo había una caja metálica. Vieja. Oxidada. Oculta.

Sacó la tabla de al lado. Tomó la caja con ambas manos. Era pesada.

La llevó a la mesa. Forcejeó con la cerradura. La cucharilla no era la herramienta ideal, pero insistió. Insistió como si su vida dependiera de ello.

Hasta que finalmente…

La caja se abrió.

Lía se quedó inmóvil.

Dentro había documentos. Pendrives. Fotografías. Informes. Grabaciones. Papeles con nombres, fechas, transacciones, firmas.

Las pruebas. Las dichosas pruebas. Las pruebas que Julián Rivas había escondido. Las pruebas que podían destruir a la Cámara.

Su respiración se aceleró. Las manos le temblaban.

Lo primero que hizo fue tomar el teléfono de prepago que Adrián había comprado antes de irse. Marcó su número.

La llamada tardó en conectar.

—¿Lía? —respondió Adrián, con la voz tensa.

Ella tragó saliva.

—Adrián… —dijo, con un temblor en la voz—. He encontrado las pruebas de tu padre.

El silencio al otro lado del teléfono fue absoluto. Un silencio que anunciaba que todo estaba a punto de cambiar.