26
EL CONTRAATAQUE
La mañana amaneció gris sobre las montañas de Andorra. La cabaña seguía envuelta en ese silencio espeso que parecía protegerlos del mundo, pero Adrián sabía que esa calma era engañosa. No podían quedarse allí para siempre. No sin hacer algo. No sin luchar.
Mientras Lía dormía, exhausta por la explosión emocional del día anterior, Adrián salió al porche con el móvil en la mano.
El frío le mordía las manos, pero no le importaba.
Tenía que actuar. Tenía que dejar de ser el hombre que siempre había evitado los problemas.
Tenía que demostrarle a Lía —y a sí mismo— que no era un cobarde.
Marcó el número de Llorens, el antiguo amigo de su padre. El único aliado que le quedaba.
La llamada tardó en conectar.
—¿Adrián? —respondió Llorens, con voz sorprendida—. ¿Dónde estás?
—No puedo decirte dónde estoy —interrumpió Adrián—. Pero necesito tu ayuda. Es urgente.
Llorens guardó silencio unos segundos.
—Habla.
Adrián respiró hondo.
—Tengo una grabación. Una confesión. Méndez… o mejor dicho, Héctor Valcárcel… me dijo quién era en realidad. Me contó cómo la Cámara lo obligó a desaparecer. Cómo manipularon su muerte. Cómo lo usaron.
Llorens no habló. Pero Adrián sabía que lo estaba procesando.
—Quiero que tu despacho gestione una denuncia formal —continuó—. Que presentéis la grabación como prueba. Que la enviéis a un juez que no esté comprado. Que la mováis rápido.
—¿Y qué esperas conseguir con eso? —preguntó Llorens.
—Golpearlos —respondió Adrián—. Aunque no sea suficiente para hundirlos, será un golpe.
Y quiero acompañarlo con una campaña mediática.
Un medio hostil a la Cámara. Uno que no puedan controlar.
Quiero que publiquen la verdad sobre Valcárcel.
Que destapen el falso accidente. Que lo conviertan en un escándalo.
Llorens exhaló lentamente.
—Sabes que esto es peligroso.
—Lo sé.
—Sabes que te pondrás en su punto de mira.
—Lo sé.
Silencio.
—¿Eso tiene que ver con esa chica? —preguntó Llorens finalmente—. La están buscando por asesinato.
Adrián apretó los dientes.
—Has acertado. Eres muy perspicaz, pero ella no lo mató. La Cámara la usó. La grabó. La manipuló. La van a destruir si no hago algo.
—¿Y qué piensas hacer?
—Filtrar la verdad con tu ayuda. Y cuando se enteren de que he sido yo… —Adrián miró hacia la ventana, donde Lía dormía en la cama, envuelta en mantas— …ya estaremos muy lejos.
Llorens tardó unos segundos en responder.
—Está bien. Te ayudaré. Tráeme esa grabación. Pero Adrián… esto no será suficiente sin las pruebas que tu padre escondió.
—Lo sé —dijo él—. Pero es un comienzo.
Cuando Adrián volvió al interior de la cabaña, Lía estaba despierta. Sentada en la cama, abrazándose las rodillas. Tenía los ojos hinchados, el rostro cansado.
—¿Has salido? —preguntó ella, con voz baja.
—Tenía que hacer una llamada —respondió él.
Ella lo miró como si buscara algo en su rostro. Una señal. Una verdad.
—Tengo miedo —susurró—. Miedo de que esto no acabe nunca.
Adrián se acercó. Se sentó a su lado. Le tomó la mano.
—Eso no va a suceder —dijo—. Y no vas a perder tu vida. Voy a arreglar esto. Voy a limpiar tu nombre. Voy a hacer lo que debería haber hecho hace años.
Ella lo miró, con lágrimas contenidas.
—¿Por qué ahora?
Adrián tragó saliva.
—Porque he cambiado. Porque ya no quiero ser un cobarde. Porque quiero ser digno de ti.
Lía apoyó la cabeza en su hombro. Él la abrazó. La sostuvo.
En ese instante, Adrián sintió que estaba luchando no solo contra la Cámara, sino contra su propia historia. Contra la sombra de su padre. Contra la culpa. Contra la versión de sí mismo que siempre había evitado enfrentarse al mundo.
Y por primera vez, creyó que podía ganar.