25
LA RELACIÓN EXPLOTA
Los días en la cabaña habían empezado siendo un refugio, pero ahora eran una cárcel emocional.
El aislamiento, el miedo, la incertidumbre…
todo se acumulaba como una tormenta que no encontraba salida.
Lía apenas dormía. Adrián apenas hablaba.
Y la tensión entre ellos crecía como una cuerda demasiado tensa a punto de romperse.
Adrián regresó del supermercado de Andorra la Vella con bolsas llenas de comida, agua y productos de limpieza. Había pedido la baja en el periódico para evitar sospechas. Nadie debía saber dónde estaba. Nadie debía saber con quién.
Cuando abrió la puerta, encontró a Lía en el salón, respirando rápido, con la mirada perdida y una taza en la mano.
—Ya estoy aquí —dijo él, intentando sonar tranquilo.
Lía se giró de golpe. Tenía los ojos rojos. Las manos temblaban.
—¿Y qué? —escupió—. ¿Qué más da que estés aquí o no?
Adrián dejó las bolsas en la mesa.
—Lía… ¿qué pasa?
Ella empezó a caminar por la cabaña como un animal acorralado. Golpeó un mueble con el pie. Luego otro. Y de repente, lanzó la taza contra la chimenea.
El sonido del impacto resonó en toda la cabaña. La cerámica se hizo añicos.
—¡No aguanto más! —gritó—. ¡No puedo seguir encerrada aquí como una criminal!
Adrián dio un paso hacia ella.
—Lía, cálmate…
—¡No me digas que me calme! —respondió, histérica—. ¡Mi vida está destrozada! ¡Todo está destrozado! ¿Qué hacemos aquí? ¿Qué sentido tiene esconderse? ¡Deberíamos huir! ¡Empezar de cero en otra parte! ¡Desaparecer!
Adrián sintió un pinchazo en el pecho. La idea de huir… sin plan… sin control… sin poder protegerla… le aterraba.
—¿Y vas a dejar que ellos ganen? —preguntó, con la voz baja pero firme.
Lía se giró hacia él, con lágrimas en los ojos.
—Ya han ganado, Adrián. ¿No lo ves? Me han destruido. Me han convertido en un monstruo. Me han quitado todo.
Él negó con la cabeza.
—No. No han ganado. Tengo un plan. Dame unos días más y limpiaré tu nombre.
Lía soltó una carcajada amarga.
—Permíteme que lo dude. Eres un cobarde. Has tenido mucho tiempo para vengar la muerte de tu padre y no lo has hecho.
Las palabras fueron un golpe directo. Adrián sintió cómo le ardía la cara. Pero no respondió.
Lía se acercó a él. Empezó a golpearle el pecho con los puños cerrados. Golpes pequeños, desesperados, llenos de dolor.
—¡No puedo más! —lloró—. ¡No puedo más, Adrián!
Él la atrapó entre sus brazos. La abrazó con fuerza. Ella se derrumbó contra él, llorando sin control.
—Lía… —susurró—. He cambiado. Te lo juro. Dame solo unos días. Unos días más. Y luego… luego tomamos una decisión juntos.
Ella hundió el rostro en su pecho. Sus manos se aferraron a su camisa como si temiera que él desapareciera.
Adrián la sostuvo. La calmó. La protegió.
Pero en su interior, algo oscuro crecía.
Ella lo necesitaba. Ella dependía de él. Ella no tenía a nadie más.
Y él sentía que, en ese aislamiento, en esa montaña perdida, en esa cabaña que los había atrapado a ambos…
Lía era suya.