Solo para ti 24
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EL ESCENARIO DEL CRIMEN

La habitación del hotel estaba llena de luces frías, guantes de látex y murmullos profesionales. La policía científica trabajaba en silencio, recogiendo muestras, fotografiando cada detalle, reconstruyendo la escena como si pudieran devolverle vida al cadáver de Héctor Valcárcel.

Cifuentes observaba desde la puerta. No parecía nervioso. No parecía sorprendido. Parecía satisfecho.

En su móvil, las grabaciones manipuladas ya estaban listas: Lía entrando en el hotel, Lía hablando con Méndez, Lía acercándose a él, Lía yendo a la habitación con él.

Todo montado con precisión milimétrica. Todo preparado para incriminarla.

Pulsó el botón.

En cuestión de minutos, la noticia empezó a circular por los medios:

“Joven estudiante conocida en las redes como Solara, implicada en un asesinato.”

“Grabaciones revelan encuentro íntimo antes del suceso.”

“La sospechosa está en paradero desconocido.”

Lía se convirtió en fugitiva. En asesina. En monstruo público.

Y Cifuentes, mientras guardaba el móvil en el bolsillo, sonrió.

A doscientos kilómetros, en la cabaña perdida entre los pinos de Andorra, Lía y Adrián no sabían todavía que el mundo acababa de volverse en su contra.

La chimenea estaba encendida. El olor a café viejo llenaba el aire. Habían encontrado un paquete guardado en un armario, caducado, pero aún utilizable. Lo bebían en silencio, sentados en la mesa pequeña del salón.

Habían dormido juntos. Habían buscado consuelo en el sexo. Habían cruzado una línea que ya no podían deshacer.

Lía sostenía la taza con ambas manos. Temblaba ligeramente.

—Tengo terror a perderlo todo —dijo, con la voz rota.

Adrián la observó. El fuego iluminaba su rostro cansado, vulnerable, devastado.

Sintió culpa. Culpa por haberla llevado allí. Culpa por haberla metido en su mundo. Culpa por necesitarla tanto.

Pero también sintió algo más fuerte que la culpa: la necesidad de protegerla. La necesidad de ser su único refugio. La necesidad de que ella dependiera de él.

—No vas a perderme —dijo, acercándose—. Nunca.

Lía levantó la mirada. Sus ojos estaban húmedos, llenos de miedo.

—Eres lo único que tengo ahora.

Adrián sintió un escalofrío. No de miedo. De posesión.

—Y yo estoy contigo —respondió—. Pase lo que pase.

Ella se inclinó hacia él. Él la abrazó. La cabaña se volvió un mundo pequeño, cerrado, donde solo existían ellos dos.

Aislados. Dependientes. Unidos por el trauma. Por el miedo. Por la necesidad.

La relación se volvió adictiva. Ella se aferraba a él como salvación. Él sentía que ella le pertenecía.

Y mientras la lluvia empezaba a caer fuera, la intimidad forzada se transformaba en un vínculo tan profundo como destructivo.