Solo para ti 22
73%

22

EL SALVADOR

La autopista hacia Manresa estaba concurrida.

El mundo parecía suspendido en una realidad artificial que no pertenecía a nadie.

Adrián conducía con las manos tensas sobre el volante, los ojos fijos en la carretera, la mandíbula apretada.

A su lado, Lía permanecía en silencio, envuelta en una manta que él había encontrado en el maletero.

Habían salido del hotel por la escalera de incendios, moviéndose como sombras. Sin cámaras. Sin testigos. Sin tiempo para pensar.

Ahora, el coche avanzaba rápido, como si la velocidad pudiera borrar lo que había ocurrido.

—Vamos hacia Manresa —dijo Adrián, sin apartar la vista de la carretera.

Lía levantó la cabeza, todavía mareada.

—¿Por qué… allí?

—Porque desde Manresa podemos llegar a Puigcerdà sin pasar por controles importantes. Cruzamos a Francia, y desde allí entramos en Andorra. Es más seguro que ir directo.

Ella asintió, aunque no entendía del todo. Solo sabía que necesitaba moverse. Necesitaba alejarse de ese hotel. De ese cuerpo. De esa noche.

—Mi padre tenía una cabaña en la montaña —continuó Adrián—. Está aislada. Nadie la usa desde que él murió. Nadie sabe que existe. Es el mejor sitio para escondernos.

Lía cerró los ojos. La palabra escondernos le provocó un escalofrío.

Pasaron varios minutos sin hablar. Solo el sonido del motor y el viento golpeando el coche.

Finalmente, Lía respiró hondo.

—Adrián… tengo que contarte algo.

Él no respondió, pero bajó un poco la velocidad. La escuchaba.

—Cifuentes… me chantajeó.

Adrián sintió un golpe en el pecho.

—¿Cómo?

Lía tragó saliva.

—Tenían grabaciones. De todo. De mis directos. De mis privados. De cosas que nunca debieron ver. No sé cómo lo hicieron. No sé cómo consiguieron entrar en la plataforma. Pero lo tenían todo.

Adrián apretó el volante.

—Hijos de puta…

—Me dijeron que si no hacía lo que querían… lo publicarían. Que me destruirían. Que destruirían a mi familia. Que me hundirían.

Su voz empezó a quebrarse.

—Y yo… yo no sabía qué hacer. No podía perderlo todo. No podía enfrentarme a ellos. No podía…

Las lágrimas empezaron a caer.

—Me obligaron a ir al hotel. Me obligaron a drogarlo. Me obligaron a… a…

No pudo terminar la frase. Se tapó la cara con las manos. El llanto la sacudió como un temblor.

Adrián la miró de reojo. Su respiración se aceleró. Su pecho ardía.

—Lía… —susurró.

Ella lloraba sin poder detenerse. Desconsolada. Rota.

—Yo no lo maté —dijo entre sollozos—. Te lo juro. Yo no lo maté. No sé qué pasó después. No sé por qué me dormí. No sé por qué… por qué desperté así. No sé nada. No sé nada…

Adrián soltó el volante con una mano y la tomó del brazo. Un gesto firme. Protector. Pero también posesivo.

—Lo sé —dijo—. Lo sé, Lía. Te creo.

Ella se aferró a él como si fuera lo único que la mantenía en pie. Como si él fuera la única persona en el mundo que podía salvarla.

Y en ese instante, Adrián sintió algo oscuro y profundo dentro de sí.

No solo quería protegerla. No solo quería salvarla.

Quería que dependiera de él. Quería que lo necesitara. Quería que no pudiera vivir sin él.

Ella lloraba en su pecho. Él la abrazaba mientras conducía. La autopista seguía adelante, interminable.

Trauma compartido. Dolor compartido. Destino compartido.

Y en esa mezcla peligrosa, algo se selló entre ellos.

Algo que ya no tendría vuelta atrás.