21
EL CADÁVER
La oscuridad en la habitación era espesa, casi sólida. Lía abrió los ojos con un sobresalto, como si hubiera emergido de un sueño demasiado profundo. Tardó unos segundos en entender dónde estaba. La luz tenue del hotel, el olor a perfume caro, las sábanas revueltas.
Y el cuerpo a su lado.
Valcárcel. O Méndez. O quien fuera realmente.
Parecía dormido.
Lía llevó una mano a su frente. Le dolía la cabeza. Un mareo extraño le recorría el cuerpo. La boca seca. La memoria fragmentada.
Intentó recordar.
Las gotas en la bebida. La conversación. La confesión. La tensión. La obligación. La humillación. El momento en que él la tocó y ella tuvo que seguir adelante porque no tenía elección.
Y después… Nada. Un vacío. Un corte abrupto.
Se incorporó despacio, con el corazón golpeándole el pecho. No sabía por qué había despertado en esa cama. No sabía cuánto tiempo había pasado. No sabía qué había ocurrido después de que la droga hiciera efecto.
Solo sabía que algo estaba mal.
Muy mal.
Se deslizó fuera de la cama con movimientos lentos, casi silenciosos. Se acercó a Valcárcel. Quería asegurarse de que seguía dormido. De que no despertaría de repente. De que no la tocaría otra vez.
Pero cuando se inclinó sobre él, notó algo extraño.
La postura. La piel. La quietud absoluta.
—¿Méndez…? —susurró.
No hubo respuesta.
Se acercó más. Le tocó el hombro.
Frío.
Un frío que no pertenecía a un cuerpo dormido.
Lía retrocedió de golpe. El aire se le escapó de los pulmones. La habitación empezó a girar.
—No… no… no…
Volvió a acercarse, temblando. Le tocó el cuello. Buscó un pulso.
Nada.
El mundo se derrumbó.
Lía corrió al baño. Cerró la puerta. Se apoyó en el lavabo. El espejo le devolvió una imagen que no reconocía: ojos desorbitados, piel pálida, respiración entrecortada.
Y entonces lloró. Lloró como si se estuviera rompiendo por dentro. Lloró por miedo, por culpa, por desesperación.
Pero después de unos minutos, la mente empezó a funcionar. A pensar. A analizar.
Sabía que la habían grabado. Sabía que todo estaba registrado. Sabía que la Cámara tenía material suficiente para destruirla. Sabía que Cifuentes la había enviado allí por una razón.
Y sabía que, aunque hubiera una laguna en su memoria, ella no lo había matado.
Pero eso no importaba. Podían acusarla igual. Podían fabricar pruebas. Podían manipularlo todo.
Tenía que salir de allí. Sin ser vista. Sin dejar rastro.
Salió del baño. La habitación estaba igual de silenciosa. El cuerpo seguía inmóvil.
Tomó su bolso. Buscó su móvil.
La pantalla se encendió.
12 llamadas perdidas de Adrián. 7 mensajes.
Se quedó paralizada.
Adrián sabía algo. Adrián había intentado avisarla. Adrián estaba desesperado.
Pero entonces pensó: ¿Y si el móvil está intervenido? ¿Y si lo están rastreando? ¿Y si lo usan para localizarla?
No podía arriesgarse.
Se vistió deprisa. Buscó el móvil de Valcárcel. Lo encontró en la mesita. Lo tomó con manos temblorosas.
Respiró hondo.
Salió de la habitación.
El pasillo estaba vacío. Las luces eran suaves, casi cálidas, como si el hotel quisiera fingir normalidad.
Lía caminó sin hacer ruido. No fue hacia el ascensor. Demasiado visible. Demasiado arriesgado.
Se dirigió a la escalera de emergencia. Abrió la puerta. Miró hacia arriba. Hacia abajo.
No había cámaras.
Podía pasar.
Entró.
La puerta se cerró.
Allí, en la penumbra de la escalera, marcó el número de Adrián desde el móvil de Valcárcel.
El teléfono sonó.
Una vez. Dos. Tres.
Hasta que él respondió con la voz rota:
—¿Quién es?
—Soy Lía. —Durante dos segundos cerró los ojos. Y añadió—: Adrián… ha pasado algo terrible.
Y así comenzó la huida.