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LA REUNIÓN SECRETA

La noche había caído sobre Barcelona con una calma engañosa.

Las luces del Eixample dibujaban sombras largas en las aceras, y el aire tenía ese silencio tenso que precede a las decisiones importantes.

Mientras Lía recibía instrucciones de Cifuentes —sin saber que estaba entrando en una trampa—, Adrián caminaba hacia un bar discreto, casi oculto entre dos edificios antiguos.

El bar se llamaba La Esquina Roja. Pequeño, oscuro, con mesas de madera y un camarero que nunca hacía preguntas. El lugar perfecto para una conversación que no debía existir.

Cuando Adrián entró, Méndez ya estaba allí. Sentado en una mesa del fondo. Solo. Con un vaso de whisky que no había tocado.

Adrián se acercó. Méndez levantó la vista. Sus ojos tenían una mezcla de cansancio, urgencia y miedo.

—Gracias por venir —dijo Méndez.

—Dijiste que era importante —respondió Adrián, tomando asiento.

Méndez respiró hondo. Se pasó una mano por la cara.

—Lo es. Mucho.

Silencio. Un silencio que parecía contener años de secretos. Adrián estaba grabando la conversación sin que él se diera cuenta.

—Permíteme que te tutee. No puedo seguir mintiéndote —dijo Méndez finalmente—. Si quiero que me ayudes, tengo que decirte quién soy.

Adrián frunció el ceño.

—¿Quién eres?

Méndez lo miró fijamente.

—Mi nombre no es Alberto Méndez.

Adrián sintió un escalofrío.

—¿Entonces?

—Soy Héctor Valcárcel.

El nombre cayó como un golpe. Adrián se quedó inmóvil. Valcárcel. El político desaparecido. El hombre que supuestamente había muerto en un accidente de caza. El hombre que aparecía en los rumores sobre la Cámara.

—Eso es imposible —dijo Adrián.

—Lo sé. Por eso funcionó. La Cámara me obligó a desaparecer. Me enviaron fuera del país. Pero he vuelto.

Adrián lo observó con incredulidad.

—¿Por qué me cuentas esto?

Valcárcel se inclinó hacia él.

—Porque necesito tu ayuda para destruirlos. Y porque sé algo que te importa más que cualquier otra cosa.

Adrián sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué cosa?

Valcárcel bajó la voz.

—Sé quién mató a tu padre.

El mundo de Adrián se detuvo.

—¿Qué…?

—Y tengo pruebas —añadió Valcárcel.

Adrián apretó los puños.

—¿Por qué no vas a la policía?

Valcárcel soltó una risa amarga.

—¿A la policía? La Cámara controla a la policía. Controla a los jueces. Controla a los medios. Controla todo. Si aparezco, me matan. Si hablo, me matan. Si respiro demasiado fuerte, me matan.

Adrián lo miró con una mezcla de rabia y desconfianza.

—¿Y qué quieres de mí?

—Quiero que publiques la verdad. Quiero que uses tu posición. Quiero que me ayudes a sacar a la Cámara a la luz. —Y a cambio —añadió— te daré las pruebas sobre la muerte de tu padre.

Silencio. Un silencio que pesaba como una sentencia.

Adrián respiró hondo.

—Necesito tiempo —dijo.

Valcárcel asintió.

—Lo entiendo. Pero no tardes demasiado. Ellos pronto sabrán que he vuelto. No me queda mucho tiempo.

Salieron del bar juntos. La calle estaba casi vacía. El hotel donde Lía tenía su cita estaba muy cerca. Pero eso Adrián no lo sabía.

Adrián esperó a que Valcárcel se alejara lo suficiente para que no pudiera oírle, y sacó el móvil. Tenía el corazón acelerado.

Marcó el número de Lía.

Llamando…

Nada.

Volvió a intentarlo.

Llamando…

Nada.

La inquietud se convirtió en alarma.

Desde que Méndez lo citó, recordó su llamada en el restaurante. Recordó la mentira de Lía. Recordó la discusión. Recordó la sensación de que algo no encajaba.

Marcó otra vez.

Llamando…

Nada.

La desesperación le subió por la garganta.

—Contesta, Lía… —murmuró.

Pero Lía no contestó. Porque en ese mismo instante, ella estaba de camino al hotel. Con el frasco en el bolso. Con las instrucciones de Cifuentes en la cabeza. Con el destino ya escrito.

Adrián no lo sabía. Pero ya era demasiado tarde.