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PRIMERA MISIÓN PARA LÍA
La noche había caído sobre Barcelona con una densidad extraña, como si el aire supiera que algo estaba a punto de romperse.
Lía caminaba hacia el hotel con las manos frías y el corazón acelerado.
Cada paso era una traición a sí misma. Cada respiración, un recordatorio del chantaje que la había atrapado.
Cifuentes le había dado instrucciones claras. Demasiado claras.
“Solo tienes que sonsacarle información. Él confía en ti. Haz que hable. Haz que se relaje. Haz que pierda el control.”
Y luego, la frase que la había paralizado:
“Ponle unas gotas del frasco en la bebida. Es todo lo que necesitas para… facilitar la conversación.”
La palabra facilitar le había provocado náuseas.
El hotel era elegante, discreto, uno de esos lugares donde los políticos y empresarios se reúnen para hacer cosas que nunca aparecerán en los periódicos.
Lía entró con la cabeza baja, intentando parecer tranquila.
La recepcionista la saludó con una sonrisa profesional. Ella respondió con otra que no sentía.
En el ascensor, se miró en el espejo. No vio a Solara. No vio a la estudiante de Derecho. No vio a la mujer que Adrián había abrazado la noche anterior.
Vio a alguien atrapada.
Cuando llegó al pasillo, respiró hondo. La habitación 507. Llamó con los nudillos. Méndez le abrió envuelto en un albornoz blanco.
Alberto Méndez llevaba una copa de vino en la mano y una sonrisa que no era de bienvenida, sino de posesión.
—Sabía que vendrías —dijo.
Lía tragó saliva.
—Tenías razón —respondió, intentando sonar segura.
Él la miró como si ya fuera suya.
—Estás preciosa esta noche.
Ella no respondió. No podía.
Méndez señaló la mesa. Había dos copas. Una botella abierta.
—¿Brindamos?
Lía dudó. Recordó las instrucciones de Cifuentes. Recordó la amenaza. Recordó las grabaciones.
—Sí —dijo finalmente.
Se acercó a la mesa. Cogió el pequeño frasco escondido en su bolso. El frasco que Cifuentes le había dado.
Su mano tembló.
Méndez no lo notó. O no le importó.
Con disimulo vertió unas gotas en la copa de él. No muchas. Las suficientes.
Al principio, Méndez habló de cosas triviales: política, dinero, viajes, contactos. Pero poco a poco, la droga empezó a hacer efecto. Su voz se volvió más lenta. Su postura, más relajada. Su lengua, más suelta.
—La Cámara… —murmuró—. Creen que pueden controlarlo todo. Pero yo sé cosas. Cosas que podrían destruirlos.
Lía sintió un escalofrío.
—¿Qué cosas?
Méndez sonrió, torpe.
—Secretos. Nombres. Favores. Montalbán… ese cabrón… está metido hasta el cuello.
Nemo grababa todo en tiempo real. Cada palabra. Cada confesión.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Qué papel tienes en todo eso?
Méndez se recostó en el sillón. Cerró los ojos un segundo.
—Yo soy Héctor Valcárcel, y oficialmente estoy muerto. Tú seguramente no sabes quién soy, pero formaba parte del gobierno. Me traicionaron. Me hicieron desaparecer. Y ahora… ahora quiero hundirlos.
Lía sintió que el corazón se le aceleraba. No sabía si era miedo o alivio.
—¿Por qué me cuentas esto?
Méndez abrió los ojos. La miró con una mezcla de deseo y desesperación.
—Para que sepas quién soy y confíes en mí. Porque tú… tú puedes ayudarme. Tú puedes ser mi llave. A cambio de eso yo te daré contactos muy poderosos e influyentes, ya te lo dije.
Ella tragó saliva.
—¿Qué quieres exactamente de mí?
—Todo —respondió él—, pero ahora me conformo con tu cuerpo.
Lía sabía que estaba atrapada. Sabía que la estaban vigilando, y no podía estropear su misión.
Se rindió.
Y dejó que la follara. Como si fuera una prostituta.
Hasta que la droga lo venció. Méndez se desplomó en la cama, respirando con dificultad, pero sin peligro. Lía se levantó.
Tenía que irse. Ya había cumplido con la misión. Cifuentes le dijo que todo quedaría grabado.
Pero cuando llegó a la puerta, escuchó un ruido detrás de ella.
Un susurro.
De pronto la puerta se abrió, y alguien le puso un paño húmedo en la boca.
En segundos todo se fundió a negro.
No supo que, minutos después, Cifuentes entraría en esa habitación. No supo que él terminaría lo que ella había empezado. No supo que esa noche cambiaría su vida para siempre.
Después comprendió que había cruzado una línea muy peligrosa. Sin vuelta atrás.