Solo para ti 18
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PRIMER ENCUENTRO ÍNTIMO EMOCIONAL

La noche era cálida, casi inmóvil, como si Barcelona quisiera quedarse quieta para no interrumpir lo que estaba a punto de ocurrir.

Lía y Adrián caminaban juntos hacia su piso después de haber pasado la tarde hablando, riendo, confesando cosas que ninguno había dicho en voz alta antes.

La reconciliación había sido suave, casi natural, como si ambos hubieran estado esperando ese momento sin saberlo.

Cuando entraron en el piso, Lía dejó las llaves sobre la mesa y se quedó un instante en silencio. Adrián la observó. Ella parecía frágil, pero también decidida. Una mezcla que siempre lo desarmaba.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó ella, sin mirarlo.

—Sí. Un whisky —respondió él, con una voz que ya no intentaba disimular nada.

Se sentaron en el sofá. Al principio hablaron de cosas pequeñas: música, trabajo, recuerdos. Pero poco a poco la conversación fue perdiendo palabras y ganando miradas. Miradas largas, sinceras, que decían más que cualquier frase.

Lía se acercó un poco. Adrián también. La distancia entre ellos se volvió absurda.

—Me da miedo esto —confesó ella, con un hilo de voz.

—A mí no —respondió él—. A mí me da miedo perderte.

Ella cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había algo distinto en su expresión: una mezcla de vulnerabilidad y decisión.

—No me pierdas —susurró.

Se acercaron más, casi tocándose.

El beso llegó sin prisa, sin tensión, sin máscaras. Fue un beso corto, apenas medio minuto, en el que sus bocas robaron la humedad del otro.

Lía sintió que el aire se volvía denso a su alrededor, percibiendo una mezcla de deseo y desasosiego.

—Vamos —dijo Adrián tirando de Lía—. Llévame a la habitación.

Lía lo llevó.

Al entrar cerraron la puerta y volvieron a besarse.

Esta vez fue un beso más intenso.

Con más pasión.

Con más hambre.

Sin dejar de besarse se quitaron la ropa el uno al otro, con urgencia, casi con brusquedad.

Cuando terminaron, Lía se quedó en ropa interior. Adrián con el bóxer.

Se quedaron en silencio, mirándose.

Adrián miraba fascinado por la belleza de Lía.

Lía lo miraba con deseo, ofreciéndose.

Durante dos horas estuvieron follando como nunca lo habían hecho con nadie.

Cuando todo terminó, Lía se quedó en silencio. Mirando el techo. Respirando despacio. Con el cuerpo relajado, pero la mente acelerada.

—Me asusta lo que acaba de pasar —dijo finalmente.

Adrián giró la cabeza hacia ella.

—¿Por qué?

—Porque siento demasiado —respondió—. Y cuando siento demasiado… me rompo.

Adrián la tocó suavemente en el brazo. Un gesto pequeño, pero lleno de significado.

—No voy a dejar que te rompas —dijo.

Ella no respondió. Solo cerró los ojos.

Mientras Lía intentaba calmarse, Adrián la observaba con una intensidad que él mismo no sabía controlar. No era solo cariño. No era solo atracción. Era algo más profundo, más peligroso, más difícil de contener.

La forma en que ella respiraba. La forma en que se recogía el pelo. La forma en que se abrazaba a sí misma cuando tenía miedo.

Todo en ella lo atrapaba.

Y en ese instante, Adrián supo que ya no podía alejarse. Que no quería. Que no sabía cómo hacerlo.

Lía era una herida abierta. Y él, sin darse cuenta, empezaba a necesitarla como quien necesita aire.

Ella se asustaba. Él se enganchaba más.

Y ninguno de los dos sabía que ese vínculo, tan frágil y tan intenso, pronto sería puesto a prueba de formas que ninguno podía imaginar.