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EL REGRESO
Alberto Méndez. Un nombre que odiaba. Un nombre que representaba su destierro, su humillación, su caída.
Habían pasado dieciocho meses desde que la Cámara lo obligó a desaparecer. Dieciocho meses en Sudamérica, escondido en un país donde nadie lo conocía, viviendo con un nombre falso, vigilado por contactos que no eran amigos, sino carceleros disfrazados de aliados.
Dieciocho meses de resentimiento acumulado.
Valcárcel nunca había sido valiente, pero el exilio lo había transformado. Ya no era el político cobarde que temía perder su carrera. Era un hombre que lo había perdido todo y que, por primera vez, no tenía nada que proteger.
Solo una cosa que destruir.
La Cámara.
Alquilar un piso en Barcelona fue fácil. La identidad de Méndez estaba construida con precisión quirúrgica: documentos perfectos, cuentas bancarias limpias, un historial laboral inventado pero creíble.
Se instaló en un apartamento discreto en el Eixample. Cortinas gruesas. Pocas ventanas. Ningún vecino curioso.
Desde allí empezó a moverse con cautela. No podía exponerse. No podía cometer errores. La Cámara tenía ojos en todas partes.
Pero también tenía una debilidad: no sospechaban que él pudiera regresar.
Y mucho menos que regresara con un plan.
Valcárcel llevaba semanas estudiando a Adrián. Sabía quién era. Sabía quién había sido su padre. Sabía que Julián Rivas había muerto por su culpa, por su miedo.
Y sabía algo más: Adrián era la única persona que podía ayudarlo a destruir a la Cámara sin que él quedara salpicado.
El hijo del periodista muerto. El hombre que buscaba respuestas. El hombre que tenía acceso a la prensa, a la opinión pública, a la verdad.
El hombre que tenía motivos para odiar a la Cámara.
Valcárcel repasó una y otra vez el plan:
Contactar con Adrián. Revelarle quién era en realidad. Demostrarle que la Cámara asesinó a su padre. Convencerlo de colaborar. Usarlo como arma. Hundir a la Cámara desde dentro. Y salir limpio.
Era un plan arriesgado. Pero era el único que tenía.
Valcárcel no había regresado con las manos vacías. Estando en Sudamérica, y a través de sus contactos, había conseguido pruebas de quienes asesinaron a Julián Rivas. Esas pruebas demostraban que la Cámara estaba implicada en el asesinato del periodista.
Las pruebas estaban encriptadas, escondidas en un servidor remoto al que solo él podía acceder.
Seguramente no serían suficientes para destruir a la Cámara por sí solas. Pero sí para convencer a Adrián.
Y para iniciar una guerra.
Valcárcel se miró en el espejo del baño. El rostro que veía no era el suyo. Era el de Méndez. El de un fantasma. El de un hombre que había muerto oficialmente y que ahora caminaba entre los vivos con una identidad prestada.
—Voy a acabar con vosotros —murmuró.
No era valentía. Era venganza. Era resentimiento. Era supervivencia.
Y era la primera vez en su vida que tenía un propósito.
Se puso la chaqueta. Tomó el móvil. Abrió la agenda donde tenía anotado un nombre:
Adrián Rivas.
—Es hora —dijo.
Y salió a la calle.
Barcelona no sabía que un muerto había regresado. Y que su regreso iba a cambiarlo todo.