Solo para ti 16
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LA CAÍDA DE LÍA

La tarde estaba gris, pesada, como si Barcelona presintiera que algo oscuro estaba a punto de ocurrir.

Lía caminaba hacia su piso con el corazón acelerado.

Había pasado el día intentando concentrarse, intentando olvidar la llamada de Méndez, intentando no pensar en Adrián.

Pero nada funcionaba. Sentía una presión en el pecho que no sabía explicar.

Cuando llegó al portal, vio a un hombre apoyado en la pared. Traje oscuro. Mirada fría. Postura de quien no teme ser visto.

Cifuentes.

Lía se detuvo. El estómago se le cerró.

—Buenas tardes, señorita Solara —dijo él, con una sonrisa que no contenía humor.

—No me llame así —respondió ella, intentando mantener la voz firme.

—Como quieras, Lía.

El uso de su nombre real la atravesó como un cuchillo.

—¿Qué hace aquí?

—Hablar contigo.

—No tengo nada que hablar con usted.

—Oh, sí que tienes.

Cifuentes sacó del bolsillo una pequeña carpeta negra. La abrió. Le mostró una fotografía.

Era ella. En su estudio. Durante un directo.

Luego otra. En una sesión privada. Con Méndez. Con la luz tenue. Con la voz temblorosa.

Lía sintió que las piernas le fallaban.

—¿Cómo…? —susurró.

Cifuentes le enseñó un vídeo en su móvil. Ella hablando. Ella riendo. Ella confesando cosas a Méndez. Ella dudando. Ella temiendo.

—¿Cómo pueden tener esto? —preguntó, con la voz rota—. ¿Cómo pueden grabarlo todo? Incluso los privados…

Cifuentes cerró la carpeta.

—Tenemos nuestros métodos.

Lía retrocedió un paso.

—Esto es ilegal.

—Lo es —admitió él—. Pero eso no nos detiene.

Silencio. Un silencio que parecía devorar el aire.

—¿Qué quiere? —preguntó ella finalmente.

Cifuentes sonrió. Una sonrisa lenta, calculada.

—Quiero que colabores con nosotros.

—¿Colaborar? ¿En qué?

—En pequeñas misiones. Nada complicado. Solo necesitas hacer lo que te digamos cuando te lo digamos.

Lía negó con la cabeza.

—No. No voy a hacer nada.

—Entonces publicaremos todo esto —dijo él, levantando la carpeta—. Y créeme: cuando salga a la luz, tu vida se acabará. Tu carrera. Tu reputación. Tu familia. Todo.

Lía sintió un mareo. Se apoyó en la pared.

—No pueden hacerme esto…

—Claro que podemos —respondió él—. Y lo haremos si no aceptas.

Ella cerró los ojos. Respiró hondo. Intentó pensar. Intentó encontrar una salida.

No la había.

—¿Qué tipo de misiones? —preguntó con voz temblorosa.

—Ya te lo diremos —respondió Cifuentes—. Por ahora solo necesito tu compromiso.

Lía abrió los ojos. Tenía lágrimas contenidas. Pero también una determinación desesperada.

—Si hago lo que quieren… ¿me dejarán en paz?

—Mientras seas útil, sí.

Ella tragó saliva. Sabía que estaba atrapada. Sabía que si no aceptaba, la destruirían. Sabía que su vida ya no le pertenecía.

—Está bien —susurró—. Acepto.

Cifuentes guardó la carpeta. Se acercó un poco más.

—Buena decisión.

Lía retrocedió.

—¿Puedo irme?

—Claro —dijo él—. Te contactaremos pronto.

Ella subió en el ascensor con las piernas temblando. Cuando cerró la puerta de su piso, se dejó caer al suelo. Lloró en silencio. Lloró como quien sabe que ha perdido algo que nunca podrá recuperar.

Y mientras tanto, en otro punto de la ciudad, Nemo enviaba un informe actualizado a Cifuentes.

“Grabaciones completas. Nivel de presión: óptimo.”

Pero había algo que Nemo no podía entender: cómo Méndez había logrado entrar en la plataforma sin dejar rastro. Cómo había conseguido acceso. Cómo había burlado todos los sistemas.

Ese misterio encendía la curiosidad de Cifuentes.

—Habrá que averiguar quién es —murmuró.

Y así, mientras Lía se derrumbaba en su piso, la Cámara cerraba el círculo alrededor de ella.

La caída había comenzado.