15
LÍA Y ADRIÁN SE ACERCAN
La noche era tranquila en Barcelona, con ese silencio suave que aparece cuando la ciudad parece cansada de sí misma.
Adrián caminaba hacia el piso de Lía con el corazón acelerado.
No sabía si ella lo recibiría bien. No sabía si la discusión de la cena había abierto una grieta irreparable.
Pero sabía que no podía quedarse quieto.
No después de verla marcharse con esa mezcla de rabia y miedo en los ojos.
Lía abrió la puerta después de dos golpes suaves. No llevaba maquillaje. No llevaba la máscara de Solara. Solo era ella: vulnerable, cansada, hermosa en una forma que no tenía nada que ver con la pantalla.
—Hola —dijo, sin saber si debía sonreír.
—Hola —respondió él, con la voz más baja de lo habitual.
Durante unos segundos, ninguno habló. La tensión seguía ahí, pero había cambiado. Ya no era hostil. Era frágil.
—¿Podemos hablar? —preguntó Adrián.
Lía abrió más la puerta y lo dejó entrar.
Se sentaron en el sofá, con una distancia prudente entre ellos. Una distancia que parecía hecha de miedo, no de rechazo.
—Siento lo de la cena —dijo Adrián primero—. No debería haber reaccionado así.
Lía bajó la mirada.
—Yo también lo siento. No quería… hacerte daño.
Adrián respiró hondo.
—No me hiciste daño. Solo… me confundiste.
Ella levantó la vista. Sus ojos estaban más suaves que antes.
—No sé cómo manejar esto —confesó—. No sé cómo manejarte a ti.
Adrián sintió un golpe en el pecho.
—No tienes que manejarme.
—Sí tengo —respondió ella, con una sinceridad que lo desarmó—. Porque cuando alguien se acerca demasiado… me asusto.
Silencio. Un silencio que no dolía. Un silencio que invitaba a hablar.
—¿Te asusto yo? —preguntó él.
—No —dijo ella—. Me asusta lo que siento cuando estoy contigo.
Adrián tragó saliva.
—¿Y qué sientes?
Lía dudó. Se mordió el labio. Respiró hondo.
—Siento que podría confiar en ti —dijo finalmente—. Y eso me da miedo.
Él se acercó un poco. Solo unos centímetros. Pero suficientes para que ella lo notara.
—Puedes confiar en mí —dijo con voz suave.
—No sé si puedo —susurró ella.
—Entonces déjame demostrarlo.
Lía lo miró como si buscara algo en su rostro. Algo que necesitaba ver para no huir.
—No quiero que me controles —dijo.
—No quiero controlarte —respondió él—. Quiero cuidarte. Quiero entenderte. Quiero estar contigo sin que tengas que esconderte.
Ella cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había algo distinto en su mirada. Algo más abierto. Más vulnerable.
—Yo también quiero estar contigo —admitió—. Pero no sé cómo hacerlo sin romperme.
Adrián sintió que el mundo se detenía.
—Entonces rompámonos juntos —dijo.
Lía lo miró. Él la miró. La distancia entre ellos dejó de tener sentido.
Ella se inclinó primero. Él respondió sin dudar.
El beso fue suave, lento, casi tímido. No tenía nada de pasión desbordada. Era un beso que hablaba de miedo, de necesidad, de cuidado. Un beso que parecía decir: no sé qué somos, pero quiero averiguarlo contigo .
Cuando se separaron, Lía apoyó la frente en la de él.
—No me hagas daño —susurró.
—Jamás —respondió Adrián.
Ella sonrió. Una sonrisa pequeña, pero real.
Mientras Lía se recostaba en su pecho, Adrián sintió algo que no había sentido en años: una mezcla de protección, deseo de cuidar, y una necesidad profunda de no perderla.
Era más que atracción. Más que cariño. Más que interés.
Era obsesión. Una obsesión que crecía en silencio, como una raíz que se extiende sin que nadie la vea.
La abrazó con suavidad. Ella cerró los ojos.
Y en ese instante, sin saberlo, ambos cruzaron una línea que ya no podrían deshacer.