Solo para ti 12
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EL DIRECTOR

La cafetería estaba casi vacía. Era una de esas que sobreviven en el centro de Barcelona porque nadie sabe que existen: luces tenues, mesas de madera gastada, olor a café antiguo y un silencio que parecía pactado.

Adrián llegó diez minutos antes. No quería que nadie lo viera con el hombre que le había pedido reunirse con él.

El director del periódico, Gabriel Llorens, ya estaba allí.

Llorens había sido una leyenda del periodismo. Premio Ortega y Gasset, reportajes que habían destapado tramas políticas, una carrera construida sobre la verdad. Pero ahora era solo una sombra de sí mismo:

cabello blanco,

rostro hundido,

manos que temblaban ligeramente,

mirada que alternaba entre la culpa y el miedo.

Cuando Adrián se acercó, Llorens levantó la vista. Sus ojos se humedecieron.

—Gracias por venir —dijo con voz baja.

Adrián se sentó. No sabía si quería escuchar lo que ese hombre tenía que decir. Pero necesitaba hacerlo.

—¿Por qué me pidió esta reunión? —preguntó.

Llorens respiró hondo. Se quitó las gafas. Las dejó sobre la mesa como si pesaran demasiado.

—Porque ya no puedo seguir callando —dijo—. Y porque tú mereces saber la verdad sobre tu padre.

Adrián sintió un latido violento en el pecho.

—¿Qué sabe?

Llorens lo miró con una mezcla de compasión y horror.

—Todo.

Silencio. Un silencio que parecía absorber el aire.

Llorens continuó:

—Tu padre… Julián… filtró documentos a través de mí. Documentos que comprometían a la Cámara. Básicamente pruebas de chantajes sexuales y blanqueo de capitales. Poca cosa más. Esas pruebas podían complicarles la vida, y lo taparon.

Adrián apretó los puños.

—¿Y usted…?

—Yo fui quien te mandó el mensaje diciendo que tu padre había sido asesinado —confesó Llorens, con la voz quebrada—. Lo asesinaron por mi culpa.

Adrián sintió que el mundo se inclinaba. Que la mesa se alejaba. Que la voz del director venía desde muy lejos.

—¿Qué hizo? —preguntó con un hilo de voz.

Llorens cerró los ojos.

—Me amenazaron. A mí. A mi familia. Hasta que les desvelé cuál había sido mi fuente. Tu padre.

Hizo una pausa.

—Y luego pasó lo que pasó —añadió, con lágrimas contenidas—. Nunca me lo perdonaré.

Adrián tragó saliva. La rabia le quemaba el pecho.

—¿Por qué me lo cuenta ahora?

Llorens lo miró con una intensidad desesperada.

—Porque igualmente destrozaron mi carrera. Me expulsaron del periódico. Me arruinaron. Me vigilan. Me tienen controlado. Pero hay algo que ellos no saben —dijo inclinándose hacia él—. Algo que nunca sabrán.

Adrián contuvo la respiración.

—¿Qué cosa?

—Tu padre me confesó, antes de que lo asesinaran, que tenía otras pruebas escondidas. Pruebas que podían acabar con la Cámara definitivamente.

Se quedó callado dos segundos. Luego añadió:

—Yo no sé dónde están, pero tú sí puedes buscarlas. De ti no sospechan, Adrián. Búscalas y acabemos con esa gente.

Adrián sintió un escalofrío. Una mezcla de miedo, furia y propósito.

—¿Qué más sabe? —preguntó.

Llorens bajó la voz.

—Se dice que está implicado el ministro Montalbán. Que la Cámara, aparte de los chantajes sexuales y el blanqueo de capitales, se dedica a malversar fondos públicos. Y además mataron a tu padre —añadió con un temblor en la voz—. Hay que hacer algo, Adrián.

El silencio volvió a caer entre ellos. Un silencio distinto. Un silencio que ya no era miedo, sino decisión.

Adrián se levantó lentamente. Miró al director. Miró la puerta. Miró la noche que esperaba fuera.

—Lo haré —dijo.

Llorens cerró los ojos, como si esa frase le devolviera un fragmento de dignidad perdida.

—Ten cuidado —susurró—. Ellos siempre están mirando.

Adrián salió de la cafetería sin mirar atrás. La ciudad seguía igual, pero él ya no. Ahora tenía un propósito. Una misión. Una verdad que debía encontrar.

Y una guerra que acababa de empezar.