Solo para ti 11
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EL ACCIDENTE

La finca de caza estaba perdida en algún punto indeterminado de Castilla y León, rodeada de encinas, silencio y un aire tan seco que parecía absorber cualquier sonido.

Allí, lejos de periodistas, cámaras y miradas indiscretas, Héctor Valcárcel, Secretario de Estado, caminaba de un lado a otro del salón rústico con el rostro desencajado.

Alguien había filtrado un montón de documentos impresos. Fotografías. Extractos bancarios. Conversaciones. Pruebas.

Pruebas que podían destruirlo.

Pruebas que no solo lo enviarían a la cárcel: arrastrarían a toda la Cámara con él.

Valcárcel era muchas cosas, pero valiente no. Nunca lo había sido. Su carrera política se había construido sobre silencios, favores y la habilidad de desaparecer cuando las cosas se complicaban. Pero esta vez no podía desaparecer.

No sin ayuda.

La puerta del salón se abrió. Entraron dos hombres. Uno de ellos era Cifuentes.

Valcárcel tragó saliva.

—Dime que tienes una solución —dijo con voz temblorosa.

Cifuentes no respondió de inmediato. Se acercó a Valcárcel.

—La Cámara está preocupada —dijo finalmente.

Valcárcel sintió un escalofrío.

—Yo no he filtrado nada. Lo juro.

—Lo sabemos —respondió Cifuentes—. Pero también sabemos que, cuando un político como tú ve la cárcel cerca… canta.

Valcárcel se desplomó en una silla.

—No voy a hablar. No soy idiota.

Cifuentes lo miró con una mezcla de desprecio y lástima.

—Eres muchas cosas, Héctor. Pero valiente no.

Silencio.

El otro hombre, un asesor de la Cámara cuyo nombre Valcárcel nunca había querido aprender, dejó una carpeta sobre la mesa.

—Hay una alternativa —dijo.

Valcárcel levantó la mirada, desesperado.

—¿Cuál?

Cifuentes abrió la carpeta. Dentro había un informe detallado: fechas, rutas, documentos falsos, contactos en Sudamérica, una nueva identidad.

—Puedes desaparecer —dijo Cifuentes—. Simular tu muerte en un accidente de caza. Sin testigos. Sin ruido. Sin sospechas.

Valcárcel sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Desaparecer? ¿A dónde?

—A Sudamérica —respondió el asesor—. Tenemos contactos. Te darán una identidad nueva. Un trabajo discreto. Una casa. Dinero suficiente para vivir sin llamar la atención.

Valcárcel se levantó de golpe.

—¿Y mi familia?

—No puedes verlos —dijo Cifuentes—. Nunca más.

El silencio se volvió insoportable.

Valcárcel caminó hacia la ventana. Miró el campo. Las encinas. El cielo limpio. La vida que conocía. La vida que estaba a punto de perder.

—¿Y si no acepto?

Cifuentes no dudó.

—Entonces la Cámara te dejará caer. Y cuando caigas, arrastrarás a todos. No podemos permitirlo.

Valcárcel cerró los ojos. Sintió un nudo en la garganta. No era un hombre fuerte. No era un hombre leal. No era un hombre capaz de enfrentarse a la cárcel.

Era un hombre que huía.

Siempre había huido.

—¿Cuándo sería… el accidente? —preguntó con voz rota.

—Mañana —respondió Cifuentes.

Valcárcel abrió los ojos. Miró a los dos hombres. Miró su vida desmoronándose.

—Acepto —dijo.

Cifuentes asintió, sin emoción.

—Bien. A partir de ahora, Héctor Valcárcel está muerto.

El asesor cerró la carpeta.

—Y a partir de mañana, nacerá Rubén Latorre.

Valcárcel sintió un escalofrío al escuchar ese nombre. Un nombre que no era suyo. Un nombre que sería su única identidad durante el resto de su vida.

Un nombre que nunca debió existir.