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¿QUIÉN ES ALBERTO MÉNDEZ?

La noche cae sobre Barcelona con una suavidad engañosa, como si la ciudad quisiera ocultar lo que ocurre detrás de sus ventanas iluminadas.

En el piso de Sarrià, Lía prepara el estudio para una nueva sesión privada.

No debería hacerlo. Está cansada, inquieta, con la cabeza llena de dudas desde su encuentro con Adrián.

Pero el nombre del cliente aparece de nuevo en la plataforma.

Roberto Méndez.

El mismo de la sesión anterior. El mismo que la observó con una atención que no era la de un cliente cualquiera.

Lía ajusta la luz. Respira hondo. Activa la cámara.

La sesión comienza.

La imagen de Méndez aparece en la pantalla: un hombre de unos cuarenta, traje impecable, sonrisa segura, mirada que nunca revela del todo sus intenciones. No es especialmente atractivo, pero tiene algo que inquieta: una confianza absoluta en sí mismo.

—Buenas noches, Solara —dice con voz suave.

—Buenas noches —responde Lía, manteniendo la distancia profesional.

—Me alegra que hayas aceptado otra sesión conmigo.

—Acepto todas las solicitudes que cumplen las normas —dice ella, sin darle más importancia.

Méndez sonríe como si disfrutara del juego.

—Eres la chica del momento —dice—. Todos hablan de ti. Todos quieren verte. Todos quieren… tenerte cerca.

Lía mantiene la expresión neutra, pero siente un nudo en el estómago.

—No estoy aquí para eso —dice.

—Claro que sí —responde él, inclinándose hacia la cámara—. Todos estamos aquí para algo.

Silencio. Un silencio que él aprovecha.

—Quiero verte fuera de la plataforma.

Lía parpadea. La frase la golpea como un cubo de agua fría.

—No hago encuentros presenciales.

—Puedo pagarte muy bien.

—No me interesa.

Méndez sonríe. Una sonrisa lenta, calculada.

—No hablo de dinero normal, Solara. Hablo de cifras que no has visto en tu vida.

Lía siente un escalofrío. No por la oferta, sino por la forma en que él la mira, como si ya hubiera decidido que ella aceptará.

—He dicho que no —repite.

Méndez se reclina en su silla. Cruza las manos. La observa como si fuera un objeto valioso.

—Eres inteligente —dice—. Y ambiciosa. No finjas que no lo eres.

Lía aprieta la mandíbula.

—No necesito que me digas quién soy.

—No —dice él—. Pero puedo decirte quién podrías ser.

Lía frunce el ceño.

—¿Qué significa eso?

Méndez baja la voz, como si compartiera un secreto.

—Tengo contactos. Políticos. De alto nivel. Hombres que pagan cifras obscenas por una chica como tú. No hablo de sesiones privadas. Hablo de… oportunidades.

Lía siente cómo el corazón le golpea el pecho. No es solo miedo. Es ambición. Es la posibilidad de escapar de la vida que odia. Es la tentación de un poder que nunca ha tenido.

Pero también es peligro. Un peligro que no sabe medir.

—No sé de qué me estás hablando —dice, intentando sonar firme.

—Sí lo sabes —responde él—. Y si eres amable conmigo… puedo abrirte esas puertas.

La palabra amable la atraviesa como una amenaza disfrazada.

Lía no responde. No puede. El miedo y la ambición se mezclan en su interior como dos venenos que se potencian mutuamente.

A pocos kilómetros de allí, Nemo observa la sesión desde su piso en Poblenou. Tres pantallas. Tres ángulos. Tres análisis simultáneos.

El algoritmo detecta:

tensión en la voz de Lía,

dilatación pupilar,

microexpresiones de miedo,

señales de indecisión.

Detecta también algo más: Méndez no encaja en ningún patrón.

No aparece en bases de datos. No coincide con perfiles habituales. No tiene historial digital rastreable.

Es un fantasma. Un hombre sin pasado visible.

Nemo graba todo. Cada palabra. Cada gesto. Cada silencio.

Cuando la sesión termina, envía el material a Cifuentes.

En su despacho oscuro, Cifuentes abre el archivo. Reproduce la grabación. Observa a Méndez. Observa a Lía.

Cuando escucha la frase sobre los políticos, se inclina hacia la pantalla.

—¿Quién coño eres tú? —murmura.

Rebobina. Reproduce de nuevo.

“Tengo contactos. Políticos de alto nivel.”

Cifuentes apaga la grabación. Se queda en silencio. Piensa.

Nemo no ha podido identificarlo. Eso significa que Méndez no es un cliente cualquiera. No es un hombre cualquiera. No es un objetivo cualquiera.

Es algo más. Algo que podría ser útil. O peligroso.

Cifuentes cierra el archivo. Se reclina en la silla.

—Habrá que averiguar quién es —dice en voz baja.

Y en ese instante, sin saberlo, Lía queda atrapada entre dos fuerzas que no entiende: la ambición de Méndez y la curiosidad de Cifuentes.

Dos fuerzas que pronto la romperán.