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PRIMER ENCUENTRO PERSONAL
La tarde cae sobre Barcelona con una luz suave, casi dorada, que convierte las terrazas en refugios improvisados.
En una de ellas, en Gràcia, Lía llega cinco minutos tarde.
No por descortesía. Por control. Le gusta entrar en los lugares cuando ya están respirando, cuando la energía está asentada y ella puede decidir cómo moverse dentro de ella.
Adrián ya está allí. Sentado en una mesa pequeña, con un café que no ha tocado y una inquietud que intenta disimular. Cuando la ve acercarse, algo en su postura cambia: se endereza, se aclara la garganta, se pasa una mano por el pelo como si eso pudiera ordenar lo que siente.
Lía se detiene frente a él. Sonríe apenas.
—Hola.
—Hola —responde él, demasiado rápido.
Ella se sienta. Cruza las piernas. Deja el bolso a un lado, en la silla. Su presencia llena el espacio sin esfuerzo.
Adrián la observa con una mezcla de fascinación y nerviosismo. No es la Solara de la pantalla. No es la mujer perfecta que controla cada gesto. Es más real. Más humana. Más peligrosa para él.
—Gracias por venir —dice Adrián.
—No sabía si debía —responde ella, mirando la carta sin leerla.
Él frunce el ceño.
—¿Por qué?
Lía levanta la mirada. Sus ojos marrones, profundos, parecen estudiarlo.
—Porque no suelo quedar con clientes.
—No soy un cliente.
—Lo sé. Pero tampoco sé qué eres.
La frase lo golpea. Adrián respira hondo.
—Podría ser… alguien que quiere conocerte.
Lía sonríe, pero la sonrisa no llega a los ojos.
—¿Conocerme? ¿A mí? ¿O a Solara?
Adrián se inclina hacia adelante.
—A ti.
Ella baja la mirada hacia la mesa. Juega con la servilleta. Un gesto mínimo, pero revelador.
—No sé si existe una diferencia —dice.
Silencio. Un silencio que no incomoda, pero pesa.
El camarero se acerca. Lía pide un té frío. Adrián pide otro café que tampoco beberá.
Cuando el camarero se aleja, Adrián habla.
—Me gustas.
Lía parpadea. No esperaba tanta frontalidad.
—No deberías decir eso.
—¿Por qué?
—Porque complica las cosas.
—¿Qué cosas?
Ella suspira.
—Mi vida. Tu vida. Todo.
Adrián la mira con una intensidad que la incomoda y la atrae al mismo tiempo.
—No quiero complicarte nada —dice él—. Solo quiero… estar cerca.
Lía se recuesta en la silla. Cruza los brazos. Se protege.
—Yo no quiero depender de nadie —dice con voz firme—. No quiero que nadie me salve, ni me cuide, ni me posea. No quiero que mi vida gire alrededor de un hombre.
Adrián baja la mirada. La frase le duele más de lo que debería.
—No quiero poseerte —dice en voz baja.
—Pero quieres algo de mí.
—Quiero… —Adrián busca las palabras—. Quiero que me dejes entrar.
Lía lo observa durante unos segundos que parecen más largos de lo que son.
—No sé si puedo —dice finalmente.
El camarero deja las bebidas sobre la mesa. Lía toma el vaso. Da un sorbo. Mira la calle. Mira a Adrián.
—No quiero una relación —dice con claridad—. No ahora. No contigo. No con nadie.
Adrián siente un nudo en el estómago.
—¿Por qué?
Ella sonríe con tristeza.
—Porque cuando dejo entrar a alguien… me rompo.
La frase queda suspendida en el aire. Adrián la escucha como quien escucha una confesión que no esperaba.
—No quiero hacerte daño —dice él.
—No puedes hacerme daño —responde ella—. Ya me lo hice yo sola.
Silencio.
La tensión entre ellos es palpable. No es hostil. No es fría. Es una tensión hecha de deseo, miedo, límites y posibilidades.
Finalmente, Lía se levanta.
—Gracias por el té.
Adrián también se levanta.
—¿Nos veremos otra vez?
Ella duda. Solo un segundo. Pero suficiente para que él lo note.
—No lo sé —dice.
Y se marcha.
Adrián se queda en la terraza, mirando la silla vacía. Siente que algo se le escapa entre los dedos. Siente que debería alejarse. Siente que no podrá hacerlo.
Porque Lía no es solo una mujer. Es una grieta. Una pregunta. Una herida. Una luz.
Y él ya está dentro, aunque ella no lo haya dejado entrar.