Solo para ti 8
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CIFUENTES

La comisaría de Les Corts siempre huele igual: a café recalentado, a papel viejo y a una mezcla indefinible de cansancio y autoridad.

En el despacho del fondo, donde la luz entra con desgana por una ventana estrecha, el comisario Cifuentes revisa un informe sin interés.

No lo lee. Solo pasa las páginas como quien pasa el tiempo.

Cifuentes ronda los cincuenta, pero parece mayor. El pelo, corto y gris. La piel, curtida por años de trabajo y noches sin dormir. Los ojos, pequeños y oscuros, siempre atentos, siempre calculadores. La mandíbula, tensa. La voz, grave, con un tono que nunca revela si está bromeando o amenazando.

Es un hombre que aprendió hace mucho que la ley es un concepto flexible. Y que la verdad es un lujo que casi nadie puede permitirse.

Mientras deja el informe sobre la mesa, su móvil vibra. Un mensaje cifrado. Una sola palabra:

“Llegando.”

Cifuentes se reclina en la silla. No sonríe. No se sorprende. Solo espera.

Un minuto después, llaman a la puerta.

—Pasa —dice sin levantar la vista.

La puerta se abre. Entra Nemo.

No saluda. No pregunta. No se sienta.

Solo deja una carpeta negra sobre la mesa.

Cifuentes la observa como quien observa un arma cargada.

—¿Qué es esto?

—Material —responde Nemo con su voz baja, casi sin inflexión.

Cifuentes abre la carpeta. Dentro hay capturas de pantalla, fragmentos de vídeo, transcripciones automáticas. Todas de la misma persona.

Solara. Lía.

Cifuentes revisa las imágenes con la calma de quien está acostumbrado a mirar cosas que no deberían existir. En una, Lía sonríe a la cámara. En otra, inclina la cabeza con una sensualidad estudiada. En otra, responde a un cliente con una voz suave.

Pero lo que interesa a Cifuentes no es la belleza. Ni la sensualidad. Ni la imagen.

Lo que le interesa es la vulnerabilidad.

—¿Confirmado? —pregunta sin levantar la vista.

—Sí —responde Nemo—. Perfil emocional fracturado. Alto potencial de presión.

Cifuentes pasa a la siguiente página. Una captura de la sesión privada con Alberto Méndez. El rostro del cliente no se ve. Pero la postura de Lía, la tensión en sus manos, la mirada que intenta parecer segura… Todo habla.

—¿Quién es Méndez? —pregunta Cifuentes.

—Identidad falsa —dice Nemo—. ¿Sigo investigando?

Cifuentes cierra la carpeta. La golpea suavemente con los dedos, como si marcara un ritmo. Lo mira por primera vez. Sus ojos son dos puntos oscuros que no revelan nada.

—Sí.

—¿A los dos? —pregunta Nemo.

—Investiga a ese tal Méndez. De Lía me encargo yo.

Nemo asiente. No pregunta más. No necesita saber por qué. Solo necesita ejecutar.

Cuando Nemo sale del despacho, Cifuentes se queda solo. Abre la carpeta de nuevo. Observa una imagen de Lía durante un directo. La expresión es suave, casi inocente.

—Pobrecita —murmura con una voz que no contiene compasión.

Luego apaga la luz del despacho. Se queda en la penumbra. Piensa en la Cámara. Piensa en el ministro Montalbán. Piensa en la red que llevan años tejiendo.

Y piensa en Lía.

Una pieza nueva. Una pieza útil. Una pieza que, si se presiona en el punto exacto, puede abrir puertas que otros mantienen cerradas.

Cifuentes cierra la carpeta. La guarda en un cajón. Lo bloquea.

La decisión está tomada.

Lía ya no es solo Solara. Ya no es solo una chica en una plataforma.

Ahora es un objetivo.

Y él es el hombre que va a convertirla en lo que la Cámara necesita.