Solo para ti 7
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LA ACTIVIDAD DE LÍA

La tarde avanza lentamente en Barcelona, como si el calor quisiera quedarse pegado a las paredes.

En el piso de Sarrià, Lía prepara el estudio con la precisión de alguien que ha convertido la rutina en un ritual.

Cada foco está colocado en su ángulo exacto.

Cada filtro de luz suaviza la piel sin borrar la verdad.

Cada detalle está pensado para que Solara parezca perfecta.

Pero hoy, mientras ajusta la cámara, hay algo distinto en su respiración. Un leve temblor. Una inquietud que no sabe nombrar.

Quizá es el mensaje de Adrián. Quizá es la entrevista. Quizá es la sensación de que alguien la observa desde un lugar que no puede ver.

Se sienta frente al espejo. Se maquilla con movimientos lentos, casi ceremoniales. La máscara se construye capa a capa: primero la piel, luego los ojos, después la boca, finalmente la expresión.

Cuando termina, ya no es Lía. Es Solara.

La luz se enciende. La cámara también. El directo comienza.

Los comentarios aparecen en cascada, como siempre:

“Diosa.” “Haz un close-up.” “¿Habrá sesión privada hoy?” “Te necesito.”

Lía sonríe. Inclina la cabeza. Responde con la mezcla exacta de cercanía y distancia que ha perfeccionado. Pero hoy, detrás de cada gesto, hay una tensión que no existía antes.

Mientras habla, mientras posa, mientras juega con la luz, no sabe que en algún lugar de Barcelona alguien la está observando con una atención que no es humana.

En su piso de Poblenou, Nemo tiene tres pantallas encendidas. En una, el directo de Solara. En otra, los datos de su actividad. En la tercera, un mapa de conexiones que se actualiza en tiempo real.

No mira su cuerpo. No mira su sonrisa. No mira su sensualidad.

Mira patrones. Mira vulnerabilidades. Mira oportunidades.

El algoritmo detecta microexpresiones: una tensión en la mandíbula, un parpadeo más rápido de lo habitual, una pausa mínima antes de responder a un cliente.

Nemo lo graba todo.

En la pantalla, Lía ríe. Una risa suave, casi tímida. Una risa que parece real.

El algoritmo marca la risa como indicador de fractura emocional.

Nemo fija su atención. Solara es perfecta. Demasiado perfecta. Y eso significa que está escondiendo algo.

Cuando termina el directo, Lía revisa las solicitudes de sesiones privadas. Tres clientes habituales. Uno nuevo.

El nuevo tiene un nombre genérico: Alberto Méndez.

Lía frunce el ceño. No recuerda haberlo visto antes. Pero su perfil es impecable: educado, discreto, generoso.

Acepta la sesión.

Mientras prepara el set, siente un escalofrío. No sabe por qué. No sabe de quién. Pero algo en ese nombre le provoca una inquietud que no puede explicar.

La sesión comienza. La voz del cliente es suave, casi amable. Las preguntas son respetuosas. La conversación fluye.

Pero hay algo extraño. Algo que no encaja. Algo en la forma en que él la mira, en la forma en que pronuncia su nombre, en la forma en que parece saber más de ella de lo que debería.

Lía termina la sesión con una sensación que no es miedo, pero se le parece.

Cuando apaga la cámara, el móvil vibra. Un mensaje.

Adrián:

“¿Puedo llamarte?”

Lía se queda quieta. Mira la pantalla. Mira el estudio. Mira la luz que empieza a apagarse.

No sabe por qué, pero siente que su vida está a punto de cambiar. Que algo se está moviendo alrededor de ella. Que alguien la está observando desde un lugar que no puede ver.

Respira hondo. Cierra los ojos.

Y responde:

“Sí.”