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“NEMO” ENTRA EN JUEGO
La noche cae sobre Barcelona: primero la luz se vuelve azul, luego las sombras se alargan, y finalmente la ciudad queda envuelta en ese silencio eléctrico que solo existe cuando todos los demás creen que están solos.
En un piso pequeño del barrio de Poblenou, Nemo observa tres pantallas al mismo tiempo. No parpadea. No se mueve. No respira de forma audible.
Es un hombre difícil de describir porque parece hecho para no llamar la atención:
treinta y pocos,
delgado,
rostro afilado,
ojos grises que nunca revelan emoción,
manos rápidas,
voz baja,
presencia mínima.
Pero hay algo en él que inquieta: una calma absoluta, casi inhumana, como si nada en el mundo pudiera alterarlo.
Nemo no trabaja para sí mismo. Trabaja para La Cámara.
No es funcionario. No es policía. No es hacker profesional. Es algo más útil: un rastreador. Un captador. Un arquitecto de trampas digitales.
Su función es sencilla: localizar chicas jóvenes, vulnerables o ambiciosas, y convertirlas en herramientas de chantaje.
La Cámara lo contrata porque él no pregunta. No juzga. No duda. Solo ejecuta.
En la pantalla central, Nemo revisa perfiles de la plataforma OnlyforYou . No mira cuerpos. No mira gestos. No mira erotismo.
Mira patrones. Mira horarios. Mira conexiones. Mira debilidades.
Un algoritmo casero —creado por él, perfeccionado durante años— analiza miles de datos en tiempo real. Palabras clave. Frecuencias. Cambios de tono. Microexpresiones. Riesgos.
De pronto, una alerta aparece en rojo.
SOLARA.
Nemo inclina ligeramente la cabeza. No sonríe. No se sorprende. Solo observa.
Abre el perfil. Reproduce fragmentos de directos. Analiza su voz. Su mirada. Su forma de interactuar con los clientes.
El algoritmo detecta tres cosas:
Alta influencia. Alta vulnerabilidad emocional. Alta rentabilidad potencial.
Nemo ajusta el volumen. Escucha una frase que Lía dijo en un podcast :
“Todos nos sentimos atrapados a veces.”
El algoritmo marca la frase como indicador de fractura emocional.
Nemo toma nota mental. No escribe nada. No guarda nada. Su memoria es suficiente.
Abre otra ventana. Cruza datos: ubicación, horarios, clientes VIP, ingresos, historial de publicaciones, cambios de estilo, variaciones de humor.
Todo encaja. Demasiado bien.
Solara no es solo una chica atractiva. Es una oportunidad.
Una pieza perfecta para La Cámara.
Nemo abre un chat cifrado. Escribe un mensaje breve, sin adornos:
“Objetivo detectado. Perfil: Solara. Nivel de interés: alto.”
Lo envía a Cifuentes. No espera respuesta. Sabe que llegará.
Mientras tanto, sigue observando a Lía. La ve sonreír en un directo. La ve inclinar la cabeza. La ve responder a un cliente con una mezcla de dulzura y distancia que parece ensayada.
Pero Nemo no ve belleza. No ve seducción. No ve humanidad.
Ve una grieta. Una puerta. Un acceso.
Ve a alguien que puede romperse si se presiona en el punto exacto.
La Cámara no quiere chicas felices. Quiere chicas útiles.
Y Solara —Lía— es perfecta.
El móvil de Nemo vibra. Un mensaje entrante.
Cifuentes:
“Procede.”
Nemo cierra todas las ventanas excepto una. La de Lía. La observa durante unos segundos más.
Luego apaga las pantallas. Se levanta. Se pone la chaqueta. Sale del piso sin cerrar la puerta con llave.
No necesita hacerlo. Nadie entra donde no hay nada que encontrar.
Mientras camina por la calle, la ciudad parece ignorarlo. Nemo es un fantasma entre cuerpos. Un silencio entre voces. Una sombra entre luces.
Pero ya ha elegido a su objetivo. Ya ha marcado a Lía. Ya ha iniciado el proceso.
Y en algún lugar de Barcelona, sin saberlo, Lía acaba de convertirse en una pieza más del engranaje que destruirá su vida.