Solo para ti 5
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EL SObrE

La tarde cae sobre Barcelona con una luz cansada, como si el día hubiera durado demasiado.

En la redacción, las pantallas empiezan a apagarse una a una, pero Adrián Rivas sigue en su mesa, mirando un documento que no avanza.

No es que no pueda escribir. Es que no quiere escribir lo que le han pedido.

El cursor parpadea. La verdad se ahoga. La mentira se impone.

Suspira, cierra el portátil y recoge sus cosas. Necesita aire. Necesita silencio. Necesita dejar de pensar en su padre.

El ascensor tarda demasiado. La calle está llena de gente que camina deprisa, como si todos tuvieran un destino claro excepto él. Adrián se ajusta la mochila al hombro y toma el camino hacia su piso, un trayecto que conoce de memoria pero que hoy se siente distinto, más pesado.

Cuando llega al portal, el buzón metálico refleja su rostro cansado. Abre la tapa. Publicidad. Facturas. Un sobre sin remitente.

Blanco. Grueso. Cerrado con una cinta adhesiva transparente.

Lo toma entre los dedos. Es extraño. Demasiado limpio. Demasiado deliberado.

Sube las escaleras con el sobre en la mano, sintiendo un leve temblor en el estómago. No sabe por qué. No sabe de quién. Pero algo en él reconoce el peligro antes de abrirlo.

En su piso, deja las llaves sobre la mesa y se sienta. El silencio es absoluto. Solo se oye su respiración.

Rompe la cinta. Abre el sobre. Saca el contenido.

Una nota. Solo una.

La misiva está impresa en papel de alta calidad. En ella aparece un mensaje:

“Tu padre no se suicidó, lo asesinaron.”

Adrián siente un golpe en el pecho. Un latido que se detiene. Un segundo que se alarga.

Todavía recuerda la imagen que salió en los medios. La fotografía había sido tomada desde la calle. Como si un reportero sin escrúpulos hubiera querido capturar ese instante morboso.

El instante de la muerte.

El instante del silencio.

El instante del final.

Adrián ha guardado esa imagen en su ordenador. La busca. La observa de nuevo con detenimiento. La reconoce.

No el rostro. No el cuerpo. No la escena.

Reconoce la forma en que los brazos quedaron al impactar en el suelo. La curva del cuerpo.

La reconoce porque la ha visto antes. Porque la ha soñado. Porque la ha revivido cada noche desde hace dos años.

Es la caída de su padre.

Julián Rivas. El hombre que no quiso callar.

Adrián se levanta. Camina hacia la ventana. Respira hondo. Siente que el mundo se inclina ligeramente, como si algo hubiera cambiado de lugar.

Vuelve a la mesa. Toma el sobre. Lo revisa. Nada más. Ningún lápiz de memoria. Ninguna explicación.

Solo esa frase. Solo el recuerdo. Solo la herida.

El móvil vibra. Un mensaje nuevo.

Lía:

“¿Estás bien?”

Adrián mira la pantalla. Mira la fotografía. Mira la noche que empieza a caer sobre Barcelona.

No responde. No puede.

Porque por primera vez desde la muerte de su padre, siente que alguien está moviendo los hilos. Alguien que sabe. Alguien que estuvo allí. Alguien que quiere que él mire hacia atrás.

Y lo peor no es el sobre. Ni la nota. Ni el recuerdo.

Lo peor es la certeza que empieza a formarse en su mente:

Su padre no se suicidó. Alguien lo mató. Y alguien quiere que él lo descubra.