Solo para ti 4
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DOS SEMANAS ANTES

LA ENTREVISTA

El estudio de grabación está escondido en la última planta del edificio, un espacio pequeño pero cuidadosamente iluminado, donde cada sombra parece colocada a propósito.

Adrián llega diez minutos antes de la hora acordada.

No es habitual en él. Nunca llega temprano a nada.

Pero hoy no quiere que Lía lo vea entrar con prisa, ni desordenado, ni vulnerable.

Se mira en el reflejo de la pantalla apagada del ordenador. Se pasa una mano por el pelo. Respira hondo.

Cuando la puerta se abre, el aire del estudio cambia.

Lía entra sin hacer ruido, como si la luz la siguiera. No es una belleza estridente. No es la clase de mujer que impone por presencia. Es algo más sutil, más inquietante, más difícil de definir.

Adrián la observa sin disimulo, como si necesitara memorizarla.

Su piel tiene un tono cálido, casi dorado, que contrasta con el negro de su ropa.

El pelo, largo y oscuro, cae sobre los hombros con una naturalidad que parece ensayada.

Los ojos… Los ojos son lo que más lo desconcierta: grandes, profundos, de un marrón que cambia con la luz, capaces de transmitir una mezcla imposible de fuerza y fragilidad.

Hay algo en ella que no encaja con la imagen pública de Solara. Algo más real. Más humano. Más peligroso.

—Hola —dice Lía, con una voz suave que parece acariciar el aire.

Adrián tarda un segundo en reaccionar.

—Hola. Gracias por venir.

Ella sonríe apenas, una sonrisa mínima, casi defensiva. Se sienta frente al micrófono, cruza las piernas y deja el bolso a un lado. Adrián se coloca los auriculares, pero no los ajusta. Está demasiado ocupado mirándola.

—¿Estás lista? —pregunta.

—Siempre —responde ella.

La entrevista comienza con preguntas sencillas: su carrera, la plataforma, la gestión de su imagen, la presión de la exposición. Lía responde con precisión, sin titubear, sin mostrar más de lo que quiere mostrar.

Pero Adrián no busca solo respuestas. Busca grietas.

—¿Nunca te has sentido… atrapada? —pregunta de pronto.

Lía levanta la mirada. Por un instante, algo se rompe en su expresión. Una sombra. Un recuerdo. Un miedo.

—Todos nos sentimos atrapados a veces —dice finalmente.

Adrián se inclina hacia el micrófono.

—¿Y tú? ¿De qué intentas escapar?

La pregunta queda suspendida en el aire. Lía no responde de inmediato. Lo mira. Lo estudia. Como si intentara decidir si él merece una verdad o solo una versión.

—De mí misma, supongo —dice al fin.

Adrián siente un golpe en el pecho. No esperaba eso. No esperaba que ella se abriera, aunque fuera solo un milímetro.

La entrevista continúa, pero algo ha cambiado. La tensión es distinta. Más íntima. Más peligrosa.

Cuando terminan, Adrián apaga la grabadora. Lía recoge su bolso. Se levanta.

—Ha sido… interesante —dice ella.

—Lo ha sido —responde él, intentando que su voz no suene demasiado afectada.

Ella se acerca a la puerta. La abre. Se detiene. Se gira.

—No estás como esperaba —dice.

—¿Y cómo esperabas que estuviera?

Lía sonríe, una sonrisa que no llega a los ojos.

—Más seguro de ti mismo.

Y se marcha.

Adrián se queda solo en el estudio, con la sensación de que algo se ha desplazado dentro de él. Como si una pieza que llevaba años fuera de lugar hubiera encontrado su sitio. Como si la entrevista no hubiera sido solo una conversación, sino el inicio de algo que no sabe nombrar.

Mira la puerta cerrada. Respira hondo.

No lo sabe aún, pero esa entrevista será el primer paso hacia una historia que lo consumirá por completo.