Solo para ti 3
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ADRIÁN RIVAS

La redacción está llena de ruido: teléfonos, teclados, conversaciones cruzadas, el murmullo constante de la actualidad. Pero alrededor de Adrián hay un silencio extraño, como si el mundo se hubiera detenido justo en el perímetro de su mesa.

Tiene treinta y tres años y el aspecto de alguien que duerme poco y piensa demasiado. Su físico no destaca, pero tampoco pasa desapercibido:

Metro ochenta, delgado, casi fibroso.

Pelo castaño oscuro, ligeramente ondulado, siempre un poco más largo de lo que debería para un periodista de un medio serio.

Ojos verdes, de esos que parecen observarlo todo con una mezcla de cansancio y lucidez.

Una barba de dos días que intenta disimular el desgaste emocional.

Hombros tensos, como si cargara un peso invisible.

Es un hombre que podría ser atractivo si quisiera, pero no quiere. No se cuida. No se mira. No se piensa.

En la pantalla, un artículo sobre un caso de corrupción menor. Nada importante. Nada que cambie el mundo. Nada que honre el apellido Rivas.

Adrián suspira y se recuesta en la silla. Mira a su alrededor. Ve a compañeros que escriben sin pensar, que obedecen sin cuestionar, que publican sin mirar atrás. Él hace lo mismo. Y lo odia.

Su móvil vibra. Un mensaje del editor:

“Necesito que suavices el enfoque. No podemos señalar al ministro.”

Adrián cierra los ojos. Otra vez. Siempre lo mismo. Manipular, ocultar, disfrazar. Convertir la verdad en un producto moldeable.

Su padre jamás habría aceptado algo así.

El pensamiento le atraviesa como un cuchillo. Julián Rivas. El hombre que no quiso callar. El hombre que cayó desde un balcón hace casi dos años. El hombre cuya muerte aún no encaja en su cabeza.

Adrián se levanta y camina hacia la ventana. Barcelona se extiende ante él, vibrante, viva, indiferente. Piensa en su padre. Piensa en la última conversación que tuvieron. Piensa en el silencio que quedó después.

El móvil vuelve a vibrar. Esta vez, un mensaje diferente. Un nombre que no esperaba.

Lía.

Adrián siente un pequeño salto en el pecho. No es amor. No todavía. Es algo más primitivo: curiosidad, atracción, una chispa que ilumina un rincón oscuro de su vida.

Abre el mensaje.

“He visto tu podcast. Gracias por la entrevista.”

Solo eso. Simple. Cálido. Inofensivo.

Pero para Adrián es una puerta. Una posibilidad. Una línea de luz en un día gris.

Se sienta de nuevo. Mira la pantalla. El artículo. El ministro. La mentira.

Y piensa en Lía. En su voz. En la forma en que lo miró durante la entrevista, como si pudiera ver algo que él mismo había olvidado.

Escribe una respuesta. La borra. Escribe otra. La borra también.

Finalmente envía algo breve, casi torpe:

“Cuando quieras, hablamos.”

Deja el móvil sobre la mesa. Respira hondo. Siente algo que no sentía desde hace mucho: una vibración interna, una inquietud, una anticipación.

No sabe que ese mensaje será el primer paso hacia una relación que lo transformará, lo destruirá y lo salvará al mismo tiempo.

No sabe que Lía será la grieta por la que entrará la luz… y también la sombra.

No sabe que su vida está a punto de cambiar.

Solo sabe que, por primera vez en meses, quiere escribir. Quiere investigar. Quiere entender.

Quiere vivir.

Y todo empieza con ella.