Solo para ti 2
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SOLARA

Barcelona amanece con una luz que parece filtrada por un velo: suave, dorada, casi indulgente.

En un piso amplio del barrio de Sarrià, una alarma suena con un tono delicado, programado para no sobresaltar.

Lía abre los ojos antes de que termine el primer compás.

No necesita más. Su cuerpo está acostumbrado a despertarse en alerta.

Se queda unos segundos mirando el techo, respirando hondo, como si cada mañana fuera un pequeño examen de conciencia. Luego se incorpora, recoge el pelo en un moño improvisado y camina hacia la cocina. El suelo de mármol está frío bajo sus pies descalzos.

Mientras la cafetera automática empieza a trabajar, Lía enciende el móvil. Dos notificaciones de la universidad. Cinco mensajes de clientes. Ciento veinte comentarios nuevos en su última publicación. Tres solicitudes de colaboración. Un mensaje de su madre que no abrirá.

Nada la sorprende. Nada la altera.

Se sirve el café y se sienta frente al ventanal. Desde allí, Barcelona parece una maqueta perfecta: ordenada, silenciosa, ajena. Lía observa la ciudad como quien observa un escenario que ya no le pertenece.

A los veintitrés años, ha aprendido a vivir en dos mundos que nunca se tocan.

El mundo oficial.

El que su familia conoce. El que aparece en las cenas de Navidad, en las reuniones sociales, en los discursos de su padre sobre “el futuro brillante que te espera, hija”. Ese mundo donde Lía es estudiante de Derecho, responsable, elegante, discreta.

El mundo real.

El que solo ella controla. El que existe detrás de una pantalla, bajo el nombre de Solara .

Un universo donde la luz siempre es perfecta, donde su cuerpo es una herramienta de poder, donde cada gesto está calculado para generar deseo, atención, dinero.

Un lugar donde ella decide quién entra, quién mira, quién paga.

Solara no es una máscara. Es una versión de sí misma que Lía ha aprendido a amar porque nadie más lo hizo.

Termina el café y se dirige al estudio. Enciende las luces profesionales. Comprueba el fondo blanco. Ajusta la cámara. Se coloca frente al espejo y observa su reflejo.

Lía. Solara. Dos nombres para una sola mujer que nunca ha sabido cuál de las dos es la verdadera.

Respira hondo. Se maquilla con precisión. Cada trazo es una pieza de armadura.

Cuando la cámara empieza a grabar, su expresión cambia. Los ojos se vuelven más intensos. La boca, más segura. La postura, más firme.

—Buenos días, mis soles —dice con una sonrisa que parece natural, pero no lo es.

La transmisión en directo comienza. Los comentarios aparecen en cascada. Halagos, peticiones, confesiones, ofertas. Ella responde con la mezcla exacta de cercanía y distancia que ha perfeccionado durante años.

Pero detrás de la pantalla, detrás de la luz perfecta, detrás de la voz suave, hay algo que nadie ve: una tensión en la mandíbula, un cansancio en los ojos, una sombra que se esconde detrás de cada sonrisa.

Lía termina el directo. Apaga la cámara. Se queda sola en el silencio del estudio.

La máscara cae. La respiración cambia. La espalda se curva apenas.

Por un instante, parece una niña perdida en una casa demasiado grande.

Luego suena una notificación. Un mensaje nuevo. Un nombre que no esperaba.

Adrián Rivas.

Lía mira la pantalla sin abrirlo. No sabe por qué, pero siente un pequeño temblor en el estómago. Una vibración que no proviene del móvil, sino de ella.

Suspira. Se levanta. Camina hacia la ventana. Barcelona sigue ahí, indiferente, perfecta.

Lía apoya la frente contra el cristal.

No lo sabe aún, pero ese mensaje será el primer hilo de una red que acabará atrapándola. Una red tejida con deseo, miedo, obsesión y amor.

Una red que cambiará su vida para siempre.