Solo para ti
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EL HOMbrE QUE NO QUISO CALLAR
Barcelona, una noche de verano. La ciudad respira calor incluso después de medianoche, como si las paredes conservaran el eco de todo lo que se ha dicho y lo que se ha callado.
En un piso alto del Eixample, un hombre camina de un lado a otro del salón sin encender las luces.
La penumbra es su refugio. La penumbra y el silencio.
Solo se oye el zumbido lejano del tráfico y, cada pocos segundos, el clic nervioso de un mechero que no llega a encenderse.
El hombre se detiene frente a la ventana. Abre ligeramente la cortina. Mira hacia la calle como si esperara a alguien. O como si temiera que alguien ya estuviera allí.
Su respiración es irregular. No parece un loco. No parece un suicida. Parece alguien que sabe demasiado.
En la mesa del salón hay un portátil encendido. La pantalla ilumina apenas un borde de su rostro: barba de dos días, ojeras profundas, una expresión que mezcla cansancio y determinación. En el monitor, un documento a medio escribir. Un título provisional: “La Cámara: lo que nadie quiere contar”.
El cursor parpadea sobre una frase incompleta.
El hombre vuelve a caminar. Se pasa la mano por el cabello. Mira el móvil. Lo desbloquea. Dos llamadas perdidas. Tres mensajes sin responder.
Los ignora.
Se acerca al balcón. Abre la puerta. El aire caliente de la noche entra como un golpe. Barcelona brilla abajo, indiferente.
El hombre sale al balcón. Se apoya en la barandilla. Respira hondo. Cierra los ojos.
—No voy a callar —susurra.
Es imposible saber si lo dice para convencerse o para desafiar a alguien que no está presente.
Un ruido detrás de él. Un crujido. Una sombra que se mueve dentro del piso.
El hombre gira la cabeza, alerta.
—¿Quién está ahí?
Silencio.
Da un paso hacia el interior. La sombra se desplaza. Un golpe seco. El móvil cae al suelo. La pantalla se rompe. El hombre pierde el equilibrio.
Un instante suspendido. Un cuerpo que lucha por recuperar la estabilidad. Un brazo que se extiende hacia la barandilla. Una mano que no llega a agarrarla.
La caída es rápida. Silenciosa. Definitiva.
El cuerpo golpea el asfalto con un sonido sordo que nadie escucha. Un coche pasa unos segundos después sin detenerse.
En el balcón, la cortina se mueve con la brisa. Dentro del piso, la sombra desaparece.
El portátil también ha desaparecido.