Solo para ti 13
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PRIMER CONFLICTO EMOCIONAL

El restaurante era pequeño, íntimo, con luces cálidas que parecían diseñadas para suavizar las verdades.

Lía y Adrián habían elegido una mesa junto a la ventana, desde donde se veía la calle iluminada y el movimiento constante de Barcelona.

Era su primera cena juntos. La primera vez que intentaban ser algo fuera de la entrevista, fuera de la plataforma, fuera de las máscaras.

Adrián estaba nervioso. Lía estaba alerta. Los dos lo disimulaban como podían.

La conversación fluía al principio: trabajo, música, anécdotas de infancia. Lía reía a ratos, y Adrián se sorprendía de lo mucho que le gustaba verla así, sin la luz artificial del estudio, sin la armadura de Solara.

Pero había algo en ella que seguía distante. Una tensión en los hombros. Una mirada que se apagaba cuando él mencionaba cualquier cosa demasiado personal.

A mitad de la cena, Lía dejó los cubiertos y se levantó.

—Voy un momento al baño —dijo.

Adrián asintió. La siguió con la mirada hasta que desapareció entre las mesas.

Entonces vio el móvil de Lía vibrar sobre la mesa.

Una llamada entrante. El nombre en la pantalla:

Alberto Méndez.

El corazón de Adrián dio un salto. No sabía quién era. No sabía por qué llamaba. Pero sabía que ese nombre no era bueno.

La llamada terminó. El móvil quedó en silencio.

Cuando Lía regresó, Adrián no pudo evitarlo.

—Te ha llamado alguien —dijo, intentando sonar casual.

Ella se detuvo un segundo antes de sentarse. Un segundo demasiado largo.

—¿Quién? —preguntó.

—Alberto Méndez.

Lía bajó la mirada hacia el móvil. Lo tomó con calma. Demasiada calma.

—Es un cliente —dijo.

Adrián sintió un pinchazo en el pecho.

—¿Clientes te llaman fuera de la plataforma?

—No —respondió ella rápido—. Es… un caso puntual.

Adrián la observó. La forma en que evitaba su mirada. La tensión en la mandíbula. La mentira.

—¿Y por qué te llama? —preguntó, con la voz más baja.

—No es importante.

—Para mí sí.

Lía suspiró. Se recostó en la silla. Se cruzó de brazos.

—Adrián, no tengo por qué explicarte cada cosa que hago.

—No te estoy pidiendo eso —dijo él—. Solo quiero saber si estás bien. Si ese tipo te está presionando.

—No me presiona nadie.

—¿Seguro?

—Sí.

Silencio. Un silencio que ya no era cómodo. Un silencio que se llenó de distancia.

Adrián apoyó los codos en la mesa.

—No me gusta que me mientas.

Lía lo miró con una mezcla de rabia y miedo.

—No te estoy mintiendo.

—Sí lo estás —dijo él, sin levantar la voz—. Lo noto.

Ella apretó los labios. Desvió la mirada hacia la ventana.

—No quiero tener esta conversación —dijo.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que esto se convierta en una relación donde tenga que justificar cada paso que doy.

Adrián sintió cómo la cena se desmoronaba.

—No te estoy pidiendo eso.

—Sí lo estás —respondió ella—. Y no puedo. No quiero. No estoy preparada para que alguien me controle.

—No quiero controlarte.

—Pues parece que sí.

La frase cayó como un golpe.

Adrián se quedó en silencio. Lía también.

La distancia entre ellos se hizo enorme, aunque solo los separaba una mesa pequeña.

Finalmente, Lía tomó su bolso.

—Creo que es mejor que me vaya.

Adrián intentó detenerla con la mirada, pero no dijo nada. No sabía qué decir. No sabía cómo evitar que ella se alejara.

Lía se levantó. Se colocó el abrigo. Respiró hondo.

—No sé si esto es buena idea —dijo, sin mirarlo.

Y se marchó.

Adrián se quedó solo, con el plato a medio comer y el nombre Roberto Méndez resonando en su cabeza como una amenaza.

La primera grieta entre ellos acababa de abrirse. Y él no sabía que esa grieta pronto se convertiría en un abismo.