Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) Epílogo. Aleksander.
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Epílogo. Aleksander.

–¿Y tú un orco? Alfa, no me esperaba eso de ti. ¿Es para hacer honor a tu nombre?

Nos quedamos mirándonos unos segundos, evaluándonos mutuamente con fingida seriedad… y luego negué con la cabeza antes de que ambos comenzásemos a reír. Aquello era ridículo. Y, aun así, ahí estábamos.

Habíamos hecho un frente común y habíamos devorado cada uno de los libros y visto todas las películas que adoraban nuestras compañeras.

No nos habíamos limitado a eso, habíamos elaborado listas de pros y contras, personajes favoritos, mundos imaginarios, conjuros imprescindibles…

Si era importante para ellas… también lo era para nosotros

No iba a ir sin mí cuando mi compañera tenía una habilidad especial para perder la verticalidad. Y, desde luego, no cuando llevaba a mi cachorro creciendo en su vientre.

Quizás… solo quizás… me había vuelto un poco paranoico desde que estaba embarazada; pero, si servía de excusa, se trataba de mi hijo… y el bienestar de mi compañera, el amor de mi vida.

«Proteger. Cuidar. Amar». Y mi lobo… bueno, mi lobo nunca había sido especialmente equilibrado, pero ahora había alcanzado un nivel completamente nuevo de desequilibrio… hasta rozar la psicopatía.

Si alguien respiraba en su dirección, me molestaba.

Si alguien la miraba demasiado tiempo, comenzaba a refunfuñar.

Si alguien se acercaba demasiado… peor.

Por fortuna había aceptado trasladar su librería a uno de los bajos de la Guarida. No estaría en la calle más transitada, pero muy pronto descubrimos que eso no era un obstáculo para su clientela. Les gustaba demasiado la fantasía como para que unas calles les impidieran visitarla.

Tenerla en el mismo edificio me proporcionó la paz que no sabía que necesitaba.

Podíamos abrir juntos, almorzar juntos, recoger juntos…

follar en la trastienda juntos… Incluso un par de mis hermanos se ofrecieron a ayudar atendiendo.

No era imprescindible ser humano para obsesionarse con los libros de fantasía.

El traslado de la librería no entusiasmó a Iván y Masha, pero esperaba que sirviera para que reconsideraran su decisión de vivir lejos de la manada. Teníamos espacio de sobra para ellos.

No todos lo entendían. Radomir y Mihail habían aparecido aquella misma mañana sin avisar, justo cuando ya estábamos disfrazados.

Habían venido con información. Un rastro que podía llevarnos hasta Robert Lor.

No pensaba detenerme hasta encontrarlo. No iba a permitir que mi hijo naciera en un mundo donde alguien como él siguiera respirando.

Cuando nos habían visto a mí y a mi Beta, no habían perdido la oportunidad de burlarse de nosotros.

–Cuando encontréis a vuestras compañeras –les prometí tras escucharlos sin emitir una queja–, no dudaré en devolveros vuestros comentarios.

–Te puedo asegurar que nunca me verás disfrazado para complacer a mi compañera… –empezó Radomir, con tono solemne.

–¡Eso también te lo puedo asegurar yo! –remató Mihail, igual de convencido.

–Porque, para empezar, estoy seguro que no hay ninguna compañera por ahí para mí… –añadió Radomir con gesto repentinamente serio.

–No deberías perder la esperanza… –Lo animé.

–¿Esperanza? Más bien creo que… puede ser una oportunidad.

No entendí muy bien las últimas palabras de Radomir, pero los dejé hablar. No me importaba, porque sabía algo que ellos aún no habían descubierto.

Todo cambia cuando encuentras a tu compañera; todo.

Mi Beta y yo lo sabíamos muy bien; porque, en cuanto nuestras compañeras aparecieron en el pasillo, todo lo demás dejó de importar.

Caminaban hacia nosotros disfrazadas, riendo… completamente ajenas al efecto que nos provocaban.

Perfectas.

Valientes.

Hermosas con orejas puntiagudas… o sin ellas.

Sentí el orgullo hincharse en mi pecho de una forma casi absurda…

Hasta que, por supuesto… Lira tropezó.

Mi corazón se detuvo.

Eché a correr sin pensar, salvando la distancia en un instante y sujetándola justo antes de que su «grácil descenso» se convirtiera en algo mucho peor.

La sostuve contra mí.

–Siempre atento… –murmuró, como si no acabara de evitar una tragedia.

–Por supuesto, amor –respondí sin soltarla–. Pero te falta una cosa.

Metí la mano en el bolsillo de mi capa y saqué la pequeña oreja puntiaguda que había guardado. Se la deslicé en la mano.

La miró… y sus ojos se iluminaron.

–¡La conservas!

Sonreí, inclinándome hacia ella.

–Claro que la conservo. Fue lo único que sobrevivió intacto la primera vez que intentaste matarte delante de mí.

–¡No intenté matarme! –protestó, dándome un pequeño golpe en el pecho–. Tropecé.

–Tus absurdos pies disfrazados se enredaron con tu capa, casi te matas y perdiste una oreja –enumeré con calma–. Fue una entrada bastante memorable.

–Y tú te la quedaste como un psicópata –replicó, aunque ya estaba sonriendo.

–Como un coleccionista –corregí–. Nunca se sabe cuándo se pueden necesitar pruebas.

Alcé una ceja.

–O un recordatorio… de lo adorable que eres.

Ella negó con la cabeza, divertida… justo antes de intentar apartarse. Y, por supuesto… volvió a tropezar.

La sujeté de nuevo, esta vez sin ni siquiera moverme demasiado.

–Impresionante –murmuré–. Dos veces en menos de un minuto. Estás superando tu propia marca.

–¡No cuenta! ¡Me estás desconcentrando!

–Ah, claro –asentí serio–. La culpa es mía. Yo y la gravedad tenemos un acuerdo secreto contra ti.

Resopló, pero no se apartó. De hecho, se aferró un poco más a mí.

–Más te vale seguir sujetándome –añadió–. Ahora somos dos en peligro.

Bajé la mirada hacia su vientre… y algo cálido, profundo, se asentó en mi pecho.

–Siempre –respondí, más bajo.

Luego volví a mirarla a los ojos con una media sonrisa.

–Pero voy a necesitar la otra oreja.

–¿Qué?

–Para completar la colección.

–¡Ni se te ocurra!

Reí y, por si acaso… no la solté… ni la soltaría jamás.