LII. Lira.
–Y entonces…
La marca en el hombro de Atenea era inconfundible. No hacía falta que dijera nada; la forma en la que no podía dejar de sonreír, lo revelaba todo. Había algo nuevo en ella, algo más suave… más luminoso.
–Entonces es mía –afirmó Boris sin dudar, acercándose para rodearla por la cintura con una seguridad que no admitía réplica.
–¿Y aquello de que tenías miedo…? –añadí.
Atenea bajó la mirada un instante antes de entrelazar sus dedos con los de él. Cuando habló, su voz fue baja, pero firme.
–Descubrí que merecía la pena arriesgarme… que él lo valía todo.
Al alzar los ojos, ya no había duda en ellos; solo algo profundo, cálido, imposible de fingir… Amor.
–Mi compañera… tú sí que eres valiosa… eres lo más importante en mi vida –murmuró Boris, besando su cuello con una ternura que hizo que las mejillas de Atenea se tiñeran de rojo.
La alegría me llenó por dentro de una forma inesperada mientras me alejaba de ellos, no queriendo romper su burbuja.
Estaba muy contenta por ella, pero también por él. Boris era el Beta de la manada; pero, sobre todo, el mejor amigo de Aleksander y estaba segura de que se aseguraría de que mi amiga fuera feliz.
Atenea había abandonado su antiguo empleo y ahora trabajaba para la manada. Junto a Boris convertirían su sistema informático en inexpugnable.
Con cada día que pasaba, me sentía más unida a los miembros de la manada. Eran mi familia, una que no sería de sangre, pero sí de corazón.
Aleksander me atrajo hacia él y me besó. En sus brazos todo parecía más sencillo, más seguro. La noche nos envolvía, el fuego iluminaba el patio y las voces de la manada llenaban el aire. Casi todos estaban allí. Las ausencias dolían, pesaban en cada silencio, pero aun así… seguíamos adelante.
Buscamos un sitio alrededor de la hoguera y, tras extender una manta, nos sentamos.
–Estoy preocupada –murmuré, apoyando la frente contra su pecho.
Él se tensó apenas.
–¿Por qué, amor?
Miré el fuego, viendo en las llamas recuerdos que aún quemaban.
–Si Robert Lor vuelve a atacar… yo… no sé…
–Se lo impediremos –respondió con firmeza–. No lo dudes.
Quise creerlo, de verdad. Pero había algo más, algo que estaba creciendo dentro de mí.
–Es que… –me mordí el labio–. No sé cómo decírtelo.
Él se inclinó ligeramente, atento, paciente… buscando en mi rostro una respuesta que me costaba decir en voz alta.
Mis manos bajaron hasta mi vientre casi sin darme cuenta. Aún no había señales visibles, nada que delatara el cambio… pero yo lo sabía. Lo había sentido antes de hacerme la prueba.
Había tenido miedo, porque aquello lo cambiaba todo.
Porque ya no era solo yo.
Porque si el peligro regresaba, habría algo más que perder.
Pero también había comprendido algo más fuerte que el miedo.
Que no estaba sola.
Que nunca volvería a estarlo.
Levanté la mirada hacia él, con el corazón latiendo demasiado rápido.
–Si tengo que rescatarte otra vez… la barriga va a ser un problema.
Parpadeó, confundido.
–¿Cómo?
Tragué saliva.
–Estoy embarazada, Aleksander.
El silencio que siguió fue absoluto. Durante un instante, pareció que el mundo entero contenía el aliento.
–¿Mi cachorro… crece en tu vientre? –preguntó finalmente, como si necesitara asegurarse de haberme entendido.
Asentí.
Y entonces todo cambió.
Se puso en pie de un salto y un aullido profundo, salvaje, brotó de su pecho, elevándose en la noche. No supe si era él o su lobo… o ambos.
La manada respondió al instante. Uno tras otro, los aullidos se unieron, llenando el aire con una fuerza primitiva, antigua, viva.
Yo me quedé allí, mirándolo, con el corazón desbordado.
Hasta que volvió a mí.
Se arrodilló con una reverencia casi sagrada. Sus manos, grandes y firmes, se posaron sobre mi vientre con una delicadeza que contrastaba con todo lo demás que era él.
Y entonces lo besó.
–Mi heredero está en camino… –dijo, con orgullo–. ¡Tenemos que celebrarlo!
La manada estalló en vítores, risas y silbidos.
Y eso fue lo que hicimos; celebrarlo
Porque, a pesar de todo, habíamos encontrado algo nuevo… algo nuestro.
Porque yo lo tenía a él… y él me tenía a mí.
Y ahora también teníamos una pequeña vida que era de los dos.