LI. Aleksander.
De nuevo en nuestra habitación, a salvo.
Sentado, con la espalda apoyada en el cabecero de nuestra cama, con ella, con Lira… entre mis brazos.
Tan pequeña.
Tan cálida.
¡Viva!
Hundí el rostro en su cabello, tal y como lo había hecho cuando me había abrazado en medio del infierno; respirando su aroma como si aún necesitara convencerme de que era real. De que no iba a desaparecer si aflojaba mi agarre.
Mi cuerpo tardaría en recuperarse. Todavía percibía la toxina en mis venas y la debilidad en mis entrañas, recordándome lo cerca que había estado de perderlo todo, de perderla.
Cerré los ojos un instante. Las imágenes seguían ahí demasiado nítidas; el laboratorio, las cadenas, la plata, los viales drenándome, su figura irrumpiendo en aquel infierno sin más arma que su determinación.
Y luego… lo que vino después, lo que mis hermanos me habían contado; la masacre, la huida y esa maldita empresa… desvaneciéndose como si nunca hubiera existido.
Boris lo había confirmado; oficinas abandonadas, contratos evaporados, socios desaparecidos…
Tomás ya no era más que un recuerdo incómodo. Boris se había encargado de él sin contemplaciones, pero no todos habían pagado. Robert Lor… seguía en alguna parte y eso… Eso hacía que la sangre hirviese en mis venas.
Apreté un poco más a Lira contra mí, porque si algo había quedado claro… era que volverían a por nosotros. Robert Lor no era el tipo de hijo de puta que se rendía con facilidad.
En eso confiaba. Porque estaba seguro de que nuestros caminos volverían a cruzarse. Si no era por su maldita insistencia, sería porque yo lo había cazado.
Tenía una deuda que pagar. Y no pensaba descansar hasta cobrársela.
Robert Lor había arrebatado la vida de varios de mis hermanos… también de vampiros. Los había cazado como animales mucho antes de llegar a mí. Los había drenado, desmembrado y desechado como si no fueran nada.
Eso era algo que jamás iba a olvidar. No era solo el peso de la culpa ni una herida imposible de cerrar. Era una cuenta abierta. Y tarde o temprano haría que ese cabrón cobarde y traicionero la pagara con sangre.
Al menos había servido para que nuestras relaciones con los vampiros mejorasen. Siempre existiría la desconfianza, pero ahora teníamos un enemigo común; Robert Lor y eso nos unía.
Incluso había perdonado a Brian. Su presencia en el laboratorio me había pillado por sorpresa y sus palabras cuando todo acabó aún más.
–Siento lo que ocurrió. No debía haberme acercado a tu compañera. –Ni siquiera la había mirado mientras hablaba conmigo. ¡Vampiro listo!–. No volverá ocurrir.
No me gustaba, pero ahora lo toleraba. Su ayuda había sido importante.
Exhalé despacio y entonces volví a mirarla… a la pequeña humana que descansaba entre mis brazos.
¿Pequeña humana?
Lira era mucho más que eso. Había ignorado el peligro y no había dudado en entrar en el maldito laboratorio donde me retenían para enfrentarse a todos por mí.
Una risa baja, incrédula, escapó de mi pecho.
¡Y yo que había creído alguna vez que era débil!
Yo sería el Alfa, una criatura poderosa por naturaleza.
Pero ella era una criatura poderosa por convicción, porque cuando amaba lo hacía hasta sus últimas consecuencias.
Alguien a quien proteger… pero, al mismo tiempo… alguien que no dudaría en arriesgarlo todo por mí si era necesario.
Tragué saliva mientras recordaba el terror que había sentido cuando la había visto allí, el miedo a que le hiciesen daño… Mientras yo permanecía sin poder hacer nada para evitarlo…
Me había salvado. Había ganado un tiempo precioso que había impedido que acabaran conmigo y, sobre todo, había proporcionado la distracción necesaria para que las manadas y los vampiros irrumpiesen en el laboratorio. Pero no podía arriesgarme a que volviera a hacer algo así.
Mi corazón no sobreviviría si se volvía a poner en peligro de esa manera otra vez.
–Amor –murmuré, llenando mi voz de gravedad–, no debías haberte arriesgado así.
Al escuchar mis palabras, se separó para mirarme.
Algo había en sus ojos, algo que no identifiqué… antes de señalarme con el dedo.
–Aleksander… no uses tu voz de Alfa conmigo.
Parpadeé. Ahí estaba otra vez; era pura determinación.
–Lira…
–Ya sé que no soy una criatura paranormal, ya sé que soy torpe…
–Eso es quedarse corto –añadí, incapaz de resistirme a soltar la pulla… mientras le guiñaba un ojo.
Sus ojos se entrecerraron peligrosamente.
Eso era… Ahí estaba… su fuerza, su resolución…
–Ya sé que tengo poca coordinación.
–¿Poca? –insistí, disfrutando demasiado.
Me ignoró.
–Ya sé que no he matado una mosca en mi vida.
–Ahí has estado acertada. –No pude evitar que una sonrisa asomase a mi rostro.
Su expresión… valía oro, pero no se detuvo ahí.
–Pero te puedo asegurar que… ¡A Han Solo [21] pongo por testigo que jamás permitiré que nadie te haga daño!
Y se interrumpió un instante…
Y yo estuve a punto de ahogarme de amor.
–Así que… –añadió, alzando un poco la barbilla mientras me señalaba con el dedo– vete acostumbrándote.
Y algo en mi pecho… se asentó… mi corazón henchido de orgullo.
«Nuestra compañera», mientras mi lobo ya recuperado se revolvía feliz.
Sonreí despacio y, antes de que pudiera apartarse más, la agarré y la arrastré hasta mi regazo de nuevo.
La necesitaba cerca, siempre más cerca.
–¿Quién es ese Han Solo… –murmuré contra su piel incapaz de controlar mis celos– y dónde vive?
Me devolvió una sonrisa conspirativa mientras sus manos buscaban mi polla ya dura. Su cercanía, su aroma, su calor… toda ella me enloquecía de deseo y necesidad.
–¿Estás celoso?
–No me importa admitirlo… ¡Eres absolutamente increíble! ¿Cómo no iba a estarlo? –Aparté sus manos y la tomé de la cintura para, tras ponerla a horcajadas, alinearla con mi polla.
–¿A pesar de lo torpe que soy?
La bajé de un solo golpe sobre mi dura longitud… y la empalé…
La sensación fue… indescriptible. Enterrarme en su calor cada vez era más intenso… más adictivo… más imprescindible en mi vida.
Mientras permanecíamos unidos tan íntimamente, enmarqué su rostro.
–Porque eres torpe, preciosa, increíble… Por todo eso… y porque eres mía y te amo con todo mi corazón… y mi polla.
–Yo también te amo… y cuando te vi allí… –Su rostro se ensombreció a pesar que sus ojos brillaban de lujuria–. Creí que moría…
–Ya pasó todo, amor…
La sujeté de las caderas, listo para tomar el control; pero, inesperadamente, protestó.
–Estás débil…
–No tanto.
Se mordió el labio. Había algo más. Esperé pacientemente mientras todo mi cuerpo exigía que me moviera, que la follara…
–Y necesito tenerte… Tenerte yo –confesó al fin, antes de comenzar a deslizarse por mi longitud, buscando el ritmo… su ritmo…
Con el placer creciendo en su rostro, decidí complacerla…
Pero un nombre seguía zumbando en mi memoria.
–Jamás dudes de mí… porque tú eres el único… –como si me hubiera escuchado, respondió a mis dudas.
Mientras seguía balanceándose, meciéndose con mi polla en su interior, no pude evitarlo y le pregunté.
–¿Y ese Han Solo?
–Eres el único… fuera de los libros… y las películas.
–Voy a tener que ponerme al día, pero mientras tanto…
Solté un gruñido y tomé el control. La tumbé de espaldas y me enterré hasta la empuñadura.
–¡Voy a aprovecharlo!
No le permití protestar… y le demostré todo lo que sentía por ella… otra vez.
Lira era un arma mortal… torpe, impredecible y absolutamente adorable.
¡Y era mía!