Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) L. Aleksander.
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L. Aleksander.

–¡Lira… no!

No reconocí mi propia voz, salió rota, arrastrada, apenas un hilo de aire que murió antes de alcanzarla. Pero supe que ella estaba allí... en medio de aquel infierno y que Tomás le estaba diciendo algo.

Mi cuerpo… ya no era mío. Encadenado a aquella plancha metálica, con los grilletes de plata clavándose en mis muñecas y tobillos, apenas podía mantener la cabeza erguida.

Mi lobo se mantenía adormecido… atrapado, mientras los malditos viales clavados en mis venas, extraían gota a gota aquello que me hacía un Alfa; mi fuerza, mi esencia, mi dominio, mi legado…

Cada gota… me sumergía lentamente en la neblina de la nada.

Pero, a pesar de todo, me esforcé en buscarla… hasta que la vi… a Lira, a mi compañera… mi amor... Arrastrada hasta allí… a pocos metros de mí.

No.

No debía haber venido.

Intenté moverme.

Mis dedos apenas respondieron.

Mis brazos… nada.

Mis piernas ni siquiera existían.

¡Muévete! ¡Rómpelo!

Tenía que protegerla.

Tenía que impedir que le hiciesen daño.

Las palabras de Tomás todavía resonaban en mi mente.

¡Haz algo!

El metal ni siquiera vibró.

El desánimo y la desesperación me golpearon. Y una sensación desconocida me devoró.

Era algo peor que el dolor.

Era la ausencia de poder.

–Confiaba en ti… –la escuché decir y quise gritarle que callara, que huyera, que viviera, pero no pude.

Ni siquiera fui capaz de gruñir.

Con cada minuto que pasaba, mi vida se iba a apagando.

Tomás le respondió, pero sus palabras eran ruido, porque yo solo veía una cosa.

El arma… a la que acercaba su mano.

El mundo se estrechó hasta convertirse en ese gesto… Y en ella.

–Lira… amor… no…

Ni siquiera sabía si lo había dicho en voz alta.

Mi vida se iba escapando a través de los viales, arrastrándome hacia abajo, hacia una neblina espesa donde todo era lento, lejano… donde perderla sería lo último que vería.

No podía terminar así.

No, sin luchar.

Forcé mi cuerpo y algo crujió en mi hombro. Mis manos temblaron contra las cadenas.

Nada más, no me moví ni un centímetro.

La desesperación fue un golpe seco en el pecho.

Había sobrevivido a guerras.

Había liderado batallas.

Había derrotado a monstruos.

Y ahora…

No podía ni alzar un brazo por ella.

Pero, repentinamente, a través del dolor y de la desesperación, vi como empezaba a correr… hacia mí.

No huyó.

No dudó.

Corrió hacia mí.

El pánico me desgarró más que cualquier herida.

«No vengas… Vive».

Pero ella siempre hacía lo que nadie esperaba.

Tomás levantó la pistola.

Y yo… no podía hacer nada… ¡Nada!

El mundo se ralentizó.

Mi corazón golpeó una vez…

Y entonces.

En ese momento crucial de mi vida.

De nuestras vidas.

Hizo algo que le había visto hacer más veces de las que podía recordar.

Tropezó…

Sí, lo hizo.

Tropezó contra una de las estanterías…

Parpadeé… lento, pesado.

A través de la neblina en la que me iba sumergiendo… me negué a creer que fuera cierto.

Pero lo era.

Lira chocó contra una estantería.

El impacto resonó en todo el laboratorio… y, de forma inesperada, la estructura cedió.

Y cayó.

Arrastrando a otra.

Y otra.

Y otra.

El caos estalló; cristales, metal, gritos... Incluso habría jurado que Tomas ahogaba una maldición, mientras Lor daba órdenes.

Durante un instante, mi mente no pudo seguir el ritmo.

Luego… lo entendí.

Un impulso débil, casi inexistente, intentó formar una sonrisa en mis labios.

¿Por qué me extrañaba? ¡Esa era ella!

Mi compañera… ella había tropezado… y había desencadenado una bendita catástrofe.

¡Por supuesto que lo había hecho!

Y entonces…

Los oí; los aullidos.

Lejanos al principio… y luego cercanos.

Demasiado reales para ser un sueño inducido por la debilidad.

Mi corazón reaccionó antes que mi cuerpo.

No podía ser… pero sí.

Las puertas cedieron y entraron decenas de lobos, mi manada, como un vendaval dispuesto a arrasar con todo.

Pero no venía sola. Las manadas de Radomir y Mihail también estaban allí. Reconocí a sus Alfas. Habían venido a salvarme… a salvarnos.

Y entre ellos… había algo más; sombras imposibles, rápidas, silenciosas, letales.

¡Vampiros!

Por si tenía alguna duda, vi a Brian moverse entre los guardias como humo. A pesar de que jamás le perdonaría la forma en la que se había acercado a mi compañera, sentí un inesperado alivio, porque no rechazaría la ayuda de nadie cuando mi compañera… mi Lira estaba en peligro.

La guerra explotó a mi alrededor.

Pero yo…

Yo apenas podía mantener los ojos abiertos y aun así la busqué.

La vi caer, levantarse, arrastrarse.

Ignorándolo todo, hasta llegar a mí.

¡Mi valiente compañera había venido a rescatarme!

¿Cómo la había considerado alguna vez una criatura débil?

Sus manos llegaron a los viales y, un instante después, los había arrancado de golpe.

–Aleksander…

Su voz fue un bálsamo… y sus brazos cuando rodearon mi pecho todo el consuelo que necesitaba.

No podía hablar, solo sentir… perderme en su cercanía… mientras el alivio hinchaba mi pecho y la neblina a mi alrededor comenzaba a desaparecer.

Todavía encadenado, hundí mi cabeza en su cuello, mientras Boris, recién transformado de nuevo en su forma humana, soltaba mis grilletes con ayuda de una cizalla que no supe de dónde había sacado. Cuando me vi libre, todavía débil, perdí el equilibrio y a punto estuve de desplomarme en el suelo.

No lo hice; los brazos de mi compañera me sostuvieron antes de que cayera.

–Por una vez… –murmuró en mi oído, apenas un suspiro roto– soy yo quien evita que te partas la crisma…

Y de forma inesperada, una carcajada se escapó de mi garganta.