XLIX. Lira.
Escuché cada palabra que Tomás y el desconocido le habían dicho… Y con cada sílaba, algo dentro de mí se rompía un poco más.
Atenea había jaqueado las cámaras con las que grababan todo lo que ocurría en el laboratorio y asistí en tiempo real a lo que estaba ocurriendo. Sabía que debía hacerlo… pero habría preferido no haberlo hecho, porque la impotencia me devoró.
Lo vi.
Vi cómo lo maltrataban.
Vi cómo su cuerpo se debilitaba poco a poco.
Asistí, impotente, a cómo extraían su líquido vital, gota a gota, como si no fuera nada… como si él no fuera nadie.
¡El tiempo se agotaba!
Cada segundo que pasaba era un latido menos. Cada instante… una oportunidad perdida.
Solo podía pensar en él.
En mi compañero.
En Aleksander… indefenso, solo, atrapado.
Un nudo me cerró la garganta.
–No… –susurré, apretando los dientes mientras me pasaba la mano por la coleta buscando un poco de consuelo en el gesto repetido–. No voy a permitirlo.
Resistí al impulso de hacerme un ovillo y ponerme a llorar. Las lágrimas no me ayudarían a recuperarlo. Resistí; porque, como ya había hecho más veces de las que podía contar, eso era lo que hacía cuando el mundo conspiraba en mi contra. Seguía adelante y resistía… Y esta vez, además, iba a luchar.
Atenea no solo había jaqueado las cámaras. Había conseguido acceso al audio, a los sensores, a todo. Los muy bastardos lo registraban todo para después poder analizar con detalle todo el… experimento .
Verlo así… sin poder hacer nada… era más de lo que podía soportar.
–Tengo que ayudarlo…
–¿Estás segura? –preguntó Atenea, con una calma que contrastaba con el caos que me devoraba por dentro.
Sí, lo estaba.
Habíamos avisado a Boris, pero estaba lejos y el tiempo no jugaba a nuestro favor.
Respiré hondo.
–Si a quien estuvieran reteniendo fuera Boris… ¿Tú qué harías?
No volvió a cuestionarme; porque, aunque ella seguía negando el vínculo entre ellos, ambas conocíamos la respuesta.
En cuanto Atenea me dio la señal, me lancé.
Las puertas se abrieron a mi paso como si el edificio entero se rindiera ante mí. Nadie me detuvo.
Atravesé las salidas de emergencia, los pasillos olvidados… lugares donde la vigilancia era apenas una ilusión.
Mi corazón golpeaba con fuerza.
No tenía un plan… no realmente; solo una certeza. Tenía que llegar hasta él costara lo que costara.
Descendí en el ascensor con demasiada lentitud, mi corazón latiendo desbocado en mi pecho. Cuando por fin alcancé el sótano, antes de que se abrieran las puertas, la alarma de incendios estalló en todo el edificio. Un sonido agudo, constante… caótico me rodeó.
–Una pequeña ayuda adicional… –susurró Atenea en el pinganillo, con un matiz casi divertido.
Sonreí, pese a todo.
Al abrirse las puertas del ascensor, repentinamente estaba en medio del caos. Uno en el que mi presencia, una limpiadora empujando su carrito; pasó sorprendentemente inadvertido. No era un gran disfraz, pero era el único que se me había ocurrido.
La media docena de licántropos que nos habían acompañado, los pocos que no habían salido con Boris, se habían quedado fuera esperando el momento apropiado para atacar.
Pero yo había decido entrar, confiando en mi buena suerte y sin ningún plan concreto.
Solo quería llegar hasta él… necesitaba hacerlo y después… ya vería lo que hacía.
No sería muy inteligente, pero era lo único que podía hacer. Confiaba en que, de esa manera, consiguiera ganar un poco de tiempo, el suficiente para que Aleksander… el hombre… el licántropo al que amaba se mantuviera con vida.
Miré a mi alrededor. Guardias armados corrían de un lado a otro, gritaban órdenes, intentaban organizar lo imposible y en ese desorden… encontré mi oportunidad.
Me deslicé entre ellos, una sombra más en medio del pánico. El laboratorio estaba ahí, esperándome.
El reconocimiento biométrico no fue un problema. Nunca lo era para Atenea… con Palas Atenea, la versión más aterradora de mi amiga.
Era una artista. No había red, contraseña o sistema de encriptación que pudiera resistirse a ella.
La puerta se abrió con un suave chasquido y, por un instante… pensé que lo lograría.
Que alcanzaría mi objetivo sin delatar mi presencia.
Pero no.
No pude seguir adelante con mi plan. Al otro lado… me esperaban guardias armados apuntando directamente hacia mí.
Un instante después, me estaban arrastrando hasta el fondo del laboratorio donde me esperaba la pesadilla.
–Vaya, vaya… –la voz de Tomás sonó como una bofetada–. Mirad a quién tenemos aquí. Parece que, después de todo, no tendré que ir a buscarte.
No quedaba rastro alguno de la calidez que alguna vez había fingido. Solo aquella satisfacción cruel, oscura, que me revolvió el estómago. ¡Era un bastardo!
A su lado descubrí una figura que no tardé en reconocer tras haberlo visto en las grabaciones; Robert Lor, el responsable de que mi compañero estuviera allí.
No tuve más tiempo para fijarme en ellos. Los guardias me soltaron de golpe y caí al suelo. Un escalofrío recorrió mi espalda mientras alzaba la cabeza… pero… no fue hasta que escuché su voz débil… rota… que el mundo entero se detuvo.
–¡Lira… no!
Lo busqué con los ojos… A una docena de metros, estaba Aleksander.
Mi Rey bajo la Montaña [20] .
Mi Alfa… encadenado.
–Llegas en el mejor momento… justo cuando vamos a comenzar con la vivisección.
Ignoré las palabras del bastardo y me concentré en mi compañero.
Me fijé en como su pecho subía y bajaba en un estertor irregular, cada respiración una batalla perdida.
Observé su piel, demasiado pálida, y sus ojos… luchando por encontrarme.
Y… algo dentro de mí se quebró.
Y en su lugar… nació otra cosa.
Una furia antigua, imparable.
Me sentí como una heroína de fantasía en el instante en que deja de huir y, por fin, empuña la espada mientras rebusca en su mente el conjuro que lo cambiará todo.