Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XLVIII. Aleksander.
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XLVIII. Aleksander.

–¿Ya ha despertado nuestro invitado?

La voz taladró la oscuridad como una aguja punzante. Durante un instante no supe dónde estaba, ni siquiera quién era. Solo existía ese sonido… y luego el dolor.

Abrí los ojos poco a poco, como si temiera que la realidad fuese peor que la nada. Y lo fue.

Primero sentí el frío y después, el ardor.

Intenté moverme, no pude. Tenía piernas y brazos inmovilizados, sujetos por grilletes que se clavaban en mi piel desnuda.

No eran normales. Lo supe al instante. Quien me retenía sabía lo que hacía.

Estaban hechos de plata. Quemaban como fuego líquido, como si quisieran abrirse paso a través de la carne.

Un gruñido bajo escapó de mi garganta.

Estaba atado desnudo a una plancha metálica vertical con brazos y piernas extendidos como si me hubiera convertido en un sacrificio a los dioses.

El aire helado del lugar se pegaba a mi piel sudorosa. Parpadeé, obligándome a enfocar.

No me costó reconocer lo que me rodeaba; estaba en un laboratorio… enorme y frío. A mi alrededor, podía ver estanterías repletas de frascos, instrumental quirúrgico, máquinas que zumbaban con una vida propia que no comprendía, tubos, luces y pantallas. Todo olía a químicos y muerte.

Pero no estaba solo.

Media docena de humanos con batas blancas me rodeaban como si yo no fuera más que un objeto. Anotaban cosas, intercambiaban datos, ni siquiera fingían mi existencia.

Pero entre ellos… había dos rostros que reconocí.

Tomás, el bombero, el mismo que había osado tocar lo que era mío. Y, a su lado, con esa calma nauseabunda que le caracterizaba, Robert Lor, el director de NTLira.

Mi estómago se revolvió.

–No… –susurré, pero la palabra murió en mi garganta.

Intenté liberarme y las cadenas chirriaron.

El dolor explotó a lo largo de mis extremidades, punzante, abrasador. La plata se hundió más en mi piel y un gemido involuntario escapó de mis labios. Me dejé caer de nuevo, respirando con dificultad.

–¡Cabrones! –escupí con la rabia ardiendo más fuerte que el dolor–. ¿Dónde estoy? ¡Os arrepentiréis!

Mi mente corría, intentando reconstruir los recuerdos.

Los italianos.

Mangielo.

La sangre.

Los cuerpos.

Las mujeres…

Lira… La sola idea de que pudiera haber sido una de ellas.

Las náuseas.

Y, finalmente, la oscuridad.

Me habían atrapado.

–¿Eso crees? –la voz de Tomás llegó acompañada de una carcajada áspera y desagradable.

Se acercó despacio, disfrutando cada paso, hasta invadir todo mi campo de visión. Sonreía y yo quise arrancarle la cara.

–Inténtalo –añadió, inclinándose ligeramente hacia mí–. Intenta alcanzarme.

Mis músculos se tensaron por puro instinto.

Necesitaba cambiar.

Necesitaba a mi lobo.

Cerré los ojos, buscándolo en lo más profundo de mí, donde siempre había estado… donde rugía, donde luchaba, donde respondía.

Pero solo me respondió el silencio… un vacío que me heló la sangre.

–Vamos… –murmuré, desesperado–. Vamos…

Nada. No obtuve respuesta. Era como si esa parte de mí estuviera… dormida. O peor, ausente.

Abrí los ojos de golpe.

–Vosotros…

Mi voz sonaba espesa, torpe. Tenía la impresión de que mi lengua no me pertenecía del todo. Debían haberme drogado, por supuesto. ¿Cómo si no?

–Le ofrecí colaborar con nosotros –intervino Lor con tono neutro, ajustándose las gafas con gesto meticuloso–. Un acuerdo mutuamente beneficioso. Y lo rechazó.

Lo miré con odio.

–¿Colaborar? –ladré–. ¿Para qué? ¿Para hacer daño a los míos?

–Qué melodramático –Tomás soltó otra carcajada–. Solo queríamos su ayuda en una pequeña investigación.

–¿Investigación? –mi risa fue seca, rota–. ¿Del tipo en el que nos secuestráis?

Tomé aire e intenté transformarme otra vez, pero fui incapaz. Mi lobo no respondió a mi llamada.

El pánico comenzó a filtrarse entre la rabia.

¿Dónde estaba Lira?

¿Sabía lo que había pasado?

¿Me estaría buscando?

La imaginé preocupada, furiosa, asustada.

Tenía que volver con ella.

Tenía que hacerlo.

La idea de no volver a verla me golpeó más fuerte que cualquier cadena.

–¿Cómo se encuentra? –preguntó Lor de pronto, con un interés clínico que me heló la sangre.

–¿Qué me habéis hecho? –respondí, evitando darles más de lo necesario–. ¿Por qué…?

–¿Por qué no puedes transformarte? –Tomás se adelantó, claramente disfrutando–. Porque la toxina que te hemos inyectado ha adormecido a tu lobo.

Sentí que algo dentro de mí se rompía. Conocían nuestro secreto, por supuesto que lo hacían; por eso la plata y el veneno para adormecer a mi lobo. Sentí como la ira explotaba en mi interior.

Repentinamente lo vi todo claro.

–Tú… –Dirigí mi atención al bombero–. Tú te acercaste a ella…

Su expresión cambió.

–Solo quería ponerte a prueba. Comprobar cómo de poderoso era un Alfa… –respondió con desprecio–. La bestia que escondes bajo tu aspecto humano. Los ejemplares anteriores habían resultado prometedores, pero tú… superaste todas las expectativas…

¿Cómo podía hablar así de mis hermanos?

¿Cómo podía hablar así de mi linaje?

–Si me sueltas… te puedo mostrar el tipo de ejemplar que soy.

–¡No eres más que un animal! Uno fuerte, sí…

pero un animal al fin y al cabo. Para descubrir tus secretos, tuve que acercarme a Lira.

Una obligación que, admito, terminó siendo agradable.

Ha sido agotador jugar al niño bueno con ella, pero cuando acabe contigo…

iré a la librería. Y entonces dejaré de fingir.

–No te atreverás… –La rabia no me dejaba apenas respirar. La idea de que se acercara a ella… a mi compañera…

–No podrás hacer nada… y ella será mía. Una mujer que se abre las piernas para una bestia disfrutará de todo lo que tengo pensado para ella. La romperé de todas las maneras posibles… hasta que me canse. Y cuando termine, no quedará nada de esa fachada de niña dulce.

No escuché nada más. Algo oscuro… primitivo explotó en mi interior.

Las cadenas se tensaron. Un gruñido profundo, casi irreconocible, salió de mi pecho.

Entonces llegaron sus puñetazos.

Uno.

Dos.

Tres…

Perdí la cuenta.

Cada impacto dolía más de lo normal; demasiado. Pero no reaccioné, no por debilidad sino porque no quería proporcionarle esa satisfacción.

–Te lo debía –dijo finalmente, abriendo y cerrando los puños como si hubiera terminado una tarea trivial–. ¿Cómo te sientes ahora que no tienes ventaja?

Respiraba con dificultad, pero mis ojos no se apartaron de él.

Lo mataría. De algún modo lo haría.

Entonces lo vi; los viales.

Mi sangre fluyendo fuera de mi cuerpo a través de tubos transparentes, siendo recogida, etiquetada, llevada a una centrifugadora que giraba sin descanso.

Mi estómago se encogió.

Giré la cabeza y entonces lo entendí todo.

A través de las estanterías que me rodeaban vi las camillas… y sobre ellas los cuerpos de mis hermanos.

O lo que quedaba de ellos; cortados, desmembrados… muertos.

Un escalofrío recorrió mi columna.

–No… –susurré.

¿Ese iba a ser mi destino?

¿Morir allí?

¿Así?

No.

No podía.

No ahora.

No cuando había encontrado a Lira.

No cuando, como mi compañera, mi muerte la condenaría a morir también.

–La toxina lo mantiene tranquilo… No querríamos que se hiciera daño… antes de tiempo –dijo Lor con calma.

–¿Qué queréis de mí? –pregunté, aunque ya sospechaba la respuesta.

Sus labios se curvaron apenas.

–Estamos creando al soldado del futuro. Y sus habilidades… deben ser extraordinarias. Así que estamos extrayendo su esencia para poder implementarla en nuestros prototipos.

Sentí náuseas.

–Y la de un Alfa… –añadió, observándome con interés renovado– es especialmente valiosa.

–¡Malditos cabrones! –rugí–. La manada vendrá a por mí. Me encontrarán.

Boris y el resto de mis hermanos tenían que estar buscándome.

Tenía que creerlo.

–Puede que sí –respondió Lor con una serenidad escalofriante–. Pero para entonces… usted ya estará muerto.

Se acercó un poco más, lo suficiente para que pudiera ver el vacío de sus ojos que escondía detrás de las gafas.

–No es nada personal –añadió–. Solo negocios.