Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XLVII. Lira.
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XLVII. Lira.

–Lo encontraremos, pero tienes que quedarte aquí. Es lo más seguro.

–Pero…

–Luna, nosotros nos encargaremos. –La voz de Boris no dejaba lugar a réplica.

La puerta de mi habitación… de nuestra habitación se cerró con un sonido definitivo y me quedé sola en aquel espacio demasiado grande y silencioso. Intenté sentarme, respirar, pensar con claridad… pero todo en mi mente volvía al mismo punto.

Él.

Mi compañero.

Aleksander… el licántropo al que amaba.

Me había acostumbrado a su voz, su mirada, la forma en la que su presencia llenaba cualquier lugar…

Y ahora no estaba.

La idea de que pudiera estar herido o peor me oprimía el pecho hasta casi impedirme respirar.

No pasaron más que unos minutos y lo escuché; el rugido de las motos.

Se alejaban.

Salían en su busca.

Me senté en la cama y me abracé en silencio tratando de tranquilizarme… de convencerme de que todo aquello no era más que un mal sueño del que muy pronto despertaría.

No podía dejarme llevar por la desesperación… aunque estuviera completamente sola.

Por fortuna, me equivocaba.

–Sé dónde está.

La voz de Atenea me hizo girarme de golpe. Estaba en la puerta de la habitación, con el portátil aún abierto entre las manos y la pantalla iluminando su rostro con un brillo frío que contrastaba con la tensión de sus ojos.

–¿Cómo…? –Me levanté y di un paso hacia ella, aferrándome a esa posibilidad como si fuera aire.

Atenea dudó apenas un segundo.

–Boris no quería que metiera las narices en el sistema informático de Noval Tactical mientras me dejaba sola –me explicó mientras se acercaba a mí–. Estaba demasiado preocupado por mi seguridad.

–Pero no le hiciste caso –murmuré, reconociendo en ella la obstinación que la caracterizaba.

Una media sonrisa cruzó su rostro, breve y sin humor.

–Aproveché que hoy estaba distraído. Me salté sus sistemas de seguridad, todos los firewalls … y accedí a los archivos restringidos.

El silencio que siguió me encogió el corazón. No solo fue su silencio… fue lo que leí en sus ojos.

La miré fijamente.

–¿Es tan malo?

Su expresión cambió, se endureció.

–Peor de lo que imaginábamos. NTL no es solo una empresa tecnológica… Su especialidad es la biotecnología avanzada y sus clientes son contratistas militares de alto nivel.

–Eso… no suena bien.

–Su proyecto principal… –tragó saliva– consiste en crear soldados mejorados… más fuertes… más rápidos… invencibles...

Sentí cómo el mundo se inclinaba bajo mis pies.

–Parecidos a…

–Parecidos a los licántropos o a los vampiros –terminó ella–. O al menos, lo intentan. Los estudian como si fueran… prototipos.

El aire se volvió helado.

–No puede ser.

–En los archivos que he conseguido desencriptar se mencionan «sujetos» de prueba.

Me cubrí la boca con la mano mientras mis piernas amenazaban con fallar.

–Los licántropos que secuestraron… Los vampiros… –su voz bajó–. Les han hecho cosas.

–¡No! –Un grito desgarrado llenó el aire, mi grito.

Las piernas se doblaron y caí al suelo, incapaz de sostener el peso de lo que estaba escuchando.

La voz de Atenea vaciló, pero no se detuvo.

–No sobrevivieron –susurró–. Ninguno. No más de un día. Y créeme… hay detalles que es mejor que no sepas.

Cerré los ojos, pero las imágenes se formaron igual en mi mente… dolor… miedo… desesperación.

Y él.

–Pero sabes dónde está –susurré, aferrándome a lo único que importaba.

Atenea asintió.

–Sí. Sé exactamente dónde lo tienen. Está en los sótanos de su sede central, en la zona de negocios de la ciudad. Esos bastardos no se esconden, los retienen a la vista de todos.

Eso fue suficiente.

Mientras la adrenalina se extendía por mis venas, me levanté de un salto y salí corriendo antes de que pudiera decir nada más. El pasillo parecía más largo de lo habitual, como si intentara retenerme. Bajé las escaleras casi sin tocar los peldaños hasta llegar a la zona principal de la Guarida…

En un par de ocasiones, mis pies amenazaron con desviarse de su camino y provocar un desastre inminente, pero la situación me hacía demasiado consciente de lo que me rodeaba… No permití que mi torpeza se interpusiese en mi camino.

En cuanto alcancé la planta baja la realidad me golpeó. Quedaban apenas media docena de licántropos.

Demasiado pocos.

Demasiado poco tiempo.

–Tenemos que llamar a Boris –Cuando Atenea me alcanzó, ya estaba hablando con todos–. Tenemos que enviarlos allí, organizar el rescate…

–No hay tiempo –me cortó.

Los licántropos ya se estaban moviendo, comunicándose. Uno de ellos levantó la vista.

–Ya les hemos avisado. Pero están lejos… salieron de la ciudad siguiendo un chivatazo.

Apreté los puños con fuerza.

Demasiado lejos.

Demasiado tarde.

–No puedo quedarme aquí sin hacer nada –dije, más para mí que para los demás–. No mientras él está indefenso.

Atenea dio un paso al frente.

–Iremos tú y yo.

La miré, sorprendida.

–¿Solo nosotras?

–No estamos completamente solas –respondió, señalando a los licántropos–. Pero no podemos esperar. Si nos movemos ahora… quizás podamos ganar tiempo.

Tiempo.

Era lo único que necesitábamos… era lo único que no teníamos.

¡Pero lo conseguiríamos!

Asentí lentamente, sintiendo cómo el miedo se transformaba en algo más firme, más peligroso.

Determinación.

–¡Nos vamos!

Porque si había una mínima posibilidad de llegar hasta él antes de que fuera demasiado tarde… la iba a aprovechar.