Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XLVI. Aleksander.
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XLVI. Aleksander.

Mi compañera, Lira, se había convertido en el eje alrededor del cual giraba toda mi vida.

Primero había ocupado mis pensamientos, después mis decisiones y al final, sin darme cuenta, eclipsó el resto de mi mundo.

Todo lo que antes me definía; el combate, el deber, la camaradería…

había perdido brillo frente a mi amor por ella.

Había habido un tiempo en el que disfrutaba de una buena escaramuza, impartir justicia era siempre agradable y entrenar con mis hermanos una fuente de diversión.

Pero ahora… ahora todo eso me parecía un estorbo.

Obligaciones que me alejaban de ella. Tiempo perdido que no podía dedicar a observar cómo fruncía el ceño al concentrarse, se le iluminaban los ojos al hablar de algo que le apasionaba, la forma adorable en la que tropezaba cuando no había ningún obstáculo a su alrededor o los gemidos que arrancaba de su cuerpo cada vez que la torturaba…

acariciándola con mis dedos, mis labios o mi polla.

Lira.

Incluso pensar en su nombre tenía un efecto casi físico en mí.

Por eso, cuando a mediodía los vigías confirmaron la información que Dédrick me había proporcionado, la poca paciencia que aún conservaba se desmoronó por completo.

–Otra vez esos italianos –gruñí, sin intentar ocultar el hastío ni la furia.

La mafia italiana llevaba demasiado tiempo cruzando todas las líneas.

Robaban, utilizaban nuestro aeropuerto como si fuera suyo y se movían con una impunidad que resultaba insultante.

A pesar de que los había perseguido tratando de erradicarlos por completo, tras la información del Rey, había cambiado de estrategia.

En los últimos días, había hecho la vista gorda…

y tolerado sus movimientos hasta que el momento adecuado había llegado.

Estaba harto de ellos, de su comportamiento, de su falta de respeto; pero, sobre todo, de sus negocios.

El tráfico de personas siempre me había parecido repugnante. Pero ahora… ahora era distinto. Desde que Lira había entrado en mi vida, la idea de que alguien pudiera traficar con mujeres como ella encendía algo oscuro dentro de mí, algo peligroso.

–Quiero acabar con todos esos cabrones –dije, con una calma que resultaba más amenazadora que cualquier grito.

Había tenido que llamar a Lira y avisarla de que no podía ir a recogerla.

Los italianos no solo eran unas ratas, eran unas ratas que me impedían estar con mi compañera. ¡Eso se iba a acabar!

Mi Beta ni siquiera dudó.

–Todos estamos contigo.

La manada se puso en movimiento de inmediato.

Boris no solo era mi segundo, era mi hermano… y todo lo que era importante para él, lo era para mí. Mientras nos subíamos a la moto, me giré hacia él.

–¿Qué tal con tu compañera? –Mi Beta parecía ansioso… y me imaginaba cuál era el motivo.

–Es cabezota, inteligente, sabe más de ordenadores que yo y está obsesionada con Harry Potter .

–Estás loco por ella –sentencié.

–¿Cómo no iba a estarlo? –respondió mirándome de reojo–. No solo es el vínculo y mi lobo desesperado por reclamarla… Es todo…

–¿Y cuál es el problema?

Suspiró contrariado.

–Sigue teniendo dudas.

–Seguro que ahora que estáis trabajando juntos investigando a NTL… ella se dará cuenta de que vas en serio.

Asintió inquieto.

–Eso espero, porque mi lobo… y yo… estamos empezando a perder la paciencia.

No seguí preguntándole por ella. Era un tema delicado, decidí cambiar de conversación.

–¿Algún avance en la investigación?

Negó con la cabeza.

–Nada importante. Todavía.

Pero eso iba a cambiar. Primero íbamos a acabar con los italianos y después encontraríamos a nuestros hermanos y los recataríamos. O, al menos, esperaba hacerlo. La posibilidad de que estuvieran muertos… era inconcebible.

Estaba harto de tener que perder el tiempo… un precioso tiempo que podía emplear con Lira.

Nos dirigimos hacia la nave industrial abandonada cerca del aeropuerto.

Los vigías nos habían informado que estaban allí…

de que incluso Mangielo estaba dentro. Habían recibido un envío y se habían reunido para distribuirlo.

Se habían arreglado para mantenerse a cubierto de nuestras cámaras, pero no de mis hermanos.

No sabía lo que nos íbamos a encontrar, pero estaba seguro de que no me iba a gustar.

Caímos sobre el lugar como una plaga, sin advertencias, sin negociaciones.

Las órdenes eran claras; no habría prisioneros. El tiempo de contemporizar se había acabado.

Tras comprobar que no había testigos, nos transformamos al llegar, dejando que nuestra verdadera naturaleza emergiera sin restricciones. Habían ido demasiado lejos.

Por fortuna, supe que aquel movimiento iba a ser definitivo. Reconocí a Mangielo entre los rostros aterrorizados que nos recibieron.

El combate fue rápido, brutal, inevitable.

Disparos a los que no prestamos atención. ¿Creían que las balas podían dañarnos?

Gritos que se ahogaban en gargantas desgarradas.

El sonido de huesos rompiéndose bajo mandíbulas poderosas.

Sangre, metal y miedo impregnándolo todo.

–Es mío… –Mi voz, que era la de mi lobo, se elevó sobre los gritos y los disparos señalando al Don de los italianos como mi privilegio.

–¿Quién eres? ¿Qué eres?

Me detuve mientras le enseñaba los dientes antes de acercarme a él…

–Soy quien va a acabar contigo. Soy aquel al que no debiste desafiar. Soy Aleksander… y estás muerto.

El cabrón ni se defendió. Se limitó a intentar cubrirse con los brazos mientras mi lobo se lanzaba sobre él para arrancarle la garganta.

Me habría reído si no estuviera tan furioso.

El todo poderosos Don era muy valiente con las mujeres indefensas que traficaba, pero no tenía valor para enfrentarse a su destino.

No le dediqué ni una sola mirada.

No se lo merecía.

Solo cuando el último de ellos cayó y el silencio volvió a adueñarse del lugar, sentimos algo parecido a la satisfacción. Pero duró poco.

Porque dentro de uno de los contenedores encontramos algo que heló incluso la sangre de mi lobo; una docena de mujeres… muertas.

Sus cuerpos, desnudos y marcados por la violencia, contaban una historia que no necesitaba palabras.

Me quedé paralizado.

Una idea, horrible e inevitable, atravesó mi mente como un cuchillo. Podría haber sido Lira…

Deseé revivir a Mangielo y descuartizarlo durante días con dolorosa lentitud para obtener algún tipo de consuelo.

El estómago se me revolvió con tanta fuerza que tuve que apartarme, salir al exterior en busca de aire antes de perder el control.

Mi lobo se apoyó contra una pared, intentando respirar, intentando no ver aquellas imágenes una y otra vez.

Pero entonces, mi lobo se tensó.

Algo no iba bien.

Un instante después, lo sentí yo también.

Una presencia.

Un peligro.

Y justo antes de que pudiera reaccionar… todo se volvió negro.