XLV. Lira.
Todo era perfecto.
Demasiado perfecto.
Y en mi vida, eso siempre había sido una advertencia.
–Debo ir al aeropuerto, llegaré tarde. Ha habido… problemas –su voz sonaba más tensa de lo habitual, aunque intentaba disimularlo–. Enviaré a alguien a buscarte y cuando regrese, te despertaré… y te follaré hasta al amanecer.
–¿Me lo prometes?
–Amor… no sé cómo mi lobo y yo vamos a aguantar hasta tenerte de nuevo.
Sonreí a pesar de todo.
Aleksander nunca me había explicado con exactitud la naturaleza de sus negocios. No hacía falta. Solo sabía que no traficaba con personas ni con drogas. La manada se dedicaba a la mecánica… y al tráfico de armas.
Debería haberme importado.
Debería haberme asustado.
Pero no lo hacía.
Estaba siendo egoísta, incluso ingenua. Lo sabía, pero había elegido no pensar demasiado en ello. Lo que sentía… El vínculo me unía de modo irremediable a él y si eso me condenaba al infierno, lo asumía sin remordimientos.
Porque junto a Aleksander… era feliz y esa felicidad, inesperada y casi violenta, lo eclipsaba todo.
Lo amaba y todo lo demás, no me importaba.
Mi compañero cuidaba de mí de formas que nunca había imaginado necesitar; detalles pequeños, miradas, silencios compartidos… y también esa intensidad suya que siempre me dejaba sin aliento.
Como cada día, me había dejado en la librería por la mañana.
El viaje en moto se había convertido en uno de mis momentos favoritos del día…
y esa mañana no había sido una excepción.
La vibración mandaba ondas a mi núcleo desnudo…
y su cercanía, su calor y su aroma hacían el resto.
Con el paso de los días cada vez me volvía más osada y esa mañana había decidido jugar un poco…
Una vez que había arrancado había arrastrado mi mano hasta el evidente bulto de sus pantalones y me había dedicado a acariciarlo con insistencia.
No me había salido gratis, pero había merecido la pena.
En cuanto había detenido la moto, me había cogido entre sus brazos, me había llevado a un callejón lateral y, allí mismo, refugiados contra un portal, me había ensartado mientras yo rodeaba su cintura con mis piernas y ahogaba un carcajada de felicidad.
–Mi putita codiciosa… Mi amor… Mi compañera… Mi vida…
No sabía qué me encendía más, si sus palabras sucias… o su declaración de amor desesperada.
Lo que sí sabía era que en muy poco tiempo se había convertido en el centro de mi existencia.
Cuando escuché el rugido de su moto alejándose, una extraña sensación de vacío, una que crecía con el paso de los días cada vez que nos separábamos, me invadió.
Por fortuna, el trabajo en la librería, el ir y venir de la incesante clientela…
la visita de mis caseros… logró silenciar, al menos en parte, mi necesidad por él.
Por desgracia, a media tarde, cuando ya contaba las horas para volver a escuchar el rugido de su moto de vuelta, una llamada acabó con mis esperanzas. No podía venir a buscarme.
Intenté que no se notara la decepción en mi voz mientras me despedía de él.
No poder abrazar su espalda, sintiendo el viento y su calor bajo mis manos mientras regresábamos a casa… a la Guarida… mi nuevo hogar… hundió mi ánimo. Había algo en ese gesto simple que me hacía sentir… en casa.
Por desgracia, Aleksander tenía responsabilidades. Una vida que no giraba únicamente en torno a mí. Y yo me negaba a convertirme en alguien dependiente… que lo necesitaba a todas horas. No iba a permitírmelo.
Ya había mostrado mis inseguridades la primera vez que Aleksander había tenido que acudir a una reunión inesperada y me había dejado sola en la Guarida.
No pensaba repetir aquel error. Mi compañero me había demostrado una lealtad inquebrantable; no tenía motivos para dudar de él.
Además, tampoco quería que viera hasta qué punto había comenzado a necesitarlo.
Ya cargaba con demasiadas responsabilidades como para añadirle el peso de mis desproporcionadas necesidades.
Así que me tragué las palabras y fingí que todo estaba bien.
–Ten cuidado… –le dije antes de despedirnos.
–Y tú, amor… Ten cuidado con los trols del bosque [19] .
Reí suavemente.
Siempre encontraba la forma de mencionar las cosas que me gustaban, de meterse en mis pequeños mundos…
aquellos en los que me había refugiado durante toda mi vida.
Me había sorprendido cuando había descubierto que había leído mis libros favoritos…
pero no se había limitado a eso; los había hecho suyos.
Era absurdo… pero significaba más de lo que debería.
De alguna forma lograba que, cuando creía que no era posible querer más a alguien, cada día lo amase más.
Lo necesitase más…
Mi vínculo con él se convirtiese en algo que me consumía por dentro.
Después de esa llamada, algo cambió.
No sabría explicarlo con claridad; pero el mundo se ensombreció. Saber que no lo vería hasta mucho más tarde arruinó mi humor de una forma desproporcionada.
La tarde se volvió lenta.
Pesada.
Interminable.
Y repleta de pequeños accidentes; tropezones, algún resbalón y un par de pequeñas catástrofes que acabaron con los libros de una estantería en el suelo. Lo habitual, tratándose de mí… pero que, unido a su ausencia, me afectó más de lo debido.
Apenas entraron clientes en la librería, pero la web parecía haberse vuelto loca. Los pedidos comenzaron a acumularse y me obligué a centrarme en el trabajo para no pensar demasiado.
Empaqueté libros, revisé direcciones, pegué etiquetas con movimientos automáticos. El sonido del papel, de la cinta adhesiva, de las cajas al cerrarse… todo se convirtió en una rutina mecánica.
Las horas pasaban, pero no avanzaban. Y esa sensación… esa incomodidad en el pecho… no desaparecía.
Cuando, al anochecer, escuché las motos… mi corazón comenzó a dar saltos de alegría… No sería Aleksander, pero quedaba menos tiempo para reunirme con él.
Salí a la puerta ya lista para irme… Y entonces lo vi.
Boris acababa de llegar…
Y en ese instante, todo dentro de mí se rompió.
Porque Boris, como su Beta, era su sombra, su mano derecha, su escudero. Si él estaba allí… sin su Alfa…
El aire desapareció de mis pulmones.
–Aleksander… –su nombre salió de mi boca como un susurro.
Boris dio un paso hacia mí y su expresión lo confirmó antes de que hablara.
–Se lo han llevado –dijo con voz grave–. Usaron dardos tranquilizantes… fue rápido. No pudimos hacer nada para evitarlo.
Sentí que el suelo se desvanecía bajo mis pies.
–Luna, tengo que ponerte a salvo –añadió, más urgente ahora–. Es lo que él querría.
Pero apenas lo escuchaba. Mi mente se había quedado atrapada en una sola idea. Se lo habían llevado.
Todo lo que había construido en torno a él, a lo que sentía por él se vino abajo en un instante, como si nunca hubiera sido real.
El mundo, que hacía solo unas horas parecía perfecto… se convirtió en un lugar desconocido y hostil.
Y yo… me quedé sin nada a lo que aferrarme.