Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XLIV. Aleksander.
82%

XLIV. Aleksander.

La información era, cuando menos, inquietante.

La misma empresa que había intentado hacer negocios con nosotros, que había insistido una y otra vez en reunirse conmigo, estaba detrás del secuestro de nuestros hermanos… y, al menos, un par de vampiros. Aquello no era una coincidencia. Era un movimiento calculado.

NTL… Noval Tactical Labs .

El nombre resonaba como una amenaza en mi mente.

¿Qué eran realmente… y qué demonios buscaban?

–Yo os ayudaré… puedo hacerlo.

La declaración irrumpió en mi despacho sin previo aviso.

Ni siquiera levanté la vista al principio. Los domingos eran mis días favoritos, porque tenía a mi compañera para mí solo.

Lira estaba sentada en mi regazo, atrapada entre mis brazos como si el mundo fuera a arrebatármela en cualquier momento. Con mis manos acariciando su tierna carne bajo la falda de su vestido rosa… me sentía casi satisfecho… si no fuera porque nunca tenía suficiente de ella.

Había regresado de madrugada de la reunión y había intentado apagar mi necesidad por ella. El cabecero de la cama que compartíamos y las marcas en la pared contra la que descansaba eran prueba de ello, pero no había servido de nada.

Y, sinceramente, tampoco me importaba.

Aunque el sol ya se había adueñado del cielo, solo podía pensar en perderme una y otra vez en su calor.

Lo único que lograba contenerme era ella, su bienestar.

No podía arriesgarme a hacerle daño ni condenarla a permanecer despierta día y noche, sin un instante de descanso, solo porque yo era incapaz de apartar mi polla de su bendito calor.

Por eso habíamos salido de la habitación y la había llevado conmigo al despacho.

Me había convencido de que allí podría mantener algo de control, de que la distancia con la cama bastaría para frenar el impulso de volver a hundirme en ella.

Pero con cada minuto que pasaba la idea de doblarla sobre la mesa se estaba volviendo más atractiva.

De lo único que era completamente incapaz era de separarme de ella. Cada vez me costaba más. Y no sabía cómo iba a soportar que, a la mañana siguiente, tuviera que regresar temprano a la librería.

Estaba allí conmigo, en mi espacio, en mi sillón… en el único lugar donde sentía que nada podía alcanzarla.

Donde podía vigilar cada una de sus respiraciones, cada temblor.

Donde podía mantenerla a salvo de su adorable torpeza.

Donde era mía.

«Mentiroso… sabes perfectamente que no es solo para protegerla».

Apreté la mandíbula ante la voz de mi lobo.

«Cállate».

Lira escondió el rostro en mi hombro sonrojada, aferrándose a mi camiseta con dedos temblorosos mientras yo recorría sus húmedos pliegues con mis dedos… Intentando ahogar esos ruiditos que me gustaba tanto escuchar…

Me encantaba tenerla así, completamente entregada y necesitada de mi polla…

Su cercanía me equilibraba… apaciguando mi necesidad de arrasar y después preguntar. Besé su coronilla antes de alzar la mirada.

Atenea estaba frente a mi escritorio con la resolución brillando en sus ojos.

Ni me inmuté ante su aparición y mi compañera estaba demasiado perdida en la lujuria como para ser del todo consciente de que alguien, su mejor amiga, acababa de entrar en el despacho.

Lira era mía y todos en la manada lo sabían.

Para los humanos mostrar mi deseo por ella sería considerado inapropiado, pero en mi mundo era completamente diferente.

La Diosa me había enviado a una compañera y yo me sentía orgulloso de mi buena suerte.

Mostrar lo que sentía por ella era un honor al que no estaba dispuesto a renunciar…

y que Lira, para mi absoluto deleite, había aceptado de buen grado.

Mi humana era mucho más de lo que había imaginado y aún no había dejado de sorprenderme.

Tomé aire, mientras trazaba lentos círculos alrededor del clítoris de mi mujer…

bajo la falda de su vestido. Aquello era tan satisfactorio…

Quería que ardiese por mí… igual que yo ardía por ella y me importaba una mierda que tuviéramos público.

El vestido cubría todo lo importante. Atenea ignoró el movimiento de mi mano bajo su ropa mientras entrecerraba los ojos, pero no fue ella lo que captó toda mi atención… fue mi Beta.

Boris, a su lado, la observaba… como si necesitara tocarla… a cada momento.

Exactamente como yo.

Busqué la marca en el hombro. Todavía no la había reclamado. Explicaba la tensión que veía en el rostro de mi Beta.

Lo explicaba todo.

–¿Cómo lo harías? –pregunté al fin, con voz baja.

Atenea no dudó.

–Soy jáquer. Encontraré la forma de entrar en su sistema… Y averiguaré qué es lo que esconden.

Boris debía haberle contado algo… algo que no incluía a los italianos, un asunto demasiado delicado. Y ella, en lugar de retroceder, había decidido dar un paso al frente. Era valiente, tal vez demasiado, porque no sabíamos con seguridad a qué nos enfrentábamos.

La observé en silencio durante unos segundos. No tenía ninguna duda de que podía hacerlo… pero eso no significaba que debiera.

–No vas a ponerte en peligro –gruñó Boris a su lado.

–No eres nadie para prohibírmelo.

Ni siquiera se giró para mirarlo. Su tono fue firme, inquebrantable.

–Palas… –empezó él, con una mezcla de frustración y preocupación–. No puedo impedirte que lo hagas, pero…

Levanté mi mano libre, cortándolo en seco.

El despacho quedó en silencio.

Atenea todavía no habría permitido a Boris que la reclamase, pero pasaba prácticamente todas las noches en la Guarida y, de alguna forma, había aceptado mi autoridad como Alfa. La chica era inteligente.

–De acuerdo –Una mirada a mi Beta lo acalló–. Pero lo harás con Boris… juntos estoy seguro de que lo lograréis mucho más rápido.

Boris asintió, aliviado, aunque la tensión en sus hombros no desapareció por completo.

Atenea tampoco protestó. Solo sostuvo mi mirada un instante, evaluando mis palabras, antes de girarse y salir del despacho con él.

Justo lo que había estado esperando.

Mientras yo me bajaba la cremallera del pantalón, tomé a Lira entre mis brazos… y, tras colocarla a horcajadas sobre mi polla furiosa, la penetré de una sola estocada.

Dejaría doblarla sobre la mesa para la siguiente ronda.

Me daba igual dónde, cuándo o cómo… ella era mía.