XLIII. Lira.
Me había trasladado a vivir a la Guarida.
Aún me costaba creerlo.
La manada me había acogido de una forma inesperada…
casi desconcertante. Durante días intenté entender por qué…
qué había visto en mí aquel grupo de desconocidos para abrirme las puertas de su hogar, de su vida sin ningún tipo de reparo.
No fue hasta que Boris me lo explicó, que todo empezó a encajar.
–Antes de que te reclamara… nuestro Alfa era alguien difícil de tratar –me había confesado una noche tras volver de la librería. Aleksander había salido disparado a por comida cuando había escuchado como mi estómago rugía–. Era demasiado impulsivo… impredecible.
–¿Y ahora? –pregunté, conteniendo la respiración.
–Ahora… –sonrió –. Ahora es otro. Tú lo equilibras.
Aquellas palabras se quedaron conmigo.
Mi librería seguía siendo mi refugio durante el día, mi pequeño mundo ordenado.
Pero el resto del tiempo… les pertenecía a ellos.
Le pertenecía a él… y a su lobo… Aleksander describía a esa parte de él como un cabrón pendenciero, pero cuando me sorprendía de madrugada completamente transformado y hundía su hocico en mi pelo solo podía describirlo como tierno.
Con el paso de los días comencé a conocerlo de verdad.
No solo al licántropo fuerte y seguro, sino también al que se quedaba en silencio cuando creía que nadie lo observaba, al que necesitaba tenerme entre sus brazos mientras dormía, al que no podía dejar de tocarme ni por un solo instante…
a ese lado suyo que solo me mostraba a mí y cada día amaba más.
No era solo amor. Era algo más profundo, algo que me atravesaba, que desordenaba mis pensamientos y me hacía sentir viva de una forma casi abrumadora empujándome al límite.
Hacía menos de un mes era virgen… y ahora vivía pendiente de él, de sus gestos, de sus miradas, de lo que vendría después… de la anticipación.
Añoraba su contacto, sus caricias, sus órdenes… sus labios… ¡Su polla!
¡Nunca sabía con qué me iba a sorprender!
Estar con él era… electrizante.
Era…
–Glorioso…
Atenea, sentada en la cocina a mi lado, soltó una risa baja ante su ocurrencia. Se sentía igual que yo, aunque todavía se mostraba reacia a aceptar a Boris por completo. Se limitaba a…
–Su polla de poder… –Sus ojos brillaron con picardía–. Me siento como Gollum [17] desesperado por el anillo de poder [18] …
La referencia a El Señor de los Anillos me pilló por sorpresa, pero tuve que darle la razón.
–¡Me gusta como piensas! –respondí, divertida.
Estábamos en la Guarida, esperando su regreso. La noche se había alargado más de lo habitual y dormir sin ellos… simplemente no era una opción.
–¿Sigues dudando? –le pregunté, pasándole la tarrina de helado.
No dudó en hundir la cuchara… aunque no era de pistacho. Aleksander había llenado una de las neveras con tarrinas de vainilla y chocolate. ¿Cómo no iba a amar a ese licántropo?
Sonreí al pensar en ello… aunque recordar las maneras en las que había decidido compartir conmigo su recién descubierto gusto por el helado… provocó mi agitación.
Atenea suspiró.
–Ya me conoces… comprometerme nunca ha sido lo mío.
–Vale –me incorporé un poco, mirándola de frente–. Déjame preguntarte algo.
–Adelante.
–¿Te gusta estar con él?
–Sí.
–¿Te lo pasas bien?
–Más que bien.
–¿Crees que es buena persona?
Soltó una risa breve.
–¿Buena persona? Es un licántropo… ¡Es mucho más que una buena persona!
–¿Te gusta?
–¡Me vuelve loca!
La observé en silencio unos segundos.
–Entonces, ¿cuál es el problema?
Su expresión cambió. La ligereza desapareció, sustituida por algo más oscuro.
–El problema no es él… soy yo.
Negué con la cabeza.
–No digas tonterías. Tú eres increíble.
–No lo entiendes. Me encanta verte entre los brazos del orco –Atenea se negaba a llamarlo de otra manera–, como te deshaces bajo sus atenciones, pero yo… No soy tan valiente como tú.
¿Qué intentaba decirme?
¿Atenea tenía miedo? Era sencillamente imposible.
–¿Valiente? –Fruncí el ceño–. ¿De qué tienes miedo?
Durante un instante pensé que no respondería, pero entonces cerró los ojos… y cuando los abrió, vi algo en ellos que nunca había visto antes; vulnerabilidad.
–Él es demasiado bueno y tengo miedo de que se dé cuenta… –dijo en voz baja–. Que descubra que no soy suficiente. Que no soy… lo que él cree.
–Eso no va a pasar –afirmé con seguridad–. Os une el vínculo.
Atenea negó lentamente.
–Ese es el problema… –murmuró–. Tengo miedo de que a pesar de todo me deje, porque… ¡Sé que jamás sobreviviría a algo así!
No supe qué decir. Nunca la había visto así. Ella siempre había sido mi ancla; sólida e inamovible. Nunca la había sentido tan… humana.
Pero no hubo tiempo para más.
El sonido de las motos rompió el silencio.
Nos quedamos inmóviles un segundo… y después reaccionamos al mismo tiempo, incorporándonos con el corazón acelerado.
El aire cambió.
Mi respiración se cortó. La suya, también.
Y entonces aparecieron.
Cruzaron la puerta como si trajeran consigo toda la noche, toda la fuerza, toda esa energía que parecía arrastrarnos inevitablemente hacia ellos.
Y en ese instante… todo lo demás dejó de importar.