Escena adicional. Aleksander.
Darian ya estaba en casa.
Y yo estaba con él.
Solo.
Aquello, en retrospectiva, fue mi primer gran error.
Me había negado rotundamente a despertar a Lira cuando nuestro pequeño cachorro se había puesto a llorar en mitad de la noche. Yo era un Alfa, el líder de la manada. Un licántropo capaz de enfrentarse a enemigos mucho más grandes sin pestañear.
Cambiar un pañal no podía ser tan difícil.
¿Verdad?
Además, hacía menos de media hora que mi compañera había amamantado al cachorro. Así que eso solo significaba una cosa; pañal sucio.
¡Lo tenía todo controlado!
Segundo gran error.
Darian apenas sabía hacer tres cosas; comer, dormir y llorar. Pero aquel pequeño ser había heredado de algún antepasado especialmente cruel una cuarta habilidad. Producir cantidades industriales de algo que debería estar prohibido por las leyes de la naturaleza.
El olor me golpeó antes de que pudiera verlo.
Mi olfato de licántropo, normalmente una ventaja extraordinaria, se convirtió de repente en mi peor enemigo.
Me quedé inmóvil.
Respiré una vez.
Mala idea.
Respiré por la boca.
Peor idea.
–Esto no está pasando…
Darian me miró desde su cuna con la absoluta inocencia de quien acababa de cometer un crimen y estaba disfrutando de su impunidad.
Habíamos llegado del hospital aquella misma tarde.
Prácticamente nos habían echado después de que toda la manada apareciera en cuanto Lira se puso de parto, bloqueando entradas, salidas, pasillos, salas de espera y probablemente algún lugar que ni siquiera pertenecía al hospital.
¡Incluso los coños del club con Judith a la cabeza se habían apuntado a la fiesta!
Mi compañera tenía ese don, despertar las simpatías de todo el mundo.
El parto había sido rápido.
Nuestro cachorro había llegado al mundo con unos pulmones impresionantes. No me costó imaginármelo gritando órdenes cuando llegara el momento. Pero, aparte de eso, no había disfrutado del resto de sus habilidades.
O lo que era lo mismo, durante los escasos días que habíamos permanecido allí, había esquivado una experiencia que ahora comprendía que era inevitable; cambiarle el pañal.
Hasta ese momento.
Tomé aire.
–Bien, Darian. Tú y yo podemos hacer esto.
Lo tumbé con muchísimo cuidado sobre el cambiador y busqué el pañal limpio.
Había sobrevivido a entrenamientos con mis hermanos.
Había recibido golpes de hombres que podían arrancarme un brazo.
Había combatido contra enemigos armados.
Pero aquello…
Aquello era la prueba definitiva.
Abrí el pañal.
«¡Esto es asqueroso!». Mi lobo protestó, pero lo ignoré porque por algo yo era el Alfa.
–¡Puaj!
Contuve la respiración.
Toallita.
–¡Súper puaj!
Darian agitó las piernas, encantado.
–Te hace mucha gracia, ¿verdad?
Otro movimiento.
Un accidente.
¿Cómo había llegado… aquello… hasta la pared?
Me quedé mirando el desastre.
–¿Por qué es tan viscoso?
Darian respondió con una sonrisa.
¡Una sonrisa! El muy traidor…
«Voy a vomitar…». Ahí fue cuando perdí a mi lobo. ¡Cobarde!
Tras limpiar la pared, cerré el pañal sucio y lo aparté como si fuera material radiactivo.
–Bien. Uno menos.
Pañal nuevo.
Crema.
Ajustar.
¿Dónde demonios estaba el cierre?
Tiré de una pestaña… nada.
Otra… nada.
–Vamos…
Finalmente, recordé mi entrenamiento como Alfa; siempre había que estar preparado para cualquier eventualidad.
Por eso… ya había previsto que algo así pudiera ocurrir. ¡La anticipación lo era todo! Abrí el cajón del cambiador y rebusqué hasta encontrar lo que había dejado en un momento de inspiración…
¡La cinta aislante!
–Esto servirá.
Unos minutos después, contemplé mi obra.
El pañal estaba perfectamente sujeto.
Quizás demasiado perfectamente… pero Darian estaba limpio.
Yo seguía vivo.
Y el dormitorio seguía en pie.
–Lo conseguimos, hijo.
Me sentí orgulloso, había cambiado mi primer pañal.
Yo, Aleksander, Alfa de la manada del Aeropuerto, había vencido al enemigo más peligroso al que me había enfrentado hasta entonces.
Un pañal.
Aquella noche dormí satisfecho.
Hasta que, a la mañana siguiente, un grito de Lira me arrancó de la cama.
–¡¡¡ALEKSANDER!!!
Corrí hacia ella con mi lobo y yo listos para destripar a cualquier enemigo que estuviera amenazando a mi preciosa compañera y nuestro cachorro.
Lira estaba junto a la cuna, con unas tijeras en la mano y lágrimas en los ojos de tanto reír.
Miré a Darian.
Después al pañal.
Después a las tijeras.
Y entonces comprendí mi error.
Mi pobre cachorro estaba prácticamente embalsamado dentro del pañal.
–Puedo explicarlo.
Lira soltó otra carcajada.
–¿Cinta aislante?
–Era una solución temporal.
–¡Has pegado a nuestro hijo al pañal!
–Pero no se salió.
Ella me miró.
Yo la miré.
Darian comenzó a llorar.
Y suspiré.
Definitivamente, prefería enfrentarme a veinte enemigos armados.