XLI. Lira.
Hasta el anochecer, no salimos de la cama… para sorprenderme de nuevo.
Me había tomado de la mano y me había conducido hasta el vestidor escondido tras una de las puertas de la habitación. Cuando entré me recibió una desmesurada cantidad de vaqueros, cazadoras de cuero y camisetas.
–No nos dura mucho la ropa, solemos desgarrarla antes de que llegue a vieja así que tengo que tener de más –me explicó.
Pero lo que más me llamó la atención fueron los vestidos que llenaban uno de los dos laterales del vestidor. Sentí como mis entrañas se retorcían. ¿De quién eran?
–¿Esta ropa? –No pude evitar que la ira impregnase mis palabras. ¿Por qué había conservado la ropa de sus anteriores novias?
En un instante estaba de nuevo en su regazo.
–Verte celosa me complace más de lo que puedo expresar… –Por supuesto se había dado cuenta de que lo que me ocurría–. Esto es todo tuyo… Lo compré para ti… solo para ti.
Me quedé sin habla.
–Pero… ¿Cuándo?
–Después de haberme comportado como un cretino… mientras me rechazabas una y otra vez… comprarte ropa, preparar esto para ti… me consolaba.
Me escapé de su abrazo y estudié los vestidos… Él siempre llevaba vaqueros, camiseta y cuero… y sin embargo…
–Me encantan tus vestidos. –Se adelantó a mi pregunta.
Revisé todo con atención; además de los vestidos, había jerseys, tops, camisas, faldas, zapatos… pero ni rastro de pantalones… ni…
–¿Y mi ropa interior?
–No la necesitas…
–No creo que… –Negué con la cabeza.
–Esto… –Llevó su mano a los pliegues entre mis piernas de forma posesiva–. Esto es mío y necesito tener libre acceso…
–Pero… –Me mordí el labio mientras notaba como la humedad se instalaba entre mis piernas. Él tenía esa capacidad, la de encenderme con solo su toque.
Hundió un dedo en mi interior mientras con la otra mano tiraba de mi pelo para manejarme a su antojo.
–Eres mía, amor… y te lo haré saber en cualquier momento o lugar.
El beso con el que devoró mis labios, hizo que me olvidara de todo.
Cuando salimos juntos de la habitación y bajamos las escaleras con su mano apoyada en mi culo y su cuerpo pegado al mío, supe que estaba completamente perdida en mi deseo por él.
Tan perdida que, en el último escalón, tropecé… y habría caído al suelo si mi compañero no me hubiera atrapado antes.
–Siento ser tan torpe –me disculpé.
–No te disculpes, a mí me encanta.
–¿Por qué?
–Porque así puedo sujetarte… –Me guiñó el ojo y enrojecí mientras deslizaba la mano bajo la falda de mi vestido para acariciar mi centro mojado–. Puedo sostenerte como yo quiero…
Todavía podía sentirlo profundamente enterrado en mi interior mientras me alimentaba… mientras me acariciaba y tentaba con una lentitud calculada para hacerme arder a fuego lento de deseo y necesidad.
Mi núcleo comenzó a pulsar. Era irrevocablemente suya y aceptaría cualquier cosa que me diera.
En el bar, no había ni rastro de las mujeres que había visto la primera vez que había estado allí. Muy al contrario, nos esperaba la manada. Me quedé sin habla; era mucho más numerosa de lo que pensaba. Aunque los había visto en el pícnic, no me había dado cuenta de cuántos eran.
En cuanto entramos todos se callaron mientras posaban sus ojos en mí… y en la cicatriz en el hombro a la vista. Había elegido un vestido que la mostrase. Estaba demasiado orgullosa de ella como para esconderla.
Durante un instante temí sentirme excluida al igual que me había ocurrido durante mi primera visita. El recuerdo de lo que había vivido ese día provocó que un escalofrío recorriera mi cuerpo. Aleksander debió percibirlo, porque comenzó a acariciar mi espalda intentando calmarme.
–Esta es mi compañera… –dijo de pronto, obligando a que todas las miradas se posaran en él.
Su voz resonó contra las paredes, firme y autoritaria.
Entonces entendí que aquello no era una simple presentación, sino una declaración–.
La compañera de vuestro Alfa, la Luna de la manada.
Si alguien le falta al respeto, me falta el respeto a mí.
Todos asintieron en silencio y, por un breve instante, el ambiente quedó suspendido en una quietud expectante… pareció que se quedaban congelados… esperando una señal que no llegaba… hasta que, de pronto, el lugar estalló en felicitaciones, silbidos y vítores.
Una sonrisa se abrió paso en mi rostro mientras la multitud se movía hacia mí.
Los machos evitaron tocarme, sospeché que a Aleksander no le gustaba a juzgar por los gruñidos que retumbaban en su pecho cuando alguno se acercaba demasiado, pero las hembras me abrazaron con cariño.
Las presentaciones y los saludos se sucedieron y, al fin, lo comprendí.
Ahora era una de ellos. Ese descubrimiento me proporcionó una alegría inesperada.
Aparte de mis abuelos o Atenea, siempre había estado sola. Eso se había acabado.
Cuando al fin todos se habían presentado, tuve que reñirle.
–Esos gruñidos… ¿Por qué te molesta que me toquen?
–Porque no quiero que ningún macho ponga sus manos sobre ti… Soy demasiado celoso y tú eres demasiado valiosa.
–Pero…
–No es que no me fíe de ti. El problema es que no me fío de ellos y sobre todo de mí.
–No tienes motivos para preocuparte… todos te respetan. –Era algo que había visto el primer día que había visitado la Guarida.
–No me importa lo que opinen de mí… –Me condujo a través de la puerta–. Lo único que me preocupa eres tú. Por eso… tengo una sorpresa para ti…
Cuando salimos al patio, la oscuridad ya lo dominaba todo. En el centro ardía una gran hoguera que lanzaba destellos anaranjados a nuestro alrededor… ¡Era precioso!
Mientras la contemplaba ensimismada, repentinamente, reparé en un rostro conocido.
¡Atenea estaba allí!
Sin pensar, me solté de su abrazo y corrí hacia ella.
–¿Estás bien? –Recorrió mi cuerpo con la mirada. No tardó en fijarse en mi hombro–. Cuando desapareciste… ¡Estaba tan preocupada!
–No tienes por qué hacerlo… Ya hemos aclarado lo que ocurrió y él… –Señalé a Aleksander que ya me había alcanzado–. Él es todo lo que quiero.
–¿Estás segura? –Bajó la voz y se acercó más a mí–. Porque tengo un plan… podemos escaparnos…
–Sí, nunca he estado más segura en mi vida… –Aproveché para observarla yo también con atención… A mi amiga le ocurría algo. Estaba sonrojada, nerviosa…–. ¿Y tú?
Miré tras ella y localicé al motero que siempre acompañaba a Aleksander, el mismo con el que habíamos hablado a la salida del Nocturna y había acusado a Atenea de ser una jáquer.
–Soy Boris, el Beta de Aleksander… –Se acercó a mí en un movimiento fluido; aunque, tal y como había ocurrido en el bar con el resto de los hombres lobo de la manada, evitó tocarme–. No sabes cuánto me alegro de que al fin hayas aceptado a este idiota.
¿Este idiota?
Sus palabras fueron recibidas con un gruñido y una mirada de advertencia. Pero Aleksander no me engañó; en realidad, las palabras de su Beta le habían divertido.
¿Su Beta? Claro que sí. Era su segundo. Para algo tenían que haber servido todos los libros que había devorado.
Tras las presentaciones, Boris volvió a situarse detrás de Atenea, a apenas un par de pasos, vigilándola, con sus ojos pendientes de todos sus movimientos. Estaba pasando algo… Él tenía algo con mi amiga.
Aleksander se adelantó sin decir nada y acortó la distancia entre ellos. En cuanto estuvieron lo bastante cerca, inclinaron levemente las cabezas y comenzaron a hablar en voz baja, intercambiando palabras que no estaban destinadas a oídos ajenos.
–Él… –El rostro de Atenea se llenó de emociones encontradas mientras señalaba a su espalda–. Boris dice que soy su compañera… pero yo…
Por supuesto… Eso era lo que ocurría. ¿Cómo no me había dado cuenta?
–¿Sabes qué son…? –La miré con cautela. Aleksander no me lo había dicho, pero suponía que no debía hablar de ello con cualquiera… aunque fuera mi única amiga.
–Sí… él me lo contó… pero…
La estudié con atención…
–Pero no quieres comprometerte. –La conocía. Nunca lo había hecho y un licántropo esperaba un compromiso de por vida.
–Y me gusta tanto… –Su rostro estaba lleno de confusión.
No tuvimos tiempo para intercambiar más palabras. Lo que fuera que habían estado comentando Aleksander y Boris, ya se había acabado.
–Lira, estoy muy contento de que al fin estés con nosotros. –Boris se había acercado de nuevo y había tomado a Atenea de la cintura–. Tenemos que irnos, Palas, te acompañaré a tu casa.
–Supongo que te quedas aquí… –Atenea me dirigió una última mirada antes de irse.
–No hay ningún otro sitio al que quiera ir.
Mientras veía como Atenea se alejaba, Aleksander ya estaba de nuevo a mi lado. Le sonreí, no podía expresar con palabras la felicidad que me embargaba. El vínculo, esa sensación que sentía en mis entrañas, me proporcionaba una calidez imposible de ignorar.
A nuestro alrededor, la manada se había dispersado en el patio. Unos hablaban, otros reían… La camaradería se sentía en el ambiente.
Con su brazo rodeando mi cintura, buscamos un lugar donde sentarnos en el césped; extendió una manta y me dejé caer en su regazo.
Con mi espalda apoyada sobre su pecho, miré alrededor. Estábamos en una especie de barbacoa… rodeados de toda la manada… cuando Aleksander comenzó a deslizar la mano por debajo de mi vestido…
–Aleksander… –No pude evitar sentirme cohibida–. Tus hermanos…
Me levantó para girarme y sentarme frente a él a horcajadas.
–Mírame, amor… estamos solos. Nadie se preocupa de los demás. Las parejas de la manada festejamos juntos.
Incapaz de apartar la mirada, me recorrió un escalofrío cuando sus dedos acariciaron mi piel repentinamente recalentada… hasta alcanzar ese punto entre mis piernas que me hacía gritar…
No pude evitar que un gemido se escapara de mi garganta cuando dos dedos comenzaron a bombear en mi interior… haciéndome perder el hilo de mis pensamientos.
–Te gusta, amor… –susurró las palabras en mi oído–. La putita insaciable quiere que todos vean lo zorrita que eres… ¿Verdad?
Sacó los dedos y se los llevó a la boca… y en ese momento supe que había dejado una mancha de humedad sobre sus pantalones. A su alrededor siempre estaba húmeda y necesitada… y todo lo demás dejaba de importar.
–Ahora quiero que me bajes la cremallera del pantalón y me la chupes… como la putita obediente que eres.
No dudé, me puse a cuatro patas y bajé su cremallera… mientras él se ponía de rodillas.
O eso intenté porque las cremalleras… dejémoslo claro… las cremalleras y yo… no nos llevábamos bien.
Se atascó, eso es lo único que puedo decir en mi defensa… pero por fortuna, cuando las gotas de sudor ya corrían por mi frente, él acudió en mi ayuda.
–Déjame ayudarte, amor…
Un instante después una polla muy erguida me observaba con fijeza. No perdió el tiempo, cogió mi coleta con una de sus manos mientras me pegaba una sonora nalgada con la otra. Noté como mi centro goteaba…
¡Me sentía tan desesperada!
–Yo… –Me pasé la lengua por los labios. Necesitaba complacerlo. Todo mi ser me exigía que lo hiciera, pero no sabía ni por dónde empezar–. No sé qué debo hacer.
–No te preocupes, amor, yo te ayudaré.
Tiró suavemente de mi pelo mientras dirigía mi boca hacia la cabeza de su polla.
–Trágala toda… hasta el fondo…
Sus palabras lanzaron destellos de lujuria a todo mi ser… justo en el mismo instante que los dedos de su mano libre encontraban mi necesitado botón y comenzaban a trazar círculos perezosos a su alrededor.
No me dejó tiempo para pensar.
Apretó su agarre para sujetar mi cabeza exactamente donde quería y comenzó a follarme sin piedad.
–Eres mía… –Me costaba respirar, las arcadas me asaltaban, pero yo quería complacerlo. Mi cuerpo me exigía hacerlo–. Mi putita personal…
Sus palabras sucias… sus dedos trabajándome… deslizándose hacia mi agujero prohibido…
–Solo para mí… solo para mi polla…
La saliva corría por mis labios, me faltaba el aire, se me nubló la vista… pero me dio igual… Lo necesitaba, necesitaba exactamente eso.
–Todos tus agujeros son míos…
Cuando noté como traspasaba el apretado anillo del músculo… como me follaba primero con un dedo y luego con dos… también allí donde nunca había pensado que nadie entrase…
–Y te follaré dónde y cuándo quiera…
La sensación de tenerlo… en mi boca y en mi culo… de estar al aire libre, rodeada de toda la manada, donde cualquiera podía vernos… Todo ello me hacía sentir tan… caliente.
¡Ardía por él!
Hasta el punto de que…
¡Mi cuerpo estalló de placer!
Justo antes de que llenara mi boca de semen… mientras nuestros gemidos se confundían con la noche.
–Trágatelo todo como la putita que eres… –Todavía recuperándome del orgasmo, sus palabras eran música para mis oídos–. Es todo tuyo… no desperdicies nada y límpiame la polla para dejarla reluciente, amor…
Y eso fue lo que hice… o lo intenté, porque no había acabado cuando ya me había girado para colocarse detrás de mí antes de ensartarme de una sola estocada.
La sensación de mi espalda apoyada contra su pecho mientras él me tomaba por atrás fue tan intensa que creí que me iba a desmayar de puro placer.
No se detuvo, tras apartar los tirantes de mi vestido y dejarlo caer hasta mi cintura, rodeó mi cuello con una de sus manos mientras con la otra apretaba mis pechos con codicia antes de comenzar a bombear su polla una y otra vez estableciendo un ritmo que provocó que estrellas aparecieran en el borde de mi visión.
–Míralos a todos… –Lo obedecí sin dudar.
Era como si estuviera programada para hacerlo.
Mis ojos estudiaron la penumbra que nos rodeaba mientras aceleraba sus embestidas y el placer iba construyéndose en mis entrañas.
No me costó reconocer las parejas, escuchar los gemidos… los suyos… y los míos propios.
Repentinamente, lo comprendí. A los miembros de la manada no les preocupaba que sus hermanos vieran lo que compartían con sus parejas… Me sorprendió descubrir que a mí no me podía parecer más correcto.
–Cualquiera puede verte… –Sus estocadas eran cada vez más profundas, más desesperadas. Solo permanecía erguida porque él me mantenía en mi sitio haciendo uso de toda su fuerza–. Y tú quieres que vean que eres mía, ¿verdad?
–Sí, soy tuya… y quiero que vean que tú también eres mío –confesé con voz entrecortada.
–Eso es, amor… soy tuyo…
Estaba completamente a su merced… Desesperada por él… Necesitada de todo lo que pudiera darme… ¡Quería más!
¡Lo quería todo!
–Muérdeme, por favor… quiero que me muerdas otra vez.
–Por supuesto, amor… De ahora en adelante, dedicaré toda mi vida a darte todo lo que desees.
Y cuando sus colmillos se hundieron en mi piel, el placer nos consumió a ambos, ardiendo entre la pasión y el resplandor de las llamas.