Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XL. Lira.
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XL. Lira.

Me dolía el cuerpo en todos los lugares correctos. Me sentía feliz y completa…

No solo habíamos tenido sexo, me había marcado, me había reclamado como suya…

y yo no podía sentirme más satisfecha. Sería una sensación estúpida, una que no casaba con los tiempos que vivíamos, pero me imaginaba que tenía que ver con algo que me sobrepasaba y que no podía controlar; el vínculo que existía entre nosotros, entre Alexander y yo.

Salí de la cama y me escapé hasta el baño. Estudié mi imagen en el espejo y la cicatriz de su mordedura en mi hombro.

–¿Quién eres?

Mis ojos parecían más grandes y brillantes, mis labios estaban hinchados y del rojo más intenso que jamás había visto y mis mejillas estaban llenas de color.

La cicatriz no tenía mal aspecto. En realidad, sentí una extraña satisfacción al verla allí, donde debía estar.

¿De dónde había salido esa idea?

Lo sabía… otra vez se trataba de lo mismo; el vínculo… Había leído tantas veces sobre él… pero nunca me había imaginado que se sentiría así… tan correcto.

Me pasé la mano por la cicatriz e inmediatamente una especie de corriente eléctrica se disparó entre mis piernas. Junté los muslos de inmediato… Ese hombre… mi compañero le había hecho cosas a mi cuerpo.

¡Por supuesto que sí!

Habíamos tenido sexo de nuevo… No tenía experiencia, pero sabía que había sido absolutamente fabuloso, más incluso que la primera vez en la que el temor a lo desconocido y el inevitable dolor lo habían llenado todo.

Sexo…

¡Sexo!

Tomé aire… mientras algo zumbaba en mi memoria… algo que… De repente lo recordé.

¡Y no habíamos usado protección!

Me eché las manos a la cabeza.

¿En qué estaba pensando?

Me dejé caer en el suelo del baño frustrada.

–¡Soy idiota! Mi torpeza ha alcanzado otro nivel.

No tuve tiempo para regodearme en mi estupidez.

Lo siguiente que percibí fue la sensación de estar volando por el aire, antes de aterrizar en el regazo de Aleksander. Me había llevado de vuelta a la cama y ahora estaba sentado en ella.

–¿Qué ocurre? –Sus ojos me recorrían frenéticamente, como si quisiera asegurarse de que no tenía ningún rasguño–. ¿Alguien te ha molestado? Mis hermanos se aseguraron de que nadie entrase, pero si alguien lo ha hecho… Te juro que…

Tomé su rostro entre mis manos y posé mis labios sobre los suyos durante un instante.

–No es eso… nadie me ha hecho daño, te lo juro.

Entrecerró los ojos como si quisiera asegurarse.

–Entonces… ¿Por qué estabas disgustada?

–¡Soy tan idiota!

–¡No te atrevas a insultarte a ti misma! Eres perfecta.

Lamenté que mis siguientes palabras le hicieran comprender lo equivocado que estaba.

–Yo… nosotros… –Sentí como enrojecía–. No hemos usado protección y tú… a lo mejor creías que tomaba la píldora, pero yo…

No me dejó acabar.

–¿Cuál es el problema? Las enfermedades de los humanos no nos afectan… y tampoco las podemos transmitir. Estoy limpio, te lo aseguro. –Su rostro estaba lleno de desconcierto.

–¡Puede que esté embarazada!

Sus ojos cambiaron al instante, como si una chispa antigua y profunda se encendiera en su interior. El anhelo que los llenó no tenía nada de duda, solo una intensidad casi reverente.

–¿Embarazada? –susurró, llevando la mano a mi vientre con una delicadeza inesperada–. ¿Hemos tenido tanta suerte?

Parpadeé, desconcertada por su reacción.

–¿No te preocupa?

Él entrecerró los ojos ligeramente y su expresión se suavizó mientras me sonreía con calidez.

–¿Por qué habría de preocuparme? –respondió con calma–. Somos compañeros. Estamos unidos… Tener un cachorro contigo no es un problema, es…

Hizo una pausa breve, como si saboreara la idea.

–Es mi mayor deseo.

Sus palabras me descolocaron por completo.

–¿Lo dices en serio?

–Claro que sí –afirmó sin vacilar–. ¿Tú no piensas lo mismo?

Abrí la boca, pero ninguna respuesta salió de inmediato. La verdad era incómoda en su sencillez; nunca me lo había planteado. No de verdad.

–Yo… no lo sé.

Entonces sus manos enmarcaron mi rostro, obligándome a sostener su mirada.

–Déjame hablarte claro, amor –dijo con firmeza, aunque su tono seguía siendo suave–. Tú eres mi prioridad absoluta. Lo único que quiero es verte feliz a mi lado. Desde el momento en que te marqué, tu cuerpo y el mío se han sincronizado. Permaneceremos juntos hasta el final de nuestros días.

Tragué saliva, sintiendo el peso de sus palabras.

–Somos más longevos que los humanos –continuó–. Es la forma en la que la Diosa se asegura de que nuestras parejas, aunque no pertenezcan a nuestro linaje, permanezcan a nuestro lado a pesar del paso del tiempo.

Un leve escalofrío recorrió mi espalda. Sabía lo que implicaba, pero escucharlo en voz alta lo hacía mucho más real. Disfrutaría de más años de los que me correspondían porque me había unido a él.

–Ya no eres solo una mujer –añadió, sin dureza, pero con absoluta convicción–. Eres mi compañera. Y eso significa que tu felicidad está por encima de todo lo demás.

Sus pulgares acariciaron mis mejillas con suavidad.

–Si deseas cachorros, los tendremos. Y si no los quieres… entonces no los tendremos.

Se inclinó apenas, apoyando su frente contra la mía.

–Pero la decisión será siempre tuya.

–¿Te conformarías si decidiera no tenerlos? –No sabía lo que quería, pero necesitaba esa respuesta.

Tomó aire antes de dedicarme una mirada llena de intención.

–Por supuesto, pero eso no significaría que no intentase convencerte de lo contrario.

Se me escapó una risa baja… no quería ni imaginarme lo que haría para lograrlo, aunque tenía una ligera idea.

–Así que dime, amor… ¿quieres que te acompañe a la farmacia a comprar algo para asegurarnos de que no te quedes embarazada?

Me perdí en el ámbar de sus ojos… y en ese instante supe la respuesta.

Jamás me había imaginado siendo madre; ni siquiera había considerado esa posibilidad.

Había crecido sin la presencia de unos padres y, hasta Aleksander, nunca había tenido una pareja.

Tener hijos era una idea lejana, abstracta, algo ajeno a mí.

Pero mientras hablaba con él… con Aleksander, con el hombre lobo al que amaba… la idea de traer al mundo un hijo suyo dejó de parecer imposible y se volvió intensamente real.

–No… no quiero eso… Te quiero a ti… –Una certeza inesperada se abrió paso en mi pecho–. Quiero una vida contigo… ¡Lo quiero todo contigo!

–¿Incluso hijos?

–También hijos.

Al escuchar mi respuesta, se abrió paso en su rostro una sonrisa tan amplia que me quedé momentáneamente deslumbrada.

–Pues entonces, amor… habrá que practicar mucho… –Me guiñó un ojo y a punto estuve de tener un ataque al corazón–. Pero primero…

Señaló una bandeja de comida encima de la mesita. Tomé aire y, entonces, me di cuenta del aroma que me rodeaba.

–Eso huele de maravilla.

–Lo sé, amor… pero primero tengo que cuidarte…

Cuando vi como tomaba la pomada y me miraba con picardía… estuve a punto de desmayarme.

Dos orgasmos después, al fin pude comer… pero no me lo puso fácil.

Completamente desnudo, acomodado en el cabecero de la cama, con su espalda contra la pared y su polla furiosa y muy dura entre sus piernas, hizo un gesto con su dedo para que me subiese a su regazo.

–¿Ya estás duro otra vez?

–Vete acostumbrándote, porque a tu lado SIEMPRE estoy duro, amor.

Un instante después me había empalado con ella y… ya no recordaba ni mi nombre.

–Yo… no… No puedo… –Con mi espalda apoyada en su pecho, sus manos torturando mis pezones y sus labios besando mi cuello… apenas podía respirar–. No puedo comer así.

Me sentía llena… desesperada… dominada por la lujuria…

–Lo harás… –Mordisqueó el lóbulo de mi oreja mientras su voz mandaba ondas de placer a mi centro necesitado–.

Sabes que eres mi mundo, amor, pero eres un poco torpe y esta es la única forma en la que me puedo asegurar de que no sufres ningún accidente, de que no te partes la crisma… Así estás completamente segura.

–Estás… –No era solo su voz; era su cercanía, su calor, su aroma, sus labios, sus manos… su polla enterrada en mis entrañas–. Tú estás loco.

–Por ti…