Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XXXIX. Aleksander.
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XXXIX. Aleksander.

La había marcado… y en ese gesto primitivo, casi salvaje, había una certeza que me recorría por dentro con una intensidad imposible de ignorar. Ella era mía… completamente mía. Mi lobo y yo, por primera vez en mucho tiempo, estábamos en paz.

«Nuestra compañera».

No había dormido ni un solo instante. No podía.

Cada sonido, cada respiración suya, cada leve movimiento en la cama me mantenía alerta.

Necesitaba asegurarme de que nada ni nadie la perturbara, ni siquiera en sueños.

Había esperado demasiado para encontrarla, había cometido demasiados errores como para permitir que algo saliera mal ahora.

La forma en la que me había aceptado, en la que me había confesado que deseaba que la marcase… sin reservas, sin huir esta vez… ardía aún bajo mi piel. Su entrega no era debilidad; era confianza. Y eso, para alguien como yo, era más poderoso que cualquier juramento.

Ella era todo lo que necesitaba. Todo lo que quería.

Ella era mía.

Y no volvería a arriesgarme a perderla.

Me incliné sobre ella con cuidado, como si temiera romper algo frágil y deslicé mis labios por su hombro, donde la cicatriz había comenzado a cerrar. Su piel seguía tibia, suave, con mi olor mezclado con el suyo.

Una vez marcada, nuestros cuerpos se habían sintonizado el uno con el otro. Aunque seguía siendo una frágil humana, su existencia había quedado enlazada a la mía como un juramento antiguo. Desde ese instante, compartiría mis años, mis siglos, mi destino. Viviríamos juntos y moriríamos juntos.

La necesidad de volver a tomarla era tan intensa… pero antes tenía que cuidarla.

–Amor… –murmuré en su oído–. Tengo que alimentarte.

El sol ya estaba alto; la mañana había avanzado sin que me diera cuenta. Y aunque cada parte de mí prefería quedarse allí, reteniéndola entre mis brazos, sabía que no podía retrasarlo más.

–Aleksander… –su voz, aún adormecida, me atravesó.

–No te muevas –añadí con suavidad, apartándome apenas. No quería que volviera a pensar que me había ido, que la había apartado de mí… otra vez–. Volveré pronto.

Me obligué a separarme de ella y, antes de salir de la habitación, lancé una última mirada a la cama. Grabé la escena en mi memoria; su cabello extendido sobre la almohada, su respiración lenta, la calma que por fin la envolvía.

En cuanto crucé la puerta, llamé a dos de mis hermanos. No tardaron ni un segundo en aparecer.

–Guardia aquí –ordené en voz baja–. Nadie entra, nadie sale. ¡Nadie!

Intercambiaron una mirada, entendiendo sin necesidad de más palabras. Mi compañera tenía carácter… más del que había anticipado. Y la idea de que volviera a desaparecer, de perderla otra vez, no era algo que pudiera tolerar.

Bajé hacia la cocina comunitaria con paso firme, pero antes de llegar, los gritos procedentes del bar me hicieron detenerme.

Fruncí el ceño.

Eso no era normal.

Al asomarme, lo que vi no encajaba con la rutina habitual. Los coños del club habían desaparecido y, en su lugar, media docena de mis hermanos rodeaban la escena que se desarrollaba con una mezcla de tensión y curiosidad contenida.

En una de las esquinas, Boris sujetaba a una mujer.

No… no solo la sujetaba. La mantenía atrapada contra uno de los sofás, su cuerpo formando una jaula a su alrededor. Las pupilas de mi Beta estaban dilatadas, su respiración irregular y tenía el rostro hundido en el hombro de la desconocida, como si el mundo dependiera de ese contacto.

La mujer no dejaba de luchar.

–¡Suéltame! –gritaba, golpeándolo con la cabeza en un intento desesperado–. ¡Quiero verla! ¡Sé que está aquí!

Boris ni siquiera se inmutó.

–Eres mía…

Las palabras, cargadas de posesión, hicieron que una sonrisa lenta se dibujara en mi rostro.

No sabía exactamente qué estaba ocurriendo… pero sí reconocía ese estado, ese impulso, esa certeza. Había encontrado a su compañera.

Me acerqué con cautela. La mirada de Boris, oscura y afilada, me advirtió antes incluso de que hablara; su lobo estaba al mando… y en modo territorial. Si me acercaba, a pesar de todo lo que nos unía… de que yo era su Alfa… no dudaría en atacarme.

Uno de mis hermanos murmuró a mi espalda.

–Apareció hace media hora. Dice que es amiga de tu compañera… y que la tenemos retenida.

Eso sí era interesante.

Me puse en cuclillas frente a ellos, ignorando el gruñido bajo que vibró en el pecho de Boris.

Estudié a la mujer con atención y no tardé en reconocerla a pesar de la furia que dominaba su rostro.

Era la amiga de Lira, la había visto más de una vez a través de las cámaras e incluso me la había cruzado en el Nocturna.

–¿Cómo te llamas?

–¡No hables con mi compañera! –Boris ladró las palabras. Me costaba reconocer su voz. Su lobo estaba al borde.

Casi rodé los ojos. Le había dado fuerte…

¡Como si a mí no me hubiera pasado lo mismo!

Incliné la cabeza, manteniendo la voz firme pero controlada.

–Está buscando a Lira. Está preocupada… Está sufriendo por ella. ¿No quieres evitarle ese dolor?

El cambio fue inmediato. No completo, pero suficiente. Sus ojos parpadearon, la comprensión abriéndose paso entre el instinto y sus brazos cedieron… solo un poco. Lo suficiente para que la mujer aprovechase el momento para liberar su cuerpo… en apariencia.

–Me llamo Atenea… –dijo con un deje desafiante–, pero tú, orco manipulador, puedes llamarme Palas Atenea.

Una sonrisa tiró de la comisura de mis labios. Ladeé la cabeza, buscando la mirada de Boris.

–Lo sabías…

La jáquer, el virus… tenía que ser ella… y él debía saberlo… por eso se había negado a que yo interviniera. Recordé lo que le había dicho, como la había amenazado. Mi Beta sabía desde hacía tiempo quién era aquella humana y lo que era para él.

Todos teníamos secretos. Boris no era una excepción.

–Sí y si le tocas uno solo de sus pelos… te mataré… –El cuerpo de mi Beta se crispó. Supe que nunca había sido más sincero…

–Hermano, tienes mi palabra. –Mi voz fue un susurro, pero que lo calmó de inmediato. Los años juntos hablaban por mí.

–¿Qué se supone que sabes? –intervino ella, claramente irritada por quedar al margen.

Volví a mirarla.

–¿Eres tú quien ha estado saboteando nuestros sistemas?

–¡Por supuesto! –respondió sin dudar–. ¡Y quiero ver a Lira!

Su tono era firme, pero su cuerpo contaba otra historia. Mi olfato no mentía. Bajo la rabia, el miedo… había otra cosa. Estaba excitada por la cercanía de su compañero. Era una reacción instintiva, imposible de ocultar.

No dije nada. No tenía ninguna intención de provocar a mi Beta en ese estado.

Solté una breve carcajada.

–Lira está bien y en mi cama –afirmé–. Te lo puedo asegurar.

Sus ojos se clavaron en los míos.

–¿Cómo puedo creerte?

–Si te quedas por aquí… –A Boris se le escapó un gruñido bajo ante la posibilidad de que se fuese–. Lo podrás comprobar por ti misma.