XXXVIII. Lira.
Era un lobo…
¡Un licántropo!
¡El Alfa de su manada!
Toda mi vida leyendo libros de fantasía… y tenía ante mí una fantasía real.
¡Y Brian era un vampiro!
No sabía qué pensar ni qué decir…
Pero no era solo eso. Él me amaba. Acababa de confesar que lo hacía. Y sus palabras habían provocado que mi corazón comenzase a saltar.
Me tomó entre sus brazos y una sensación de paz me rodeó; el vínculo… claro que había leído sobre el vínculo sagrado entre un licántropo y su pareja.
¿Cómo algo así podía ser real?
Ser objeto de ese tipo de devoción…
Para la niña que había sido, aquella a la que sus propios padres habían abandonado.
Para la joven que solo había tenido a Atenea a su lado para hacer frente a las burlas.
Para la mujer en la que me había convertido, que había perdido a sus abuelos… a la única familia que le quedaba en el mundo…
¡Era un sueño hecho realidad!
Rodeada de su calor, me llevó hasta un coche que no había visto llegar…
–Tu coño está todavía palpitando, amor… dejaremos la moto para otro día.
En su regazo, regresamos a su… Guarida mientras las preguntas se agolpaban en mi mente.
¿Cuánto de lo que había leído se correspondía con la realidad?
Había mencionado la manada, el vínculo…
¿Iba a marcarme?
¿Iba a morderme?
Cerré los ojos un instante.
¿Por qué la idea no me parecía descabellada?
¿Descabellada?
Por algún motivo, sentía que eso era lo correcto, que necesitaba que lo hiciera… ¡Lo necesitaba con desesperación!
Me mordí el labio mientras notaba un cosquilleo crecer en mi hombro y el deseo, ahora ya sabía lo que significaba, palpitaba entre mis piernas.
–Amor… me gustaría saber qué esconde esa mirada…
–Yo… –No sabía si debía decírselo. No sabía cómo hacerlo, en realidad. Las sensaciones eran demasiado abrumadoras.
–No te preocupes, soy paciente… y sé cómo convencerte para que me lo digas.
En cuanto el coche se detuvo, me llevó de vuelta a su habitación. Estábamos en la Guarida… de los lobos, por supuesto. Y todos aquellos con los que nos cruzábamos… eran, al igual que él, licántropos, hombres y mujeres lobo…
¡Me iba a estallar la cabeza!
Pero decidí concentrarme en el hombre… lobo que me mantenía segura entre sus brazos.
En cuanto me dejó sobre la cama, su mirada devoró mi cuerpo mientras se quitaba los pantalones de dos patadas.
Cuando vi su cuerpo desnudo, no pude evitar comenzar a babear. Me estiré para alcanzarlo, pero él fue más rápido.
–Y ahora… vas a recibir tu castigo por haberte ido.
–¿Mi castigo? –Lo miré desconcertada.
En un instante, había atado mis manos y brazos a los postes de la cama y me había desnudado.
No había contado con su velocidad…
Por supuesto, eso también era verdad. Se movía con una velocidad imposible para cualquier ser humano porque él no lo era y gracias a eso más de una vez se había interpuesto entre mi vórtice de torpeza… y el desastre.
–No me mires con esos ojos, amor… ya sabes que somos rápidos.
Intenté liberarme, pero fui incapaz. Las cintas de tela estaban flojas sobre mi carne, pero era algo engañoso. Si tiraba de ellas permanecían firmes sin posibilidad de escapatoria.
Me mordí el labio… me sentía indefensa y completamente excitada. Supe que ese lugar entre mis piernas se había encharcado.
Vi como tomaba aire… y supe que me había olido… había olido mi evidente excitación.
¡Por supuesto que lo había hecho! ¡Era un lobo!
De hecho, siendo un licántropo, seguramente siempre había sido muy consciente de la forma en la que reaccionaba ante él.
Otra pieza encajó en el rompecabezas que intentaba resolver en mi mente. Un rompecabezas que tuve que descartar en cuanto vi la sonrisa ladina que aparecía en su rostro antes de alejarse de la cama.
Al verlo, mi respiración se aceleró con anticipación; hasta que vi como regresaba con una pomada en la mano y mirada pícara.
–Jamás vuelvas a huir de mi lado…
–Yo… Yo…
No pude responder, tras situarse entre mis piernas, hundió su rostro en mi centro dejándome sin aliento.
Su lengua fue una tortura.
Sus dedos un suplicio.
Y su boca…
¡No podía pensar… solo sentir!
Mientras mis gemidos llenaban el aire, la lujuria… y mi necesidad por él me enloquecieron. Estar allí a su merced… era más de lo que podía soportar.
¡Y exploté!
Cuando logré recuperarme del orgasmo y mi cerebro volvió a reconectarse, lo descubrí arrodillado entre mis piernas con sus dedos acariciando perezosamente mi clítoris mientras sus ojos no se apartaban de mi rostro.
–¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué te fuiste?
Su toque perezoso amenazaba con volver a enloquecerme.
–Pensé, creí que me ibas a rechazar… otra vez… –Me costaba hablar.
–¿Eso creías?
Tomó la pomada y… para mi absoluta sorpresa, noté como la aplicaba en mi mismo centro. ¡Me deshice entre sus dedos!
Pero él no se detuvo… No parecía dispuesto a hacerlo.
–Jamás vuelvas a pensar eso ni por un momento… –Se tumbó sobre mí y tomo uno de mis pezones en su boca antes de chuparlo y soltarlo con su sonoro pof …
No había superado el anterior orgasmo… y estaba a punto de correrme otra vez.
–Porque no puedo vivir sin ti… y jamás volveré a cometer ese error… ¡Jamás te alejaré de mi lado! –Sus labios en mi otro pezón, provocaron que mi cuerpo saltara con anticipación.
Cuando lo soltó, gemí de necesidad.
–¿Lo has entendido?
Como si quisiera reforzar su punto, tomó mis labios dejándome sin aliento.
–No te oigo, amor.
–Sí… sí… sí…
Mi respuesta pareció gustarle y se separó de mí para sentarse otra vez sobre sus talones entre mis piernas abiertas.
–Me complaces tanto… –Sus ojos se quedaron prendidos entre mis piernas. Inmovilizada y abierta para él, podía verlo todo… podía verme por completo… y yo solo podía arder–. Estás tan caliente… tan mojada y caliente por mí…
Bajándose otra vez de la cama se dirigió a una pequeña nevera en la que no había reparado y sacó algo… que no me costó reconocer.
–¿Helado?
–Creo que una vez me ofreciste helado. ¿Lo recuerdas? –Por supuesto que lo recordaba… Frente a la puerta de mi buhardilla, cuando él…–. Tengo que confesarte que nunca lo he probado… y ya es hora de que lo haga…
Cuando se llevó una cucharada a la boca y después la untó sobre mi cuerpo enfebrecido con su lengua, estuve a punto de correrme… otra vez.
Pero quería más… mucho más… ¡Lo quería todo!
–Te necesito…
Ignoró mis ruegos… mientras volvía a llenar su boca de helado y volvía recorrer mi cuerpo dejando un rastro de escalofríos y deseo a su paso.
–¿Qué necesitas?
Se detuvo un instante para mirarme… el ámbar de sus ojos un delgado anillo bajo sus pupilas dilatadas.
–Necesito que pongas tu… –Enrojecí… nunca había usado esa palabra…
Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro. No me lo iba a poner fácil.
–Ponle nombre, amor. Sé que eres una putita ansiosa… dime qué necesitas…
Sus palabras sucias me incendiaron más. Me iba a obligar a decirlo…
–Tu polla… ¡Necesito tu polla! –Y lo hice.
–Mucho mejor… –Me guiñó un ojo.
Su sonrisa se amplió mientras situaba su polla entre mis pliegues necesitados…
–Y dime amor… ¿qué estabas pensando en el coche?
–Yo…
–Soy tu compañero, amor… El dueño de tu cuerpo, de tus pensamientos y de tu maldita alma… –Sin dejar de mirarme, hundió la cabeza de su polla en mi entrada, pero se detuvo… para mi absoluta desesperación–. ¡Dímelo!
Se me escapó un gemido mientras intentaba alcanzarlo, pero era imposible, las ataduras no cedieron.
Se retiró y volvió a repetir el movimiento desquiciándome por completo.
–No te oigo…
Desesperada, grité la verdad.
–Me preguntaba… Me di cuenta de que deseaba que me marcases… que mordieses mi hombro y me reclamases como tuya.
Sus ojos se oscurecieron aún más por mi confesión y… sin decir una sola palabra, de una sola estocada me clavó en la cama. La pomada había calmado mi carne dolorida… El placer estalló en mi vientre y me corrí con fuerza.
Cuando logré recuperarme, él estaba profundamente enterrado en mi interior, observándome con una adoración en sus ojos que casi me dieron ganas de llorar.
–Te amo, Lira… con todo mi cuerpo y mi ser… y te lo voy a demostrar.
Sujetándome firmemente de las caderas, comenzó a enterrarse una y otra vez entre mis piernas… con una fiereza que, en vez de aterrarme, me enloqueció aún más por él.
–Me tomas tan bien, amor…
Apenas escuchaba sus palabras.
–Tan profundo…
Estaba perdida en la lujuria.
–Tan perfecta…
No parecía tener suficiente… y mientras explotaba en un nuevo orgasmo, ya había perdido la cuenta, él había liberado mis piernas y mis brazos y me había puesto boca abajo, de rodillas, mis brazos incapaces de soportar mi propio peso.
–Mi lobo y yo te amamos… –Tomó mi pelo en un puño y me obligó a girar la cabeza y mirarlo. El placer era tan intenso que veía las estrellas–. Te deseamos… porque eres nuestra.
Y mientras me volvía a tomar fuerte y duro, fui muy consciente de como el aire cambiaba… justo antes de notar como sus colmillos se hundían en mi hombro arrastrándome a un mundo de pura dicha al que él me acompañó un par de estocadas después.
–¡Mía! –Su voz fue un lejano eco del que apenas fui consciente desde el lugar a donde Aleksander… mi compañero me había llevado.
Un instante después estaba entre sus brazos y el cosquilleo en mi hombro era la prueba de que todo había cambiado…
–Nunca vuelvas a esconder lo que deseas, amor… –Sus manos estaban masajeando mis muñecas y mis tobillos, allí donde me había atado.
–Yo… –¿Por qué me gustaban tanto sus palabras? Era tan mandón… pero, por algún motivo retorcido, quería que siguiera siéndolo. Podía pensar que era el vínculo, pero sabía que era algo más.
–Porque lo averiguaré de una forma u otra… –Acarició mi mejilla mientras me recostaba en la cama y corría hacia el baño para volver con un paño templado con el que limpió mi cuerpo con infinita delicadeza.
Después de aplicarme pomada… en ese lugar otra vez, beso mi coño, se tumbó a mi lado y nos cubrió con las sábanas antes de envolverme con sus fuertes brazos.
Sí, sabía que era mucho más que el vínculo…
–Aleksander… –Necesitaba confesárselo. Era suya. No podía negarlo–. Te amo… te amo tanto… que cuando te tengo cerca, ardo…
–Pues entonces… ardamos juntos.