Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XXXVII. Aleksander.
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XXXVII. Aleksander.

No me costó encontrarla.

Su olor seguía fresco, impregnando el aire, marcando el camino como un hilo invisible que solo yo podía seguir. Cada paso que daba por los pasillos de la Guarida era instinto puro, necesidad. No había duda. No había pausa.

Solo su aroma en mi nariz y en mi cabeza la pura determinación por encontrarla.

Muy pronto alcancé la calle y supe que debía tomar mi moto.

Mientras el motor rugía bajo mis piernas, algo empezó a abrirse paso entre la urgencia y el desconcierto por su desaparición; la comprensión.

La respuesta me golpeó con una claridad brutal.

Después de cómo la había tratado en el pasado…

Después de lo que habíamos compartido bajo las sábanas…

Había abandonado la cama sin explicaciones, sin una palabra que calmara la incertidumbre.

Y se había despertado sola… dolorida y confundida.

No me costó imaginar lo que habría pensado… al no verme a su lado.

–¡Mierda! –gruñí, pasando una mano por mi rostro–. No podía haberlo hecho peor.

No había excusa para mi comportamiento. Ninguna. Su bienestar debía haber sido mi absoluta prioridad… y creía haberlo hecho así, pero se me había olvidado… proporcionarle las explicaciones que necesitaba.

Aceleré… y muy pronto supe hacia donde me dirigía.

No había amanecido cuando alcancé el edificio… la vi… y todo lo demás dejó de importar.

Hasta que descubrí que no estaba sola.

Brian, el chupasangres, estaba con ella otra vez.

¿Qué más tenía que hacer para hacerle comprender que ella era mía?

No pensé.

No razoné.

Solo reaccioné.

Me bajé de la moto a toda velocidad, mientras Lira se giraba hacia mí. En sus ojos vi alivio y sorpresa. Por supuesto, ella no esperaba verme allí. No le había dado ningún motivo para hacerlo. Tendría que arreglar eso, pero más tarde.

–Lira, apártate de él…

No le dije nada más, solo podía pensar en el vampiro a su lado.

La furia explotó en mi interior como una detonación y, antes de que pudiera contenerla, ya me estaba transformando; huesos quebrándose, músculo desgarrándose, piel cediendo ante la bestia que reclamaba el control…

No me importó quién pudiera verlo.

No me importó nada.

En un instante estuve sobre él.

Lo alejé de ella con una fuerza brutal, una que provocó que su cuerpo impactase contra el suelo varios metros más allá.

–¿Cómo te atreves?

Mi voz no sonaba humana. Era un rugido cargado de odio, de posesión y de algo mucho más oscuro.

Me abalancé sobre él.

Iba a matarlo.

A arrancarle la garganta.

A borrar su existencia.

La sorpresa jugó a mi favor; no tuvo tiempo de reaccionar, de mostrar sus colmillos, de defenderse… ¡Era mío!

E iba a acabar con él.

–Alfa… ella está aquí.

La voz de Boris atravesó la niebla roja en mi mente como un golpe seco.

Me detuve, giré la cabeza y la vi.

Lira estaba sentada en el bordillo de la acera temblando… llorando.

Y yo…

Yo solo era un monstruo.

Había adoptado mi forma de lobo delante de ella.

Delante de una humana que no sabía nada de nuestra existencia.

Delante de mi compañera, delante de Lira.

El aire se me quedó atrapado en el pecho.

–Apártalo de mi vista –ordené, con un gruñido bajo.

No esperé por una respuesta. Cerré los ojos, obligando a la bestia a retroceder, a cederme el control. Tenía que tranquilizarla, tenía que asegurarme de que comprendiera que yo jamás la dañaría. Nada importaba más que ella.

Cuando abrí los ojos, ya había recuperado mi forma humana.

Boris apareció a mi lado sin hacer ruido, tendiéndome unos pantalones desde la alforja de su moto. Le lancé una mirada breve, agradecida, antes de ponérmelos.

Después… solo quedó ella. Me acerqué despacio como si cualquier movimiento brusco pudiera hacerla desaparecer.

Me senté junto a ella y, con cuidado, la atraje hacia mi regazo. Su cuerpo estaba rígido, congelado por el shock.

–¿Qué… eres? –susurró, con la voz quebrada.

No aparté la mirada de sus ojos mientras comenzaba a acariciar su espalda, trazando patrones que trataban de proporcionarle la estabilidad que necesitaba.

–Te gustan los libros de fantasía… –murmuré, intentando suavizar el momento–. ¿No lo imaginas?

Negó levemente, aun temblando mientras se secaba las mejillas con las manos. Al menos, había dejado de llorar.

–Me gustan los libros… pero tú… Tú eres real.

Asentí despacio.

–Soy un hombre lobo… un licántropo… el Alfa de mi manada.

Parpadeó, como si su mente se negara a aceptar las palabras.

–No puede ser…

Señalé en dirección a Boris donde, junto a dos más de mis hermanos que también me habían seguido, estaban arrastrando a Brian. Era el momento de ser completamente sincero.

–Y él es un vampiro, un chupasangres.

–¡No puede ser!

Una pequeña sonrisa tiró de mis labios, más por la incredulidad en sus ojos que por diversión. Había dejado de temblar y no me miraba con miedo, sino con desconcierto. Y eso… eso era algo con lo que podía trabajar.

–Es la verdad, amor. Tus ojos no te engañan, me viste en mi forma de lobo al igual que viste sus colmillos –dije con suavidad.

Lira me bebió con la mirada durante un largo instante mientras el desconcierto en su rostro iba dando paso a algo más…

–Tu lobo es hermoso…

Tres simples palabras que hicieron que mi lobo saltase en mi interior. Ella era más que perfecta para nosotros; ella era la única.

–No tanto como tú, amor. –No podía ser más sincero.

Vi como sus ojos se llenaban de preguntas… y la sonrisa se amplió en mis labios.

–¿Todo lo que ponen los libros…? ¿Todas esas historias son reales?

–No sé lo que ponen los libros… Pero sí sé que a pesar de que vivimos en las sombras, algunos humanos siempre han conocido de nuestra existencia, así que…

–Recorrí con mi nariz su cuello. Su aroma era adictivo–.

No es extraño que aparezcamos en los libros, aunque nos hayamos asegurado de que la humanidad crea que somos una leyenda.

En sus ojos brilló la sospecha.

–¿Cómo Iván y Masha? ¿Ellos saben…?

–Sí… son buenos amigos de la manada…

–Por supuesto… –Miró detrás de mí a mi Beta y mis hermanos–. La manada.

–Amor, ya sé que todo es nuevo; pero no te preocupes, te acostumbrarás.

–Pero… entonces… –Noté como se tensaba–. ¿Tú y yo?

Besé su mejilla. Necesitaba consolarla de algún modo.

–Conoces la respuesta. Tú lo sientes… el vínculo… lo que hay entre nosotros.

Tragó saliva.

Sabía que estaba siendo demasiado directo, pero necesitaba que lo comprendiera.

–Sí… lo siento… ¡Por supuesto que lo siento! –Su cuerpo se relajó contra el mío al comprenderlo–. Pero… ¿por qué me alejaste? ¿Por qué me dijiste todas aquellas cosas?

La pregunta me golpeó más fuerte que cualquier ataque.

Bajé la mirada un instante.

–Porque ser un hombre lobo no me hace menos idiota –admití con sinceridad–. Tenía miedo… miedo de que lo que soy fuera demasiado para ti… de romperte y de que me rechazaras en el proceso.

Era la primera vez que admitía toda la verdad de lo que había pasado, pero ella necesitaba saber y yo necesitaba reconocer que no podía haber sido más cobarde.

Sus ojos se suavizaron apenas.

–Pero…

–Y como no era capaz de alejarme de ti, hice todo lo que pude para que me odiaras…

–Me hiciste mucho daño… –murmuró las palabras, pero no por eso me sentí menos culpable.

–Lo sé… y no sabes cuánto lo lamento… –mi voz bajó, cargada de una verdad que no podía negar–.

Intenté recuperarte, pero te hice más daño en el proceso.

En el Nocturna… lo que pasó… ¡No podía haberlo hecho peor!

Te juro que no cometeré otra vez el mismo error; porque te amo, Lira, te amo tanto que mi vida ya no tiene sentido si ti.

Una tímida sonrisa apareció en su rostro, una que iluminó todo mi mundo.

–¿Me amas?

–Con todo mi ser… Odio que dudes de mí, pero pienso dedicarme a demostrártelo todos los días de mi vida. ¿Podrás perdonarme?

Su sonrisa dominó su rostro.

–Creo que, después de lo que hemos compartido esta noche, está claro que sí… Te he perdonado, pero cuando me desperté sola… –Me abrazó–. Yo…

La acerqué un poco más.

–Quería cuidarte y dormías tan plácidamente que no quise despertarte… Me fui solo un instante por comida… y algo para ayudarte con el dolor.

Frunció el ceño, aun tratando de encajar cada pieza.

–¿Y por qué lo has atacado? ¿Por qué te has peleado con Brian?

–Porque te quiere para él… y yo no puedo soportarlo.

–Pero…

–Soy muy celoso, amor… Demasiado en realidad, pero no lo puedo remediar. Si veo a un macho cerca de ti… pierdo la razón.

–Pero solo estábamos hablando. ¡No quiero que le hagas daño!

No me gustaron sus palabras, porque yo sabía… sabía que él quería mucho más que hablar, pero no le llevé la contraria. Mi única preocupación era verla feliz.

–No temas. Es un vampiro… aunque quisiera, es difícil hacerle un daño duradero a un chupasangres.

–Todo es tan extraño. Yo… No acabo de entenderlo por completo –me confesó.

–Lo harás, amor –prometí–. Te lo explicaré todo.

Deslicé una mano por su cabello todavía suelto.

–Pero ahora… necesito que vuelvas conmigo. –Mi pulso se aceleró–. Por favor, regresa a la Guarida de la manada conmigo, Lira.