Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XXXVI. Lira.
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XXXVI. Lira.

Desperté sola en medio de la enorme cama de hierro forjado.

Y el dolor fue lo primero que sentí.

No era solo físico, aunque estaba ahí, punzante, recordándome lo que había hecho; sino algo más profundo, más difícil de ignorar. Una opresión en el pecho, una incomodidad que no sabía cómo nombrar.

Buscando alivio… giré el rostro hacia el otro lado de la cama…

Y la encontré vacía.

¡Claro que se había ido!

¿Qué había esperado exactamente?

¿Que se quedara?

¿Que aquello significara algo para él?

Una risa amarga se me quedó atrapada en la garganta.

La realidad me golpeó con fuerza, sin suavidad alguna.

Había vuelto a hacerlo.

Había vuelto a caer como una idiota.

Lo vi todo con claridad; sus celos al verme con Tomás, la forma en la que había reaccionado, cómo me había arrastrado hasta allí convencido de que sentía algo por él. Y yo… yo me había comportado justo como él esperaba.

Había participado en su juego.

Y había perdido.

La dolorosa verdad era que no me quería, pero tampoco soportaba verme seguir adelante.

Quizás era uno de esos hombres incapaces de aceptar que una mujer pudiera reconstruir su vida al lado de otro.

De los que necesitaban tenerte siempre al alcance de la mano, aunque te mantuvieran a distancia con su indiferencia.

De los que confundían el cariño con la posesión y estallaban de rabia en cuanto decidías poner límites y recuperar tu libertad.

No tendría experiencia con los hombres, pero no era la primera vez que veía ese patrón en mi entorno.

¡Y había caído en su trampa!

Cerré los ojos con fuerza.

No… No podía cargarle con toda la culpa.

Yo había estado allí. Yo había decidido no detenerlo. Mi propia estupidez me había llevado hasta ese punto.

Mi cuerpo traicionero, ese que nunca lo había olvidado, me había arrastrado a aquella situación.

Con un suspiro tembloroso, me incorporé con cuidado. Cada pequeño movimiento me recordaba lo reciente que era todo, lo real que era. Pero había algo más urgente que el dolor; tenía que irme.

No podía quedarme allí esperando a que volviera. No iba a darle el poder de echarme, de mirarme como si no significara nada.

Cuando aparté las sábanas, el rastro de sangre entre mis piernas me hizo fruncir el ceño. Era una confirmación silenciosa de lo que ya sabía; ya no era la misma.

Y, aun así… una parte de mí, una en la que no quería pensar demasiado, se alegraba de que hubiera sido él… de que Aleksander… el orco hubiera sido el primero con el que había compartido mi cuerpo... El primero con el que había tenido sexo.

Era absurdo, quizás confuso… pero cierto.

Negué con la cabeza, apartando ese pensamiento y me dirigí al baño anexo. Me limpié con rapidez, evitando mirarme demasiado en el espejo… hasta que una idea irrumpió de golpe en mi cabeza.

Me quedé paralizada.

¡No habíamos usado protección!

Y yo no tomaba nada.

El aire escapó de mis pulmones.

–No… no… ¡No!

El pánico llegó en oleadas.

¿Y si me quedaba embarazada?

¿Y si me había contagiado algo?

¿Y si…?

Me llevé una mano a la frente, sintiéndome completamente sobrepasada.

–¿Se puede ser más idiota? –susurré, con la voz rota.

Necesitaba la píldora del día después.

Necesitaba información.

Necesitaba ayuda.

¡Y no podía esperar!

Salí del baño con prisa, recogiendo mi ropa y mis cosas sin orden ni cuidado. Me vestí casi sin pensar y abrí la puerta, asomándome al pasillo.

Me recibió un silencio extraño, uno que decidí ignorar. La noche anterior me había cruzado con varias personas, pero esperaba que ahora tuviera suerte.

No quería ver a nadie.

No quería que nadie fuera testigo de mi estupidez.

Avancé con cautela, pegándome a las paredes, evitando hacer cualquier ruido y rezando a cualquier dios que me estuviera escuchando para que mi torpeza habitual no se abatiese sobre mí, llamando la atención.

Mi corazón latía demasiado rápido, como si temiera que alguien, él, pudiera aparecer en cualquier momento.

Pero no ocurrió.

Por suerte, la fiesta que había intuido cuando me llevaba sobre su hombro había terminado. No quedaba rastro de ella, solo ecos… y yo, huyendo entre ellos.

Cuando finalmente crucé la puerta y sentí el aire frío de la noche, casi me derrumbé. Saqué el teléfono con manos temblorosas y pedí un taxi sin dudar.

En cuanto subí, marqué otro número.

–¿Lira? –la voz de Atenea al otro lado fue inmediata.

Y fue todo lo que necesité para desmoronarme.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control. Le conté todo; entrecortado, caótico, sin orden. Ignorando completamente al taxista que fingía no escuchar.

–Soy idiota… –murmuré al final.

–No lo eres –respondió ella con firmeza–. El idiota es él.

Quise creerla, pero no era tan sencillo.

Cuando el taxi se detuvo frente al edificio donde vivía, apenas esperé a que terminara de frenar para pagarle y salir. Necesitaba un lugar seguro. Necesitaba recuperarme y pensar.

Pero no estaba sola. Me detuve en seco.

Brian estaba allí, esperándome frente al portal.

–Menos mal… –dijo, avanzando hacia mí–. Temí no volver a verte. Ese perro…

No terminó la frase.

El sonido llegó primero. El rugido de unos motores llenó el aire… grave, potente, inconfundible...

El aire a mi alrededor pareció congelarse.

Me giré lentamente; esperando… pero, a la vez, sabiendo que era imposible.

Debería haber confiado, porque ahí estaba él… El motero del que acababa de huir.

Mi estómago se encogió y se me olvidó todo; las dudas, los temores… Él estaba allí, había venido a por mí.

–Lira… –la voz de Aleksander sonó tensa–, apártate de él…