Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XXXV. Aleksander.
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XXXV. Aleksander.

Se había quedado dormida entre mis brazos.

Su respiración, lenta y profunda, rozaba mi pecho con una cadencia que debería haberme calmado… pero no lo hacía. No del todo. No aunque yo no podía estar más satisfecho.

La sensación de tenerla así, tibia, entregada a mi lado… llenaba algo primitivo en mi interior… algo antiguo, algo que me proporcionaba el equilibrio que no había sabido que necesitaba hasta que la había encontrado…

Algo que llevaba demasiado tiempo esperando.

Pero mi lobo… ese maldito egoísta… no compartía esa paz.

«Necesitamos marcarla». Gruñó dentro de mi cabeza, insistente, hambriento.

Apreté la mandíbula. No iba a hacerlo.

No podía.

No ahora.

La miré. Contemplé su rostro relajado, el leve ceño fruncido incluso en sueños, como si su cuerpo aún no terminara de entender lo que había pasado… lo que habíamos hecho.

La había tomado.

La sangre había teñido mi polla y dejado una mancha en mis sábanas proporcionándome una satisfacción ridícula, pero imposible de negar.

Su primera vez.

Y aunque había intentado contenerme, ser cuidadoso… sabía la verdad. Había sido demasiado para ella.

Yo no era un hombre, era un lobo.

Y ella… ella era humana.

Humana… y, aun así, había respondido a mí como si siempre hubiera sido mía. Como si su cuerpo me reconociera, como si cada reacción, cada estremecimiento, cada suspiro… hubiera sido la respuesta inevitable al vínculo que nos unía.

Cerré los ojos un instante, recordando cada uno de los pequeños detalles.

Su calor.

La forma en que me había rodeado.

La manera en que se había aferrado a mí… incluso cuando todo era nuevo, incluso cuando dolía.

¡Y yo que había llegado a creer que no podría conmigo!

Un gruñido bajo vibró en mi pecho.

Necesitaba tenerla otra vez.

Necesitaba hundirme en esa sensación, en ese lugar donde todo encajaba, donde mi mundo dejaba de ser un caos y se volvía… correcto.

Necesitaba…

Me obligué a detener el pensamiento.

No… No le haría más daño del necesario.

No iba a dejar que mi instinto la rompiera.

Deslicé una mano por su cabello con cuidado, apartando mechones de su rostro. No se despertó, pero su cuerpo reaccionó ligeramente, acomodándose contra mí, buscando m calor.

Ese simple gesto estuvo a punto de desarmarme.

«Es nuestra». Mi lobo lo sabía al igual que cada célula de mi ser.

–Lo sé –murmuré en voz baja, más para mí que para la bestia.

Pero ser mía no significaba destruirla.

No significaba ignorar su fragilidad.

Necesitaba cuidarla.

Alimentarla.

Asegurarme de que cuando despertara dejara atrás el dolor y solo recordara el placer… haciéndola sentir cuidada, amada…

Quería que comprendiera que estaba a salvo… conmigo.

Suspiré, sabiendo que para eso tenía que hacer algo que mi lobo odiaría.

Con sumo cuidado, me deslicé fuera de la cama, sustituyendo mi calor por mantas, acomodándolas a su alrededor para que no sintiera el cambio de inmediato.

Se movió, murmurando algo ininteligible, pero no se despertó.

Esperé unos segundos para asegurarme… antes de salir de la habitación. Lo hice con pasos silenciosos, cerrando la puerta tras de mí con suavidad.

Mi lobo no dejó de protestar ni un segundo.

«No deberíamos dejarla sola».

–Es necesario y volveré enseguida.

«Alguien podría quitárnosla».

Esa idea hizo que algo oscuro se agitara en mi interior.

–Nadie va a tocarla.

Mi voz fue baja, peligrosa y definitiva, porque sabía que si alguien me la arrebataba derramaría ríos de sangre.

Avancé por el pasillo hasta el bar. El lugar aún olía a alcohol y a sexo reciente; a restos de una noche que otros apenas estaban empezando a olvidar.

Allí estaba Judith, apoyada en la barra, con el aspecto de alguien que sobrevivía a duras penas a la resaca.

Alzó la vista cuando me vio y en su mirada hubo una comprensión inmediata.

Todos sabían a quién había arrastrado a mi habitación.

–¿Necesitas algo? –preguntó, con una media sonrisa cansada.

Su pregunta no estaba cargada de dobles intenciones, ya sabía lo que significaba la mujer que había dejado en mi cama. Mi vida había cambiado irremediablemente y las demás hembras habían desaparecido para siempre.

Judith no sabría cuál era mi verdadera naturaleza, pero nos conocía desde hacía la suficiente cantidad de tiempo como para saber que cuando nos obsesionábamos con una mujer, ya no había vuelta atrás.

–¿Tienes algo… para las molestias?

No tuve que explicar nada más. No hacía falta. Durante las fiestas, a menudo los coños del club recibían más atención de la razonable y más de una vez había espiado sus conversaciones sobre la forma en la que aliviaban las molestias indeseadas.

Su expresión se suavizó apenas.

Sin una palabra más, se giró, rebuscó en su bolso y dejó un pequeño envase frente a mí.

–No hace falta que me la devuelvas. Está sin usar. Confío en que sepas cómo aplicarla… –Me guiñó un ojo–. Y llévale comida y bebida. Seguro que la necesita.

La preocupación que mostraba por mi compañera me proporcionó una inesperada satisfacción.

–Tienes razón. Gracias.

Tomé la pomada y salí sin perder tiempo.

El aire nocturno me golpeó de lleno, despejándome lo justo para centrarme. Tras subirme a la moto, me dirigí a la tienda abierta 24 horas más cercana.

No tardé más de media hora.

Regresé con todo lo que sabía que le gustaba; zumos, helado, pizza, agua, bombones, galletitas saladas, frutos secos...

Y todo lo que pensé que podría necesitar.

Todo lo que podría hacer que, cuando despertara, el recuerdo no estuviera empañado por el dolor.

Cuando subí por las escaleras, mi pulso iba más rápido de lo normal.

No por el esfuerzo, sino por algo instintivo. Estar lejos de ella crispaba mis nervios.

Abrí la puerta de la habitación…

Y el mundo… se detuvo.

La cama estaba vacía, las mantas revueltas y el calor… había desaparecido.

Durante un segundo, no entendí lo que estaba viendo.

Hasta que mi lobo rugió.

«Nos la han quitado».

El aire en mis pulmones se volvió hielo.

–¡No!

Lo supe.

Se había ido.