Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XXXIV. Lira.
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XXXIV. Lira.

Me había enloquecido… era la única explicación.

Todo lo demás se desdibujó. Lo que había ocurrido entre nosotros, el dolor, la rabia… desaparecieron como si nunca hubieran existido. Solo quedaba él… su voz tentándome, su cercanía abrumadora, su olor envolviéndome, el calor de su cuerpo atrapando el mío.

Y me rendí.

Sin reservas.

Sin pensar.

Le entregué todo lo que era… todo lo que alguna vez había sido… todo lo que llegaría a ser.

Cuando se enterró entre mis piernas, la realidad regresó de golpe en forma de un dolor punzante y brutal.

No podía moverme.

No podía respirar.

Era como si me hubiera desgarrado por dentro.

Literalmente me había partido en dos.

Un sollozo escapó de mi garganta antes de que pudiera contenerlo. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas sin control.

–Amor… relájate… pasará…

Su voz era baja, casi un susurro, pero no lograba calmar el torbellino que crecía en mi pecho.

–No puedo… yo… es demasiado… –Ni siquiera era capaz de encontrar las palabras.

–Lo sé, amor, pero estás hecha para mí… Tu coño está hecho para mi polla… Tú estás hecha para ser mi putita… Lo sabes…

Sus palabras sucias y posesivas, me estremecieron. Algo en mi interior reaccionó, algo que no entendía… pero que tampoco podía negar.

Algo que lentamente calmó mi dolor.

–Siente esto… –Se meció ligeramente en mi interior y noté como el deseo volvía a prender en mis entrañas–. Siente cómo tu cuerpo responde a mi polla… Sabe a quién pertenece… ¡Eres mía!

Cuando sus dedos comenzaron a acariciar mi botón… el dolor se transformó poco a poco en otra cosa. Algo más cálido. Más profundo. Más peligroso…

Como si hubiera esperado ese momento, comenzó a moverse con una lentitud calculada, arrastrándome con él, obligando a mi cuerpo a seguirle el ritmo.

Y lo hice.

El deseo volvió a despertar bajo mi piel, sorprendiéndome.

–Así… –susurró–. Confía en mí…

Su voz me envolvía, me guiaba… me dominaba.

–Se una buena niña y rodea con tus piernas mi cintura, amor.

No dudé.

Mis piernas respondieron antes que mi mente, aferrándose a él, acercándolo más, dejándolo enterrarse aún más profundamente en mí… clavándome al colchón, reclamándome con estocadas cada vez más rápidas, exigiendo mi entrega absoluta.

Y yo quise dársela… mis gemidos la prueba definitiva de mi rendición.

–Eres mía… Lira. Siempre lo has sido. Por eso esperaste por mí… por eso mi polla será la única que se enterrará en tu coño, tu culo o tu boca.

Su voz llegaba como un eco lejano… intenso… desgarrador… Sus palabras me golpeaban como olas, arrastrándome más profundo, hasta que ya no supe distinguir dónde terminaba mi voluntad y empezaba la suya.

Todo se volvió demasiado.

Demasiado intenso.

Demasiado real.

¡Demasiado!

Y entonces… me rompí.

Una sacudida me atravesó por completo, dejándome sin fuerzas, sin pensamientos, sin nada a lo que aferrarme.

Él no tardó en seguirme. Su cuerpo se tensó contra el mío y con la respiración entrecortada se derramó en mi interior entre gemidos y palabras entrecortadas. Era como si él también hubiera cruzado una línea de la que no había vuelta atrás.

Después… solo quedó el silencio.

Pesado.

Confuso.

Irreversible.

Permanecí allí, atrapada entre sus brazos, intentando recomponerme, intentando entender.

Había cedido.

Me había perdido.

Y una idea comenzó a tomar forma lenta, inquietante, imposible de ignorar.

Si ahora era suya…

¿Qué significaba eso realmente?