Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XXXIII. Aleksander.
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XXXIII. Aleksander.

Sabía que era cierto, que el idiota que había tocado lo que era mío no había pasado de eso… de tocarla… Pero la ira que incendiaba mis entrañas me exigía que lo matase.

A pesar de ello… había hecho una promesa y me obligué a cumplirla… En cuanto salimos del furgón, solo una mirada a Boris le indicó lo que debía hacer. Lo habían traído hasta la Guarida esperando mi castigo, pero lo dejarían delante de un hospital y no nos preocuparíamos más de él.

En cuanto cruzamos el patio y ella comenzó a gritar, una sonora bofetada en su maravilloso culo logró acallarla y algo más…

Tome aire…

Estaba excitada…

Podía olerlo…

Podía sentirlo…

«Es nuestra… Solo nuestra…». Mi lobo aulló en mi interior.

Descubrirlo me generó una satisfacción inesperada…

Sabía lo que significaba… Ahora solo tenía que hacérselo comprender a ella. No la había traído hasta allí para andarme con contemplaciones. Aquello era definitivo.

A grandes zancadas crucé los pasillos y subí las escaleras hasta la planta de arriba, mi planta… mis dominios personales…

La idea de tenerla en mi madriguera… me proporcionó un poco de tranquilidad… una que necesitaba más de lo que había creído.

En cuanto traspasé la puerta, la cerré tras de mí antes de dejarla de pie en el suelo.

Necesitaba tocarla… acariciarla… devorarla… pero primero había cosas que tenía que aclarar.

Su reacción al verse libre provocó que una sonrisa se abriese paso en mis labios.

–¡Maldito! ¿Por qué me has traído aquí?

Plantada frente a mí con su vestidito azul…

Apretando los puños a ambos lados de su cuerpo…

Su furia era algo palpable…

Pero también era la criatura más deliciosa que había visto en mi vida.

–Voy a ser muy sincero contigo… Lo que debía haber hecho desde el principio. –No me separé de la puerta intentando contener mis instintos, lo que mi lobo exigía. Primero vendrían las explicaciones… y después todo lo demás.

Mis palabras la enmudecieron.

–¿De qué hablas? –Como si pudiera leer mi estado de ánimo, retrocedió un par de pasos.

Habría comenzado a reír si el momento no fuera tan importante.

–No vas a salir de aquí hasta que comprendas quién eres para mí. –Avancé en su dirección.

–¿Quién… soy? –Su voz se había transformado en un murmullo mientras volvía a retroceder. Como si tuviera algún sitio donde esconderse de mí.

–No vas a salir de esta habitación hasta que devore tu coño y lama tus jugos…

Sus mejillas se sonrosaron… antes de notar como el aire se volvía a llenar de su excitación…

Mi compañera me iba a volver loco, pero retuve a mi lobo con una correa corta. Necesitaba terminar de explicarme.

–Para después hundir mi polla en él una y otra vez, hasta que te corras y te marque como mía. –Me acerqué más a ella y, al darse cuenta, retrocedió hasta que su espalda se encontró con la pared.

Disfruté viendo como sus pupilas se dilataban y el aroma de su excitación se intensificaba aún más a mi alrededor.

–Para que todo aquel que se acerque sepa que eres mía… solo mía.

Cerró los ojos y tomó aire… y yo aproveché para alcanzarla. Tras apoyar mis manos a ambos lados de su cabeza, presioné mi cuerpo contra el suyo y, al fin, abrió los ojos.

Su respiración acelerada, su aroma almizclado, sus ojos… toda ella gritaba lo que su boca negaba.

–¡No te atreverás! –Sus ojos centellearon… pero no me importó.

La atracción por mí seguía allí, aunque no creía que fuera muy consciente de que estábamos destinados el uno para el otro.

Y eso había sido culpa mía.

Pero iba a arreglarlo…

Me restregué contra su cuerpo y, cuando percibí el escalofrío que recorría su cuerpo, supe que lo había notado… que había sido muy consciente de mi polla dura y desesperada por ella. Inmediatamente, volvió a cerrar los ojos avergonzada.

–No haré nada que tú no quieras… –Respiré hondo mientras su excitación llenaba mis fosas nasales.

Volví a restregarme contra su cuerpo… y fui recompensado por un gemido ahogado… el que se escapó de sus labios.

–No quiero… yo… –Su voz se había transformado en un susurro.

–Lo haré porque tú lo deseas tanto como yo.

Apretó los ojos con más fuerza, como si quisiera esconderse de mí. No lo podía permitir.

–Abre los ojos para mí, amor… –La palabra salió sola… porque era la verdad de lo que sentía por ella… por mi compañera… por Lira.

Obedeció sin dudar. Si tenía alguna duda, su forma de responder a mi cercanía confirmó lo que debía haber sabido desde el principio… ¡Ella era perfecta para mí!

Mis palabras aumentaron aún más su excitación, lo vi en las pupilas aún más dilatadas de sus ojos, lo olí en el aroma almizclado que me rodeaba… ese que nos volvía locos a mi lobo y a mí.

–Por favor… –Su voz era una súplica… pero una que no me engañaba.

–Estás mojada por mí… amor…

–No… –Cualquiera podía escuchar la mentira en su voz.

–Tu cuerpo no miente…

Sin dejar de mirarla, deslicé mi mano entre nosotros dándole tiempo a detenerla… a empujarla o apartarla antes de alcanzar sus piernas… y después sus muslos.

Pero no lo hizo…

Sus mejillas se tiñeron aún más de rojo mientras mi mano recorría sus muslos con una lentitud exasperante… hasta alcanzar su ropa interior empapada por mí.

No me detuve… y cuando mis dedos se deslizaron bajo la tela… alcanzando sus pliegues… sus gemidos fueron música para mis oídos…

Y supe que, a pesar de todo, ella sabía que era mía.

¡La satisfacción explotó en mis entrañas mientras mi lobo se revolvía orgulloso!

Sin dejar de mirarla ni un momento, sus ojos cautivos de los míos, alejé la mano de su humedad y me llevé los dedos a la boca para chuparlos ante su expresión sorprendida…

–Yo… –Buscó unas palabras que no tenía, porque ambos sabíamos la verdad. Su cuerpo no podía mentirme.

–Dime que me vaya y lo haré… Dímelo y no volverás a verme… Pero si no lo haces, te reclamaré como mía de todas las maneras posibles y jamás permitiré que te alejes de mí…

Y entonces ocurrió el milagro.

Algo cruzó su cara… no sé si convicción o derrota… pero para mi absoluto asombro… rodeó sus manos alrededor de mi cuello y me obligó a agacharme para besarme.

Y le devolví el beso.

Y mi sangre hirvió en mis venas…

Y resbaló…

Sí, lo hizo, y a punto estuvo de escabullirse entre mis brazos… pero fui más rápido…´y la atrapé a tiempo, mientras se me escapaba una carcajada y en su boca aparecía un mohín frustrado.

Uno que borré con el siguiente embate de mi boca que se abatió sobre ella con un hambre desesperada.

Un hambre tan feroz que me consumía… Una que me hizo arrancarle la ropa.

Nunca me habían gustado los vestidos; pero, en ella, cada vez me gustaban más.

Por desgracia el vestido azul tenía que desaparecer y no me anduve con miramientos.

Bastaron un par de tirones impacientes para apartarlo de mi vista.

La ropa interior siguió el mismo camino un instante después. No podía esperar más.

Cuando recorrí con mis ojos su cuerpo… ardí. Ya la había visto desnuda a través de las cámaras, pero tenerla de pie ante mí lo cambiaba todo. Su gloriosa desnudez era una visión impresionante. Pero la forma en la que intentó cubrirse, no me gustó.

–No te cubras jamás conmigo. Eres jodidamente hermosa y necesito verte…

–Tomé sus manos y besé sus nudillos; un gesto insólitamente delicado que me sorprendió incluso a mí.

Ella me equilibraba… sacaba de mí una versión mejor.

Ya lo sospechaba, pero mi reacción ante su cercanía lo confirmó–.

Cuando amanezca… no habrá ni un solo centímetro de tu piel que no conozcan mis dedos, mis labios y mi lengua.

No le dije nada más, me dejé caer en el suelo y, tras poner una de sus piernas sobre mi hombro, la devoré con la desesperación de quien ha pasado una vida entera esperando para probar el más apetitoso manjar.

Mientras su sabor llenaba mi lengua busqué desesperadamente su placer… demostrarle que solo yo podía enloquecerla con mi lengua, las yemas de mis dedos y mi desesperado deseo.

Sus gemidos… sus grititos… llenaron la habitación… mientras se corría en mi boca bajo mis atenciones.

No me detuve, ni siquiera le permití recuperarse…

Mis dedos buscaron su estrecho canal, mis dientes mordisquearon, tentaron…

Mi lengua calmaba antes de enroscarse en su manojo de nervios…

Quería más…

Lo quería todo.

La sostuve entre mis brazos mientras se corría por segunda y tercera vez…

antes de llevarla a la cama, quitarle la goma de la coleta y extender su cabello sobre mi almohada.

Solo entonces me libré de mi ropa, para plantarme junto a uno de los postes de la cama y pasarme la lengua por los labios mientras me deleitaba en su desnudez.

Esta vez no intentó cubrirse; estaba demasiado saciada.

Sus mejillas aún conservaban el rubor del momento, su mirada flotaba desenfocada y sus labios entreabiertos buscaban aire entre respiraciones temblorosas.

El cabello caía alrededor de su rostro en suaves mechones desordenados, mientras su cuerpo desnudo descansaba exhausto sobre mi cama, con la piel húmeda reluciendo bajo la luz como si diminutos destellos de cristal la recubrieran.

Contuve el aliento mientras mis ojos vagaban por cada curva de su cuerpo. Cada línea, cada valle y cada montaña se extendían ante mí como un territorio desconocido, un paisaje intacto que despertaba en todo mi ser una necesidad feroz e imposible de ignorar.

–Voy a devorarte… –Mi voz resonó en la habitación como una promesa que estaba desesperado por cumplir. ¿O era la voz de mi lobo? No lo supe, pero tampoco me importó.

Comencé por sus pies, mordisqueando, chupando y lamiendo…

Ascendí por sus piernas, ignorando ese lugar entre sus muslos que era el puro infierno…

Me deleité en su ombligo, en la forma en que su bello se erizaba bajo mi contacto… dejando un rastro de chupetones y mordiscos… la necesidad de marcarla pulsando en mi interior.

«Reclámala, márcala…». Mi lobo era un zumbido continuo en el fondo de mi ser. Uno que ignoré.

Cuando alcancé sus pechos, había vuelto a deshacerse bajo mis atenciones, pero no me detuve. Sus hermosas tetas eran mías como el resto de su cuerpo y las adoré como merecían.

Provoqué sus pezones con mis dedos, mis labios, mi lengua y hasta mis dientes… Su cuerpo era un lienzo en el que pensaba dejar mi firma y sus gemidos la melodía que avivaba mi deseo.

Su cuello fue mi siguiente destino, ignorando ese lugar en su hombro donde dejaría mi marca… pronto… muy pronto… y cuando llegué a sus labios, los cubrí con los míos para saquear su boca mientras otro orgasmo la atravesaba.

No perdí el tiempo, me situé entre sus piernas y, con dedos temblorosos, separé sus pliegues…

–Te necesito. –Su voz apenas era un gemido, pero uno que estaba lleno del mismo anhelo que pulsaba en mis venas.

–Hoy vas a sangrar en mi polla, porque eres mía…

–Aleksander…

Y de una sola estocada me hundí en ella…

¡Había llegado a casa!