XXXII. Lira.
Un instante estaba con Tomás, despidiéndome de él después de una cita tranquila, casi normal…
y al siguiente, todo había cambiado sin transición, sin aviso.
Él apareció como una sombra que lo devoraba todo, me levantó del suelo como si no pesara nada y me cargó sobre su hombro.
Antes de que pudiera reaccionar, gritar o siquiera entender qué estaba pasando, me dejó dentro de un vehículo blindado.
Uno de esos que solo había visto en las películas, los que transportan dinero o cosas que nadie quiere perder.
Grité. Pataleé. Golpeé el techo, la puerta, cualquier superficie que encontré. Intenté abrir la puerta, forzarla, encontrar algún mecanismo oculto.
Nada cedió. Nada se movió.
Él, en cambio, ni siquiera parpadeaba.
–¿Me estás secuestrando?
No respondió. Permaneció sentado junto a mí, inmóvil, observándome como si todo aquello fuera irrelevante. Como si mi desesperación fuera ruido de fondo.
Cuando la realidad terminó de asentarse, cuando entendí que estaba atrapada y completamente a su merced; algo dentro de mí se quebró. La rabia, el miedo, la impotencia… todo salió a la vez, como una marea imposible de contener.
–¿Qué más quieres de mí?
Mi voz tembló, pero no me callé. No esta vez.
Tampoco me respondió y su silencio fue peor que cualquier respuesta.
Y eso… eso terminó de romper la poca dignidad que aún me quedaba… que él no me había arrebatado con su comportamiento.
–Ya te has llevado todo… –continué, notando cómo mi voz se volvía áspera–. Me has humillado, me has insultado… ¿Y ahora me secuestras? ¿No has tenido suficiente? ¿Por qué le has hecho daño a Tomás?
Algo cambió.
Fue sutil, casi imperceptible… pero lo vi. Su cuerpo se tensó y cuando sus ojos se fijaron en mí, su mirada ya no era fría. Se había transformado en puro fuego.
–¿Ese es su nombre? –preguntó, con una calma que daba más miedo que un grito–. ¿El nombre del idiota al que permitiste que te tocara?
Apreté los puños.
–¡Qué te importa! –escupí, sintiendo cómo la ira me devolvía un poco de fuerza–. Es el nombre de un hombre que, a diferencia de ti, me ha tratado con respeto. Un hombre que no merece que tú le hagas daño.
La imagen de Tomás inconsciente cruzó mi mente como un relámpago. No sabía cómo estaba. No sabía si aún seguía allí, solo en el suelo herido y eso me preocupaba. No se lo merecía… No podía permitir que sufriera por mi culpa.
–¿Es tu amante?
La pregunta sonó como un insulto.
–¿Y qué si lo es?
No debí haber dicho eso.
En un instante, lo tuve encima. Su cuerpo invadiendo mi espacio, su rostro a apenas centímetros del mío. La intensidad de su mirada me obligó a retroceder hasta quedar pegada contra la puerta, sin escapatoria.
–Porque si lo es… está muerto.
El aire se volvió pesado.
Mi garganta se cerró mientras tragaba saliva. ¿Lo decía en serio? ¿Era capaz de algo así?
Una mirada me bastó para conocer la respuesta; sí, lo era.
No podía permitirlo.
–Ni siquiera me besó… –admití al final, odiando cada palabra, pero más aún la necesidad de decirla.
Mi orgullo no valía una vida.
–¿Eso es un no?
Por supuesto no le valía con mis palabras. Quería que respondiera a su pregunta, quería que admitiera que él tenía derecho a saberlo… que se merecía mi respuesta. Estaba loco.
Su mano se alzó y sujetó mi barbilla entre sus dedos, obligándome a mirarlo.
Intenté ignorar el estremecimiento que recorrió mi cuerpo ante su contacto. Intenté odiarlo con más fuerza, pero mi cuerpo… no colaboró y eso me enfureció aún más. Si él estaba demente… yo no estaba mucho mejor si seguía reaccionando así ante su toque.
–No pienso responderte si no me prometes que lo dejarás ir en paz y no le harás más daño. –Supe que de alguna forma se lo habían llevado… que sus hombres lo retenían a la espera de una sentencia, la que Aleksander iba a dictar.
Mi voz salió más firme de lo que me sentía. Como si aún tuviera algún tipo de control.
–Te preocupas demasiado por él…
Sus ojos no se apartaban de los míos ni un segundo.
–Si quieres una respuesta… prométemelo.
El silencio se estiró entre nosotros. Vi cómo cerraba los ojos un instante, cómo inhalaba profundamente… como si estuviera conteniéndose.
Cuando volvió a abrirlos, supe que había cedido.
–De acuerdo.
Mi respuesta no tardó en llegar.
–No. No es mi amante.
El cambio fue inmediato. Su expresión se relajó, la tensión en su cuerpo disminuyó… y su mano me soltó al fin. Pero no se apartó. Seguía demasiado cerca, como si necesitara asegurarse de que no desaparecería.
Giré el rostro, incapaz de seguir sosteniendo esa cercanía. Me obligué a mirar a la ventanilla lateral, a concentrarme en cualquier cosa que no fuera él… ni la forma en que mi cuerpo reaccionaba a su cercanía.
El viaje se sintió interminable.
El tiempo dejó de tener sentido dentro de ese espacio cerrado. Hasta que, de repente, el vehículo se detuvo.
Antes de que pudiera reaccionar, me levantó de nuevo, colocándome sobre su regazo para sacarme fuera. Mis pies no llegaron a tocar el suelo. En cuanto cruzamos la puerta, volvió a cargarme sobre su hombro.
Otra vez.
El aire nocturno me golpeó el rostro. Miré a mi alrededor, confundida… hasta que lo reconocí.
El patio interior… Las fachadas… La distribución del lugar…
Era el mismo sitio donde había estado aquel domingo.
El lugar de donde me había echado sin contemplaciones.
Los recuerdos me golpearon con fuerza y me revolví. Furiosa, comencé a gritar, a golpear su espalda, a exigir que me soltara.
Ni se inmutó.
Las pocas personas que nos cruzamos ignoraron mis gritos por completo, como si aquello fuera normal… como si yo no estuviera pidiendo ayuda.
Mi resistencia solo consiguió una cosa. Su mano impactó contra mi culo en un golpe seco.
El sonido resonó más de lo que debería y el efecto fue inmediato.
El calor me subió al rostro, la humillación me atravesó… y, para mi absoluto horror, sentí la humedad entre mis piernas.
Me quedé paralizada… confundida… avergonzada.
Me había secuestrado.
Me había golpeado.
Me tenía completamente sometida.
¿Y mi cuerpo… reaccionaba así?
Cerré los ojos con fuerza, intentando negar lo que sentía, lo que estaba pasando.
No tenía sentido.
Nada de aquello lo tenía.
¿Qué demonios me estaba ocurriendo?