Solo intentaba que no te partieses la crisma (Los Alfas no se enamoran 1) XXXI. Aleksander.
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XXXI. Aleksander.

Todo ocurrió demasiado deprisa… Dejé la razón a un lado y actúe por instinto.

Le asesté un golpe seco… contundente.

Y el bombero cayó inconsciente antes siquiera de comprender qué estaba pasando. Boris, siempre pendiente, se ocupó de él sin hacer preguntas, mientras yo ya me movía hacia ella… hacia mi compañera… hacia Lira.

–¿Qué haces aquí? ¿Qué le has hecho a…?

No la dejé terminar. No podía. Si la escuchaba, si dudaba un solo segundo, sabía que todo se vendría abajo.

La puse sobre mi hombro ignorando sus protestas, su resistencia, y salí de allí sin mirar atrás. No sé si Iván o su mujer nos habrían escuchado, pero no me paré para averiguarlo.

Me importaba poco lo que pudieran pensar.

El tiempo de los reproches y las dudas había quedado atrás.

Y si aun así hubiesen intentado cruzarse en mi camino, pese a la lealtad que todavía les guardaba, no habría vacilado en enfrentarme a ellos.

Sabía lo que debía hacer y no existía fuerza capaz de impedírmelo.

Avancé a toda velocidad. Mis heridas tiraban, algunas aún abiertas, pero ya estaban cerrando. No importaban. Nada de eso importaba.

Aquello se había acabado.

«¡Ya era hora!». Por una vez mi lobo y yo estábamos de acuerdo.

Bajé las escaleras casi sin tocar los peldaños.

En la calle, no había nadie. Como si eso me hubiera importado. Si a alguien no le gustaba lo que estaba haciendo, se podía ir directamente al infierno.

El furgón, con uno de mis hermanos al volante, nos esperaba con el motor en marcha, como una extensión más de mi decisión. Abrí la puerta trasera, dejé a Lira en el asiento y me senté a su lado antes de que pudiera reaccionar.

–¡Déjame salir!

No había dejado de resistirse mientras la sacaba del edificio y, una vez dentro del vehículo, tampoco se calló.

Forcejeó con la puerta, golpeándola, buscando una salida… pero no la había.

Ignoré sus esfuerzos.

–¿Me estás secuestrando?

En algún momento comprendió que no tenía escapatoria y entonces me miró.

Sus ojos ardían con ira pura y, contra todo lo que debería ser lógico… aquello solo hizo que el caos dentro de mí creciera aún más.

Estaba furioso.

Furioso porque él casi la había besado.

Porque la había tocado.

Porque había estado demasiado cerca…

Pero lo que más me quemaba no era él.

Era ella.

Ella, arreglada para otro.

Ella, sonriéndole.

Ella, compartiendo momentos que me pertenecían…

¿Qué más habían compartido?

¿Hasta dónde habían llegado?

Y, aun así, cuando la había cargado…

Su aroma.

El calor de su cuerpo.

Su rabia.

Todo eso había despertado algo primitivo en mí, algo que no entendía de lógica ni de normas. Una necesidad brutal, instintiva de reclamarla, de borrar cualquier rastro de otro se había disparado.

«¡Márcala! ¡Fóllala! ¡Reclámala!». Mi lobo tenía las ideas claras.

Sería tan fácil.

Sería tan fácil tumbarla y tomar lo que era mío…

Cerré los ojos un segundo, tensando la mandíbula.

No… así no.

Inspiré hondo, obligándome a centrarme en algo concreto, en algo real; el moratón aún visible en su ojo.

Eso era lo importante.

Eso era lo que había hecho mal.

La parte visible de mi absoluta estupidez.

Tomé aire mientras las ideas se aceleraban en mi cabeza.

Durante una semana había intentado hacerlo a su manera, como lo hacían los humanos.

Le había pedido perdón… algo inconcebible para un Alfa.

Le había hecho regalos.

Le había dado tiempo.

Y no había servido de nada.

Ahora solo me quedaba una opción.

Cuando había aceptado salir con el bombero, lo había cambiado todo. Las reglas habían cambiado.

Ahora iba a jugar según mis propias reglas; las del Alfa de la manada. No podía hacer otra cosa.

No podía arriesgarme a que algo así se repitiera.

No permitiría que ningún hombre, vampiro o criatura alguna se acercara a ella antes de obligarla a recordar aquello que yo, en mi infinita estupidez, había tratado de arrancar de mi propia vida.

Que ella era mi compañera.

Que, aunque lo negara, estábamos unidos.

Y que, por mucho que yo lo hubiera estropeado todo…

Seguía siendo mía.

El secuestro… sería algo extremo incluso para mí… pero lo que sentía por ella también lo era.

Tenerla cerca, junto a mi techo, aunque fuera a la fuerza era la única forma en la que no perdería completamente el control.

La única forma en la que podría pensar con claridad y arreglar el desastre que yo mismo había provocado.

Apreté los puños, sintiendo a mi lobo agitarse en mi interior, insistente, implacable.

«Demuéstraselo. Haz que lo entienda».

No podía estar más de acuerdo.

Había terminado de fingir ser algo que no era, un humano esperando su perdón.

No volvería a hacer las cosas a medias.

Ahora íbamos a jugar en serio.

Ella y yo.